
En tiempos donde la discusión pública parece cada vez más atravesada por la grieta y la lógica de “amigos vs enemigos”, lo ocurrido en redes en los últimos días vuelve a poner sobre la mesa un fenómeno cada vez más evidente: la indignación selectiva.
La protagonista esta vez fue Yanina Latorre, quien utilizó su cuenta en la red social X para manifestar su enojo luego de que, en el canal de streaming OLGA, una niña expresara abiertamente que “odia” al presidente Javier Milei. La reacción de Latorre fue inmediata, cargada de reproches y con el tono moralizante que suele adoptar cuando decide intervenir en el debate político.
Sin embargo, lo que llamó la atención no fue tanto su crítica, sino el silencio previo. Porque no hace mucho, el propio Milei expuso a un niño en el balcón de la Casa Rosada, en una escena claramente cargada de simbolismo político. En ese caso, no hubo cuestionamientos, ni preocupación por la utilización de menores en el espacio público, ni discursos sobre límites o responsabilidades. Nada.
La diferencia de reacciones deja en evidencia una lógica preocupante: lo que molesta no es el hecho en sí, sino quién lo protagoniza. Si el mensaje incomoda políticamente, se condena; si es funcional o proviene del propio espacio, se naturaliza. Así, la indignación pierde consistencia y se transforma en una herramienta más de posicionamiento.
Pero este episodio no ocurre en el vacío. Llega apenas días después de otro momento polémico protagonizado por Latorre, cuando realizó un comentario vinculado a un “escopetazo” en un tono que muchos consideraron desafortunado, justo dos días después de la tragedia ocurrida en Santa Fe. Aquella intervención ya había generado críticas por la falta de sensibilidad en un contexto doloroso.
En ese marco, su nueva aparición refuerza una imagen que empieza a consolidarse: la de una figura mediática que opina con firmeza, pero no siempre con la misma vara. Y en un escenario donde la credibilidad es un bien cada vez más escaso, esa incoherencia pesa.
Porque el problema no es opinar. El problema es hacerlo de manera selectiva, acomodando los principios según la conveniencia del momento. Y ahí es donde la discusión deja de ser genuina para convertirse en puro oportunismo.
En definitiva, lo ocurrido no habla sólo de una panelista o de un tuit. Habla de una forma de intervenir en lo público que ya se volvió demasiado común: la indignación como espectáculo, y la coherencia como excepción.