El martirio de tener dengue y las campañas que no funcionan

El martirio de tener dengue y las campañas que no funcionan

El martirio de tener dengue y las campañas que no funcionan
Por: Andrea Bernardi


IG: andreabernardiok

 

Trece días desde que percibí los primeros síntomas de dengue. Trece días  y no sé si tengo el alta clínica; si el virus está activo en mi organismo, haciendo estragos en los glóbulos blancos y en las plaquetas. Aun no sé si potencialmente puedo contagiar la enfermedad.

Justo en este momento, mientras estoy escribiendo, en la radio escucho a una médica que dice que en el primer día de diagnóstico de dengue y en el último, al obtener el alta, es necesario hacer un electrocardiograma para comparar los resultados. Es posible que en los cinco meses posteriores se manifieste una patología cardíaca. A mí, nunca me lo indicaron. ¿Tendré que preocuparme?

Vuelvo el tiempo atrás. Lo primero que sentí fueron dolores de espalda, que le atribuí a la mala posición al dormir, o quizás a un esfuerzo. Luego, malestar general, de la misma manera que cuando contraje covid: dolor de garganta, de oídos y de cabeza, y tos. Con el transcurso de las horas, los músculos dolían cada vez más y sentía que no me respondían, al igual que las articulaciones, que estaban cada vez más rígidas. De un momento a otro, tuve fiebre altísima, temblaba y los ojos me lloraban. Toda esta transformación tuvo lugar en apenas cuatro horas, siendo muy generosa.

No se me ocurrió que sería dengue, para mí era una gripe fuerte y comencé a tomar “algo” para frenarla. Imposible. Como pude, llegué a la cama y caí rendida. En catorce horas no pude moverme, ni siquiera para estirar la mano y llegar a la botella de agua que tenía al lado de la almohada. Había tenido pesadillas, pero en un instante de lucidez, me di cuenta de que algo raro me pasaba, y me dije “entonces, ¿ya estoy muerta?”. Apenas pude abrir los ojos, pero no toleraba la luz. Quería levantarme y me recordaba la lista de quehaceres pendientes. Sin embargo, seguía sin poder moverme. Alrededor del mediodía, haciendo un esfuerzo descomunal, logré incorporarme y, apoyándome en la pared, llegar al baño. Todo demandaba una cantidad de energía que no tenía, pero así y todo me propuse ir al hospital.

Decidí ir al Tornú, en CABA, que lo conozco. Esperé mi turno para la UFU (Unidad febril de emergencia). Quienes tenían fuerza suficiente, se pasaban ahuyentando mosquitos con lo que tuvieran a mano. Yo no podía: era conciente de que –si aún no tenía dengue- seguro me lo contagiaría ahí.

De repente, llegó una doctora que se encargó de aplicarnos repelente contra mosquitos a todos los que estábamos esperando y nos explicó cómo colocar el producto: a veinte centímetros de distancia, sobre el cabello, sobre la ropa, incluso sobre jean y sobre las zapatillas (porque este mosquito del dengue pica igual). Y también nos aclaró algo que no se dice en ninguna parte: los repelentes de mejor calidad (los más caros) necesitan ser reaplicados cada seis horas; mientras que los comunes, cada cuatro o cada dos horas. Yo no lo sabía: a eso se debe la gran diferencia de precios…cuando se consigue el repelente.

Me tocó mi turno. Sin preguntarme síntomas, de una, me tomaron una muestra de sangre para dengue y otra para hemograma. Dada mi insistencia, por los síntomas compatibles con covid, aceptaron hacerme un hisopado también.

El Tornú es un hospital que nació para tratar a los pacientes con enfermedades respiratorias y por ello cuenta con amplios sectores parquizados y arbolados. Había nubes grises de mosquitos que se movían sobre el pasto y, de repente, se desmembraban para apuntar a sus blancos de ataque: los pacientes en situación de espera. Sin duda, y al menos desde que aumentaron los casos de dengue, nunca fumigaron.

Luego de cuatro horas, supe que no tenía covid y que el hemograma no había dado bien. Todavía no podía saber si tenía dengue porque, según informó una bioquímica que nos dio respuesta a todos los que llenábamos la sala de espera, no había reactivos de respuesta rápida y teníamos que esperar 72 horas. Volví a la UFU, preocupada, y me encontré con que –a pesar de la epidemia de dengue que está transcurriendo en el AMBA- había cerrado a las 16 hs. Ya no había ningún médico a quien consultarle el posible tratamiento. Los médicos de guardia no atienden a pacientes de UFU. Sin embargo, quienes podíamos sostenernos con dificultad, nos acercábamos a quien fuera para preguntar, casi con desesperación, qué teníamos que hacer.

“Venga mañana -era la respuesta-, a partir de las 7 atienden en la UFU.”

Al día siguiente volví, angustiada, como la gente que iba por primera vez, y como todos los que volvían para hacer los controles. Hasta las 9.20 no apareció nadie: ni siquiera el personal de guardia ni de seguridad podía darnos una respuesta. Una médica le dijo a alguien que la UFU no dependía del hospital, sino del Ministerio de Salud de CABA, y no habían enviado a nadie. Sin duda, todos los pacientes nos sentíamos terriblemente mal y ni siquiera teníamos fuerzas para expresar una queja. Había niños vencidos por la fiebre, sobre los bancos de cemento; adultos demacrados, algunos con un baldecito donde esputaban. Las botellas vacías de agua se acumulaban en tachos verdes, que no contenían un solo papel más.

Nunca tuve ningún síntoma gástrico, ni respiratorio, ni cardíaco. Sin embargo, los dolores en las articulaciones y en los músculos amenazaban con que “iban a estallar”, y los globos oculares, que parecían cristalizarse, no me permitían hacer el más mínimo movimiento.

“Solo paracetamol y nada más; reposo, hidratación y dieta sana; hay que cuidar mucho el hígado, así que nada de alcohol ni de cigarrillo”, eran las indicaciones que constantemente resonaban en mi cabeza. Siempre tomo agua y preparo comida sana y casera. El alcohol y el cigarrillo no son un problema para mí. Luego del tercer día en el hospital, sin pronóstico claro, y de estar casi doce horas esperando un resultado que no salía por problemas con el equipamiento del laboratorio, me animaba diciéndome “soy una mujer sana, esto lo voy a superar rápido”.

Como respuesta de mi organismo, al día siguiente, la piel de las piernas y los brazos se puso roja, ardía, empezó a picarme todo el cuerpo y no podía calmarme con nada. Por decisión propia, me apliqué hielo, y compresas frías de manzanilla, pero todo seguía igual. Con el transcurso de las horas, las rodillas se inflamaron hasta deformarse y tomaron temperatura: esto no estaba descripto en ninguna parte. Aparecieron puntos rojos en todo el cuerpo y la cara me picaba con desesperación. Volví a la UFU: ya no querían hacerme otro control más. Me atendió una médica muy joven que no ocultó su objetivo de tratarme de ignorante. A pesar de que en el resultado de los hemogramas previos se destacaban los valores que estaban fuera del rango normal, ella insistía en que estaba muy bien y, al contrario de lo que era evidente, la cantidad de plaquetas y de glóbulos blancos estaba en ascenso. “Bueno, ok, ¿y cómo sigo con esto?” y le mostré las manos, hechas un fuego, lastimadas de tanto rascarme incluso entre los dedos. La respuesta, con musicalidad caribeña, me sorprendió: “te tomas cualquier antialérgico”. ¿Cómo? ¡Si tenía que evitar toda droga que pudiera afectar el funcionamiento del hígado!, en eso fue tajante la infectóloga que me había atendido dos días antes. Le retruqué a la residente y le pedí que me diera la indicación de la medicación. Se negó.

Agotada por tanto malestar físico y sin tener un panorama claro con respecto a la evolución de la enfermedad, decidí ir a consultar en la cadena de farmacias económicas. “Para el dengue, solo tenemos indicado paracetamol”, fue la respuesta concreta de la farmacéutica. Al ver mis manos y mis brazos, me sugirió probar con una loción, de aplicación local, solo para intentar calmar el ardor. Dudé un poco, me permití probar con las hojas de aloe vera, que me aliviaron. Rápido me di cuenta de que en dos días iba a quedarme sin ninguna planta y volví a la farmacia en busca de la loción. Hasta el momento es una de las elecciones más acertada que tomé.

¿Campañas de prevención de dengue en CABA? ¿Alguien puede creer que con una canción pegajosa sobre el descacharreo se puede detener una epidemia? Es prácticamente imposible conseguir repelente contra los mosquitos, espirales, citronella. Y si se consiguiera, los precios los convierten en artículos de lujo. Incluso en muchos locales de productos para repostería y cotillón, ya no hay esencia artificial de vainilla, tan recomendada en las últimas semanas, para hacer un efectivo repelente casero.

En el hospital ya no me hacen más controles: me hicieron tres y parece que es suficiente, o el límite. No sé si me curé o si puedo seguir contagiando. No sé cómo está mi hígado ni mis plaquetas.

Mi piel no tolera el repelente en ninguna de  sus formas. Por las dudas, me encerré el fin de semana largo. Porque simplemente no puedo quedarme tranquila al saber que un mosquito que me pique a mí, quizás le lleve el martirio del dengue a otra persona.

Publicado el: 2024-04-03