Viajar en colectivo se transformó en un infierno

Viajar en colectivo se transformó en un infierno

Viajar en colectivo se transformó en un infierno
Por: Pablo López


En la Argentina de hoy, subirse a un colectivo dejó de ser una rutina cotidiana para convertirse en una verdadera prueba de resistencia. Lo que antes era parte del día a día de millones de trabajadores, ahora se transformó en una experiencia marcada por la incertidumbre, la espera interminable y un clima social cada vez más tenso.

El aumento sostenido del precio de la nafta no solo impactó en el bolsillo de los usuarios con boletos más caros, sino que generó un efecto silencioso pero devastador: la reducción de frecuencias. Menos unidades en la calle implica más tiempo en las paradas, más gente acumulada y un sistema que funciona al límite de su capacidad.

Fernando, vecino de Wilde, lo resume con crudeza: “Antes esperaba diez minutos, ahora puedo estar media hora o más. Y cuando viene, viene explotado. Ya ni sabés si vas a llegar a horario al trabajo”. Su testimonio no es una excepción, sino el reflejo de una problemática que se repite en todo el conurbano y la Ciudad de Buenos Aires.

Daniel, de Morón, aporta otro ángulo igual de preocupante: “Yo tengo que tomar dos colectivos. Si pierdo uno porque no pasa, ya arranco el día mal. Llegué tarde varias veces y en el laburo ya me descontaron el presentismo”. En un contexto económico donde cada peso cuenta, perder ese adicional puede significar un golpe duro para cualquier familia trabajadora.

Walter, que vive en el barrio porteño de San Rita, describe el impacto emocional de esta situación: “La gente está cada vez más nerviosa. Hay discusiones en las paradas, en el colectivo, empujones. Todos estamos cansados. No es solo el viaje, es todo lo que arrastrás después”.

La combinación de tarifas más altas y un servicio deteriorado genera una paradoja difícil de sostener: se paga más por viajar peor. Y en ese escenario, quienes más sufren son los que no tienen alternativa. Los trabajadores que dependen del transporte público, que muchas veces deben tomar dos o hasta tres colectivos para llegar a sus empleos, son los principales perjudicados.

El gobierno había prometido que el ajuste lo iba a pagar “la casta”. Sin embargo, la realidad cotidiana parece contar otra historia. Lejos de afectar a sectores privilegiados, las consecuencias recaen con fuerza sobre quienes todos los días salen a trabajar, sostienen la economía real y mantienen en pie el funcionamiento del país.

El transporte público no es un lujo, es un servicio esencial. Cuando falla, no solo se complica la movilidad: se deteriora la calidad de vida, se pierden ingresos y se tensiona el tejido social. La espera en una parada ya no es solo tiempo perdido; es estrés, incertidumbre y, muchas veces, bronca acumulada.

Viajar en colectivo, en este contexto, dejó de ser simplemente trasladarse de un punto a otro. Se transformó en un infierno cotidiano que millones de argentinos enfrentan en silencio, mientras esperan que alguien, finalmente, escuche.

 

Publicado el: 2026-04-07