Volvimos a la realidad

Volvimos a la realidad

Volvimos a la realidad
Por: Pablo López


Durante un mes, la Argentina hizo algo que parece cada vez más difícil: dejar de discutir entre sí. El Mundial volvió a demostrar que el fútbol sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de construir una identidad común. En cada gol, en cada partido y en cada abrazo, la camiseta celeste y blanca logró lo que la política hace años no consigue: unir, aunque fuera por un rato, a millones de argentinos que piensan distinto sobre absolutamente todo.

Pero el Mundial terminó. Y con él también terminó esa tregua emocional.

Volvimos a la realidad. A las discusiones interminables en redes sociales, a la inflación que sigue condicionando la vida cotidiana, a los comercios que venden menos, a las familias que hacen cuentas para llegar a fin de mes y a una dirigencia política que parece más preocupada por alimentar la confrontación que por encontrar soluciones.

Quizás lo más llamativo de estas semanas fue observar cómo casi todo el arco político intentó apropiarse de la Scaloneta. Desde el kirchnerismo hasta el oficialismo libertario aparecieron dirigentes buscando una foto, un gesto, una declaración o una imagen que permitiera asociar el éxito deportivo con su propio relato político. Unos quisieron presentar al seleccionado como el producto de un determinado modelo de país; otros intentaron convertir a sus protagonistas en símbolos de la batalla cultural que impulsan.

La realidad es que la Scaloneta nunca necesitó de la política para convertirse en un fenómeno social. Su fortaleza estuvo justamente en lo contrario: en mantenerse al margen de las disputas partidarias. Mientras millones de argentinos discutían por dirigentes, impuestos o ideologías, Lionel Scaloni construyó un grupo donde importaban el mérito, el trabajo colectivo, la humildad y los objetivos compartidos. Valores que pueden ser universales y que no pertenecen a ningún partido político.

Sin embargo, la tentación de apropiarse de ese capital simbólico fue demasiado fuerte. Porque en una Argentina fragmentada, donde cada vez cuesta más encontrar consensos mínimos, cualquier imagen que genere identificación masiva se convierte en un botín político.

Lo paradójico es que mientras la Selección ofrecía un ejemplo de convivencia, la política profundizaba exactamente el camino inverso.

La grieta no sólo sigue existiendo; probablemente hoy sea más intensa que hace algunos años. Ya no alcanza con pensar distinto: ahora parece obligatorio descalificar al otro, atribuirle malas intenciones y negar cualquier punto de coincidencia. El adversario dejó de ser alguien con quien se debate para transformarse en un enemigo al que hay que destruir.

Las redes sociales amplifican ese fenómeno todos los días. La lógica del algoritmo premia el insulto, la exageración y el enfrentamiento permanente. La moderación dejó de generar clics. La agresión, en cambio, produce viralización.

Mientras tanto, la Argentina real transcurre por otro carril.

Está en el comerciante que vende menos que hace un año. En el trabajador formal cuyo salario perdió capacidad de compra. En el jubilado que debe elegir qué gasto postergar. En las pequeñas empresas que luchan por sostener el empleo. En los jóvenes que sienten que progresar sigue siendo una meta demasiado lejana.

Los indicadores macroeconómicos pueden mostrar mejoras en algunos frentes, pero la microeconomía continúa golpeando a una enorme porción de la sociedad. Y ninguna discusión ideológica alcanza para llenar una heladera o pagar un alquiler.

El Mundial funcionó como una pausa emocional. Un momento donde la ilusión colectiva logró eclipsar, aunque fuera temporalmente, las angustias cotidianas. Pero ningún campeonato puede reemplazar indefinidamente las respuestas que la política está obligada a ofrecer.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza que deja este regreso a la normalidad. La unidad que despertó la Selección no puede sostenerse artificialmente ni ser utilizada como herramienta propagandística. Mucho menos cuando quienes intentan apropiarse de ella son los mismos actores que alimentan una polarización cada vez más profunda.

La Scaloneta volverá a jugar. Habrá nuevas alegrías y nuevas frustraciones deportivas. Pero el país seguirá esperando algo mucho más importante que una victoria futbolística: una dirigencia capaz de discutir sin destruir, de competir sin odiar y de gobernar pensando en los problemas concretos de una sociedad que hace demasiado tiempo dejó de vivir un Mundial permanente para volver, una y otra vez, a una realidad que no encuentra cómo salir de la grieta.

Publicado el: 2026-07-21