
El movimiento feminista argentino, copado mayoritariamente por la izquierda y el progresismo, dominado por un discurso de minorías sexuales como son las mujeres lesbianas, muchas de esas cincuentonas o sexagenarias buscando pibitas distraídas para llevar a su lecho, manejaron a su antojo una agenda que durante muchos años copó la escena mediática, pareció bastante popular, pero terminó ahogándose en un lugar sin destino y desprestigiado por una ola derechista que arrasó su discurso.
Durante la última década, el feminismo argentino pasó de ser un movimiento con fuerte capacidad de interpelación social a convertirse en un actor político cada vez más identificado con un espacio ideológico concreto: la izquierda y el kirchnerismo. Esa identificación, que en su momento le dio volumen y visibilidad, hoy parece haberle pasado factura.
El punto de inflexión fue claro: la masividad del movimiento Ni Una Menos logró instalar una agenda urgente y transversal, que atravesaba clases sociales e identidades políticas. Sin embargo, con el correr de los años, ese consenso inicial fue cediendo lugar a una narrativa más cerrada, con códigos propios y cada vez menos permeable a quienes no compartían su marco ideológico.
En ese proceso, el feminismo institucionalizado —sobre todo el que tuvo acceso al Estado durante los gobiernos kirchneristas— fue perdiendo capacidad de representar a una mayoría de mujeres que no necesariamente se identificaban con una agenda integralmente “progresista”. La ampliación de derechos convivió con una creciente sensación de imposición cultural, especialmente en sectores populares que no se veían reflejados en ciertos debates.
Ahí aparece una tensión clave: ¿puede un movimiento que dice representar a “todas” las mujeres sostener una identidad política tan definida sin excluir a muchas de ellas?
Incluso si se recurre a figuras históricas como Eva Perón, aparecen contrastes interesantes. Evita construyó su liderazgo desde una lógica de representación popular, profundamente arraigada en las necesidades materiales de las mujeres trabajadoras. En uno de sus discursos más citados advertía: “Donde hay una necesidad, nace un derecho”. La prioridad estaba puesta en lo concreto: trabajo, dignidad, justicia social. No en debates que, para muchos sectores, hoy resultan lejanos o abstractos.
La crítica que empieza a emerger —y que explica en parte el giro político de los últimos años— no es necesariamente contra la igualdad de derechos, sino contra lo que se percibe como una jerarquización de agendas. Para una parte de la sociedad, el feminismo dejó de hablar de problemas urgentes (inflación, inseguridad, empleo) para concentrarse en discusiones identitarias que no sienten propias.
Autores contemporáneos de distintas corrientes —desde el liberalismo hasta el comunitarismo— vienen señalando este fenómeno: cuando un movimiento social se aleja de las preocupaciones mayoritarias y se encapsula en una lógica de minorías altamente politizadas, corre el riesgo de perder legitimidad social. No porque esas demandas no sean válidas, sino porque deja de construir consensos amplios.
En Argentina, ese proceso coincidió con el ascenso de una reacción política que cuestiona no solo al feminismo, sino a todo el entramado cultural asociado al progresismo. La llamada “ola derechista” no surge en el vacío: capitaliza el malestar de quienes sienten que durante años no tuvieron voz en el debate público.
El desafío hacia adelante es evidente. Si el feminismo quiere recuperar centralidad, deberá revisar su vínculo con la política partidaria, ampliar su base de representación y volver a conectar con las preocupaciones cotidianas de la mayoría. De lo contrario, corre el riesgo de quedar reducido a un espacio cada vez más pequeño, ruidoso pero con escasa capacidad de incidencia real.
Porque en política, como en la sociedad, no alcanza con tener razón: también hay que lograr que otros quieran escucharla.