La inaccesibilidad a los servicios de transporte pone en riesgo la salud de los pacientes

La inaccesibilidad a los servicios de transporte pone en riesgo la salud de los pacientes

La inaccesibilidad a los servicios de transporte pone en riesgo la salud de los pacientes
Por: Andrea Bernardi


Mañana de lunes gris y con amenaza de lluvia retrasada. Tal como acordamos, me encuentro con Darío, en el barrio de Parque Patricios, para acompañarlo a llevar a su hijo al centro de rehabilitación, en Almagro.

Hasta principios de 2020, este traslado lo hacía con algún prestador de servicios para personas con discapacidad, que le cubría su obra social. Sin embargo, desde la postpandemia, la situación cambió totalmente y ya es muy difícil conseguir transporte con chofer profesional y vehículo habilitado para tal fin. Pensar en acompañante y equipamiento específico para el móvil, es una utopía. El motivo es que, ante la situación de inactividad y sin fecha concreta de fin del confinamiento, muchos se orientaron al transporte de mercadería para empresas de venta online.

En la actualidad, cuando hablar de pandemia de covid parece algo del siglo XIX, aún hay pacientes que no han podido retomar sus terapias -fundamentales para su mejor desarrollo y bienestar-, debido a que no hay prestadores privados. Pero básicamente, a que no existen políticas que aseguren la accesibilidad para todos a los medios de transporte públicos.

Trasladarse entre los barrios citados podría ser un viaje de no más de veinte minutos en el subte H para luego combinar con la línea A. Las nuevas estaciones son amplias y parecen cómodas, pero no para todos. Lamentablemente, nadie puede asegurar que los ascensores funcionen de manera correcta.

Otro tema es la intersección, en las estaciones Once/Plaza Miserere, de las líneas H y A respectivamente. Aquí se suman varios factores: la gran afluencia de gente, pasillos reducidos, escaleras para cruzar un puente sobre las vías del subte… y una persona sola no puede trasladar a otra en silla de ruedas.

Tampoco es opción tomar un colectivo. En horario pico es difícil que se detengan en las paradas establecidas, viaja mucha gente y no hay espacio físico suficiente en las unidades para una silla de ruedas. Además, por lo que me transmite Darío, hay muchos ómnibus que no cuentan con la plataforma de acceso. De esta manera, no es posible viajar en este tipo de transporte público tampoco.

Seguro alguien sugerirá –asumo que desde el desconocimiento y no desde la mala voluntad- que Darío se podría comprar un auto para discapacitados, o tomar un taxi o pedir un auto por app. Sin entrar en mayores detalles, en el primer caso, los impedimentos son el alto valor de la inversión, el precio del equipamiento y luego, el mantenimiento. En el segundo caso, la falta de disponibilidad de vehículos específicos y el costo económico mensual.

Es por eso que Darío prefiere emprender la caminata de la cual ya tiene el recorrido establecido. Se cruzan con barrenderos y también con algunos ciclistas que los saludan. Todos son caras conocidas, como lo eran también las de muchos compañeros de Gino, que no pudieron retomar sus tratamientos porque no cuentan con la posibilidad de trasladarse.

Gino es un joven de veinticinco años, muy menudito, que me mira con atención y curiosidad desde su silla. No habla, pero me escucha y responde a mi saludo con sus ojitos luminosos. Está bien abrigado porque estamos a instantes de comenzar el trayecto de más de cuarenta minutos hasta la institución donde recibe tratamiento integral. Gino nació con parto normal, sin ningún indicio de problemas de salud. Les llamó la atención a sus papás que su desarrollo era más lento que en otros bebés. Luego de varias consultas con profesionales, a la edad de dos años le diagnosticaron parálisis cerebral. Desde ese momento lo llevan a hacer tratamiento para brindarle la mejor calidad de vida posible.

La familia se completa con Gladys, la mamá, y con Juana, una Golden retriever cuya compañía es fundamental y estimulante. Todas las actividades y horarios familiares dependen de los de Gino y de la disponibilidad de Darío, ya que es el único que puede bajarlo en brazos desde el primer piso donde habitan. En el ph no hay posibilidad de hacer una reforma o de colocar un dispositivo para subir y bajar la silla de ruedas. El motivo es económico: dada la complejidad de los sistemas para instalar y a que todos los implementos son importados, el presupuesto de la obra asciende a U$S100.000. Simplemente, para esta familia, es imposible de concretar.

Tres veces a la semana, salvo que haga mucho frío o llueva, Darío y Gino emprenden el camino por la acera de la calle Rondeau. Gran parte de la vereda de la cuadra donde viven está bloqueada por una obra que “comió” espacio público. Es así que nos trasladamos por la calzada hasta la calle Virrey Liniers, lo cual me obliga instintivamente a estar muy atenta a los vehículos que puedan hacer una maniobra inesperada.

Una vez en Virrey Liniers, tomamos por la bicisenda. Parece una calle tranquila, pero solo por momentos: hasta que se abren los semáforos y se encauzan camiones, colectivos y todo vehículo de dos ruedas que se pueda imaginar. Darío ya está acostumbrado: desde la apertura de las actividades postpandemia, hace este viaje. Gino no se asusta ni con los ruidos ni con la cercanía de vehículos de gran porte. A mí no me pasa lo mismo. Me doy cuenta de que en cada cuadra están expuestos a un accidente por negligencia de algún conductor que busca ganar segundos contra reloj. Voy detrás de Darío –para no ocupar la mano contraria de la ciclovía-, escuchándolo atenta, que me cuenta con serenidad su realidad ya asumida.

De repente, siento como un rayo una bicicleta que nos adelanta por la izquierda. No la veo hasta que me pasa, no sé de dónde venía. No puedo evitarlo y le pregunto a Darío, todo junto: cómo se siente él, Gino, y cuál es el comportamiento de los conductores y los ciclistas. Me dice que ya está acostumbrado y que, en general, los conductores lo respetan y le ceden el paso. Darío respeta todos los semáforos y los cruces de calles. Sin embargo, hay ciclistas que en alguna oportunidad le han gritado “¡andá por la vereda!”.

Casi de manera profética, estamos justo en la intersección de Virrey Liniers con Venezuela y nos vemos obligados a subir a la vereda. He aquí la respuesta a la pregunta que no llegué a formular: ¿no sería más seguro…? Simplemente le llevaría más del doble de tiempo debido a que las veredas están rotas; son angostas; en ocasiones están desniveladas; o hay materia fecal y, como siempre, tienen alguna rampa obstruída, o bien por vehículos o por anegamiento con el agua de la zanja. Casi en la intersección con la Av. Belgrano hay un generador eléctrico que ocupa buena parte de la calzada, y en la acera de enfrente están las paradas de colectivos, con lo cual se hace un embudo de tráfico.

Darío me comenta que, al regreso, no le queda otra opción más que venir por la bicisenda, de contramano porque, en algunas calles, tiene tal inclinación, que es imposible trasladar a Gino sin perjudicar su columna y su estabilidad.

Es evidente que todo este trayecto lo pueden hacer porque Gino tiene una silla de paseo, más robusta pero liviana, preparada para soportar las irregularidades del piso. De lo contrario, con la silla postural, que es más sensible, las ruedas se bloquearían por seguridad y su papá perdería el control sobre la misma. Además, requeriría mantenimiento y reparaciones con mayor frecuencia.

En más de quince años que estoy en contacto con pacientes con discapacidad y sus familiares, es la primera vez que escucho a alguien que me dice que está agradecido por la atención que le brinda su obra social. Como acabo de mencionar, Gino cuenta con dos sillas, pero ahora necesita renovar la postural, con elementos diseñados especialmente para su patología. Por problemas en la articulación de sus caderas, no puede caminar ni tampoco mantenerse de pie; su columna está desviada y el control que puede ejercer sobre su tórax es muy limitado. La silla especial –sin motor- que necesita es importada, en consecuencia, está retrasado su ingreso al país, y cuesta U$S14.000. Intentaron reducir los costos, cambiando la calidad del asiento, del colchón antiescaras, del almohadón que protege su espalda, pero no significa más que una reducción del diez por ciento en el costo. Darío me repite el valor, como así también, que su obra social, de Actores, le cubre todo lo que Gino necesita: los tratamientos profesionales, medicación, todo tipo de elementos ortopédicos e incluso los acompañantes terapéuticos en domicilio.

Como adelantándose a mi pensamiento, Darío expresa: “yo no sé cómo hace la gente que no tiene obra social”. Y no puedo evitar pensar en la realidad de los pacientes de IREP (Instituto de Rehabilitación Psicofísica) que depende del GCBA, y cuyo futuro está en jaque desde que el mercado inmobiliario puso la mira en el predio millonario que ocupa en el Bajo Belgrano. Un gran “negocio verde” para unos, una gran condena para muchos: dos caras de la misma moneda.

Gino flexiona los brazos para acercarme las manos enfundadas en sus mitones azules. Me busca porque escucha mi voz que le llega detrás de sí. Cuando nos detenemos en la esquina, me ubico delante de él para que me vea, y me permito acariciarlo. Es muy amoroso y expresivo. Tal como me dijo su papá: no habla, pero se comunica.

A esta altura, puedo decir que la mitad de los ciclistas que nos cruzamos han sido atentos y, al indicarles que nos adelantaran, nos agradecían; otros reducían la velocidad o nos avisaban su paso con un timbrazo. La otra mitad, pasaba con la velocidad y el frío que me causaría una guillotina.

Cruzamos Av. Rivadavia, seguimos por Billinghurst, doblamos en Av. Díaz Vélez y llegamos al Centro de Parálisis Cerebral. Nos recibe con cordialidad Gabriel, uno de los terapeutas. Gino está feliz: acaba de ingresar a su mundo, donde se encontrará con sus compañeros, los que han podido adaptarse a las pocas alternativas de transporte existentes en esta ciudad. Lo espera una jornada con la promesa de mucha música. Darío volverá a buscarlo por la tarde y, juntos retomarán las veintinueve cuadras que lo separan hasta su casa.

Publicado el: 2023-07-31