Víctimas del vaciamiento

Víctimas del vaciamiento

Víctimas del vaciamiento
Por: Pablo López


Quizás, quién mejor refleje estos tiempos que corren, como una Argentina que vive en loop, es el título del último disco que grabó la banda Hermética en su historia: “Víctimas del vaciamiento”. Lanzado en 1994, pleno menemismo y políticas económicas liberales que mientras modernizaban cierta parte de nuestra patria, por otro lado hundía a la clase media y a millones de trabajadores en la desocupación y la falta de perspectivas.

Porque hay algo de eso en la Argentina de hoy: un país que siente que se vacía.

Se vacía el bolsillo, se vacía el Estado, se vacían las expectativas, se vacía la política y, sobre todo, se vacía la esperanza de que quienes deberían representar a la sociedad tengan alguna respuesta para lo que está pasando.

El gobierno de Javier Milei prometió terminar con una Argentina agotada. Prometió una revolución liberal, crecimiento, inversión, recuperación y una transformación profunda de las estructuras que durante décadas produjeron inflación, déficit y pobreza.

Pero cada vez resulta más difícil separar la motosierra de la demolición.

Porque una cosa es ordenar las cuentas públicas y otra muy distinta es construir un país sobre la idea de que todo lo público es un gasto inútil, que los derechos son privilegios y que cualquier interés nacional debe subordinarse a una determinada visión ideológica.

Y ahí aparece uno de los mayores interrogantes de este gobierno: ¿hasta dónde llega la libertad y dónde empieza la entrega?

 

Un país mirando hacia afuera

 

Milei construyó una política exterior basada en alianzas casi incondicionales con Estados Unidos e Israel. El propio Gobierno anunció el proyecto de trasladar la embajada argentina en Israel a Jerusalén y el Presidente convirtió esa alianza en uno de los ejes de su política internacional.

El problema no es tener aliados.

El problema aparece cuando la Argentina deja de preguntarse qué le conviene a la Argentina.

Un país soberano puede tener una relación estratégica con Washington, puede comerciar con China, puede profundizar sus vínculos con Israel y puede relacionarse con cualquier nación del mundo.

Pero una política exterior seria no debería funcionar como una cuestión de fe.

Y mucho menos como una sucesión de gestos destinados a demostrar quién es el aliado más obediente.

Mientras otros países negocian, Milei muchas veces parece necesitar demostrar pertenencia. Mientras otros gobiernos defienden intereses nacionales aun frente a sus aliados, Argentina corre el riesgo de convertir la alineación ideológica en política de Estado.

Y eso es preocupante.

Porque los países no tienen amigos permanentes. Tienen intereses permanentes.

 

La Argentina que se vacía

El problema es que mientras el Presidente disputa batallas ideológicas en el escenario internacional, hay una Argentina mucho más concreta que pelea todos los días para llegar a fin de mes.

La Argentina del jubilado. La del trabajador que perdió poder adquisitivo. La de la pyme que no puede vender. La del comerciante que ve caer el consumo. La del joven que no encuentra un horizonte.La de quien mira su recibo de sueldo y descubre que trabaja cada vez más para comprar cada vez menos.

Esa Argentina no necesariamente es peronista.

Tampoco necesariamente es kirchnerista.

Y tampoco necesariamente quiere volver al pasado.

Está simplemente cansada. Cansada de que le prometan futuros extraordinarios mientras el presente se vuelve cada vez más difícil. Y ahí aparece el verdadero peligro político de este momento.

 

El problema no es solamente Milei

 

Porque mientras el Gobierno avanza con su proyecto, el peronismo parece encerrado en una habitación donde todos discuten quién tiene la llave.

Cristina, Máximo, Kicillof, La Cámpora, los gobernadores, los intendentes, los sindicatos, los distintos espacios que se proclaman herederos del movimiento: todos parecen tener una parte de la respuesta, pero nadie consigue construir una respuesta común.

El episodio de Anabel Fernández Sagasti fue una muestra brutal de esa desconexión.

La discusión sobre su presencia en el Senado y la posibilidad de que votara de manera remota una ley de tierras terminó provocando una reacción fuerte de sectores de la propia militancia. La posterior defensa de dirigentes camporistas, lejos de cerrar la discusión, dejó al descubierto que existe un enojo que ya no viene solamente desde afuera.

Eso debería preocupar mucho más que cualquier encuesta.

Porque cuando una dirigencia necesita salir a explicarle a su propia militancia por qué hizo lo que hizo, hay algo que dejó de funcionar.

Cuando las bases ya no aceptan automáticamente las explicaciones de sus dirigentes, aparece una crisis de representación. Y cuando esa crisis se combina con una sociedad desencantada, el resultado puede ser imprevisible.

 

La paradoja del 40 por ciento

 

Acá aparece la gran paradoja argentina.

Puede existir una mayoría social que esté harta del ajuste, del deterioro, de la incertidumbre y de determinadas políticas del Gobierno.

Pero eso no significa automáticamente que esa mayoría vaya a votar contra Milei.

Porque una cosa es estar en contra de Milei y otra muy distinta es querer volver al peronismo que gobernó antes.

Y ahí está el error que algunos dirigentes opositores todavía no parecen comprender.

 

El rechazo a Milei no equivale a un cheque en blanco para el peronismo.

 

Una sociedad puede estar profundamente decepcionada con el Gobierno y, al mismo tiempo, no confiar en quienes pretenden reemplazarlo.

Ese es el escenario perfecto para que Milei siga siendo competitivo.

Incluso podría ocurrir algo mucho más paradójico: que una mayoría de argentinos esté cansada de determinadas políticas del Gobierno y, sin embargo, termine siendo víctima electoral de una minoría convencida de que hay que seguir exactamente por el mismo camino.

Un 40 por ciento puede alcanzar para ganar si el otro 60 por ciento se divide, se abstiene, vota en blanco o simplemente no encuentra a quién votar.

 

La política vaciada

 

Ese es el verdadero vaciamiento. No solamente el económico. También el político.

Una sociedad que deja de creer en sus dirigentes es una sociedad que empieza a votar por descarte.

Y votar por descarte es peligrosísimo.

Porque puede terminar ganando no el que ofrece el mejor proyecto, sino el que consigue concentrar el rechazo hacia el adversario.

Milei llegó al poder, en buena medida, montado sobre el hartazgo.

El peronismo no debería cometer el error de creer que ese hartazgo desapareció.

Sigue ahí.

La diferencia es que ahora el hartazgo también puede dirigirse contra Milei.

El problema es que todavía no encontró una alternativa convincente.

Y mientras el Gobierno puede exhibir una identidad política nítida —con todos los cuestionamientos que puedan hacerse sobre ella—, la oposición todavía aparece atrapada entre la nostalgia, las internas y la pelea por el liderazgo.

 

El país que nadie está escuchando

 

Quizás la discusión más urgente no sea quién conduce al peronismo. Ni quién será el candidato. Ni quién consigue quedarse con una determinada estructura partidaria.

La pregunta debería ser otra:

¿Qué quiere ser la Argentina dentro de diez años?

Porque Milei tiene una respuesta.

Puede gustar o no. Puede ser discutida, cuestionada y resistida. Pero existe.

El problema del peronismo es que todavía no parece tener una respuesta alternativa que pueda convencer a una sociedad que cambió.

No alcanza con decir "Milei es malo".

No alcanza con defender el pasado.

No alcanza con reivindicar a Cristina.

No alcanza con denunciar el ajuste.

No alcanza con cantar consignas.

Hay que explicar qué país se quiere construir, cómo se va a producir, cómo se van a generar empleos, cómo se va a recuperar el salario, cómo se va a financiar el Estado, qué relación se quiere tener con el mundo y qué lugar ocupará la Argentina en los próximos veinte años.

Mientras esas respuestas no aparezcan, la política seguirá girando sobre sí misma.

Y la sociedad seguirá mirando desde afuera.

Como espectadores de una pelea que no siente propia.

 

Víctimas del vaciamiento

 

Hermética cantaba en 1994 sobre un país atravesado por la sensación de despojo. Treinta y dos años después, el título vuelve a resonar.

Pero hoy las víctimas del vaciamiento podemos ser todos.

Los que padecen las consecuencias de un modelo económico que todavía no logra convencer de que el sacrificio tendrá una recompensa.

Los que temen que el país termine subordinando sus intereses a los de potencias extranjeras.

Los que no quieren volver al pasado pero tampoco quieren vivir este presente.

Los peronistas que dejaron de sentirse representados.

Los independientes que no encuentran una alternativa.

Y también aquellos que, hartos de todo, pueden terminar votando nuevamente a Milei simplemente porque del otro lado no ven nada capaz de reemplazarlo.

Ese es el mayor peligro.

Que una sociedad cansada termine eligiendo continuidad no porque esté convencida, sino porque está decepcionada de quienes deberían ofrecerle una alternativa.

El gobierno puede vaciar bolsillos.

La oposición puede vaciar expectativas.

Y entre ambos, puede quedar vacía la política.

Ese sería el verdadero triunfo del vaciamiento: que millones de argentinos estén hartos, pero que nadie consiga transformar ese hartazgo en una esperanza.

 

Publicado el: 2026-08-11