
El caso de Pierpaolo Barbieri condensa como pocos la contradicción central del experimento económico libertario en Argentina: entusiasmo ideológico en la superficie, fragilidad estructural en el negocio.
Barbieri se ha mostrado como uno de los empresarios más alineados con el rumbo de Javier Milei. Celebra la desregulación, el achicamiento del Estado y la lógica de mercado sin anestesia. Pero los números que empiezan a emerger desde su propia empresa, Ualá, revelan una tensión difícil de disimular: el modelo que defiende es el mismo que puede poner en jaque su sustentabilidad.
Según datos recientes, la mora en los créditos de Ualá ya supera el 40%, con picos aún más alarmantes en segmentos no regulados que llegan hasta el 60%. Esto no es un detalle técnico: en el sistema financiero, niveles de mora por encima del 10% ya son considerados zona de estrés. Lo que ocurre en Ualá no es estrés, es directamente un síntoma de descomposición del crédito al consumo.
El problema es estructural. El modelo de negocios de las fintech como Ualá se apoya en otorgar crédito a sectores que el sistema bancario tradicional no cubre. Pero ese segmento hoy está siendo devastado por el propio programa económico: salarios bajos, caída del consumo y una capacidad de repago cada vez más deteriorada. Es una ecuación explosiva: crédito caro para ingresos cada vez más chicos.
Ahí aparece la paradoja. Barbieri defiende un modelo que ajusta sobre los ingresos de sus propios clientes. Y sin ingresos, no hay crédito sostenible. Sin crédito sostenible, no hay fintech que sobreviva.
La situación se agrava por las propias limitaciones del negocio. A diferencia de los bancos, Ualá no tiene mecanismos efectivos de cobranza: no puede debitar sueldos ni asegurar el repago automático. Depende de la voluntad del usuario. Cuando la economía aprieta, esa voluntad desaparece y la mora se dispara.
En paralelo, empiezan a aparecer señales de tensión interna: recortes de personal, problemas operativos y quejas de usuarios por fallas en la plataforma o dificultades para acceder a sus fondos. No son episodios aislados: son síntomas de una empresa que creció más rápido que su capacidad de control y que ahora enfrenta el costo de ese desbalance.
El dato más inquietante es que el deterioro no es solo micro, es sistémico. La mora en el crédito a familias ya supera el 10% en general y se triplicó en un año. Es decir, el problema no es solo Ualá: es el modelo económico el que está erosionando la base misma del crédito.
Frente a este escenario, la pregunta es inevitable: ¿Barbieri seguirá defendiendo este rumbo?
Todo indica que sí. Porque su apuesta no es solo empresarial, es ideológica. Pero ahí radica el riesgo mayor: cuando la ideología choca contra los balances, la realidad suele imponer condiciones más duras que cualquier discurso.
El modelo libertario promete eficiencia, pero en economías con ingresos deprimidos puede terminar generando lo contrario: empresas que prestan a quienes no pueden pagar y que, tarde o temprano, enfrentan su propia crisis.
Y en ese espejo, Ualá ya empieza a verse demasiado reflejada.