Una nueva marcha del "Ni una menos". Mucho ruido, pocas soluciones

Una nueva marcha del "Ni una menos". Mucho ruido, pocas soluciones

Una nueva marcha del
Por: Pablo López


Es difícil escribir de las cuestiones de mujeres siendo hombre, no se trata de ponerse en ese lugar, porque es imposible. Pero desde donde toca, siendo padre, hermano, esposo e hijo, de una mujer, uno vive preocupado para que no sufran, no sean acosadas y encima son más vulnerables en la calle a los delitos comunes.

Lo que antes hubiese sido una vergüenza, como robar a una mujer que va con un carrito de bebé, hoy se ve como una presa fácil porque no puede escapar, hay un bilardismo del delito, donde se gané de cualquier forma, sin importar la víctima.

En esta nueva marcha masiva de “Ni una menos” atravesada por el feroz crimen de Agostina de 14 años en Córdoba, nos debe llevar a abordar el tema de una manera seria y profesional, sin réditos políticos ni ideologismos estúpidos.

Como en cualquier delito, sobre todo cuando se trata de este tipo que son aberrantes, una vez cometidos ya es tarde, lo que no se hizo ya no sirve, por eso la prevención es clave y fundamental. El tema es: ¿Cómo y de qué forma prevenimos?

Muchos especialistas coinciden en que la violencia de género y la violencia sexual no suelen ser producto de una pérdida momentánea de control, sino de patrones de comportamiento construidos a lo largo del tiempo. Las agresiones suelen estar vinculadas a creencias de dominación, control y cosificación de la otra persona. Por eso, combatir la violencia implica mucho más que castigar: requiere transformar las condiciones culturales que la hacen posible.

Ahora bien, ¿esas transformaciones son posibles solamente con cursos de género, un ministerio de la mujer monstruoso con mil empleados, educación sexual integral desde la infancia o una medida de baterías educativas que hacen a la integración social y a una comunidad organizada en base a pautas de convivencia donde el rol de la mujer sea tratada como una igual desde su capacidad, sacando las diferencias físicas?

Diversas investigaciones muestran que algunos agresores pueden modificar conductas violentas mediante tratamientos especializados, procesos terapéuticos prolongados y un reconocimiento genuino del daño causado. Sin embargo, los especialistas advierten que el cambio no ocurre por simple voluntad ni por el paso del tiempo. Requiere trabajo sostenido, supervisión profesional y responsabilidad personal. ¿Esa responsabilidad personal, la vamos a dejar a la propia decisión del victimario, el estado va a mirar para otro lado o debe velar por la seguridad de las víctimas aplicando todo el peso de la Ley con estos seres repugnantes que no son delincuentes comunes, son una lacra social que no puede ser parte de la sociedad.

Es raro que las mismas feministas, nos traten de fascistas por no querer que un violador conviva en la misma sociedad que nuestras esposas, novias, hermanas o hijas.

Los sistemas judiciales modernos suelen contemplar la reinserción social como un objetivo. Sin embargo, en casos de violencia de género o delitos sexuales, numerosos expertos señalan que la reinserción debe estar acompañada por evaluaciones de riesgo rigurosas. La prioridad siempre debe ser la protección de las víctimas y de la comunidad. La reinserción no puede basarse únicamente en el cumplimiento de una condena, sino también en evidencias concretas de cambios de conducta.

La reincidencia varía según el tipo de delito, las características del agresor y los tratamientos recibidos. Los especialistas señalan que quienes niegan los hechos, minimizan el daño o responsabilizan a las víctimas suelen presentar mayores dificultades para modificar sus conductas. Por el contrario, quienes asumen responsabilidad y participan activamente en programas de intervención tienen mejores posibilidades de evitar nuevas agresiones.

La reflexión que hacemos desde aquí, para este tipo de delitos, es que el punitivismo extremo no es la solución definitiva, porque el crimen aberrante ya se cometió, pero si previne que estas lacras sociales puedan volver rápido a la calle a volver a cometer estas atrocidades contra las mujeres.

El debate social suele oscilar entre dos posiciones extremas: quienes creen que los agresores nunca cambian y quienes sostienen que todos merecen una segunda oportunidad. La evidencia científica sugiere una mirada más compleja. Hay personas que logran abandonar conductas violentas, pero también existen casos donde el riesgo persiste durante años. Por eso, la prevención, la educación y el seguimiento profesional son tan importantes como la sanción penal.

El tema es que tenemos un estado que siempre mira de costado, gobierne quien gobierne, no podemos echarle la culpa solamente a Milei y su mensaje de no intervención del estado. Durante el mandato del presidente Alberto Fernández, autoproclamado feminista y afirmante que en su gobierno le ponía fin al patriarcado, la violencia no frenó y el devenir de las mujeres en las provincias, incluida Buenos Aires, fue un derrotero terrorífico.

Entonces, quienes queremos defender relacione sanas y a las mujeres de verdad, ante un estado ausente que mira para otro lado, ante un progresismo bobo e ideologizado que según las ideas del victimario reclama más o menos, preferimos el punitivismo extremo. Que los violadores se pudren en la cárcel, que los asesinos de mujeres no salgan nunca más. No queremos que las mujeres, ni nosotros tampoco, convivir con violadores y asesinos, la mirada nacional no es la del progresismo degenerado antipunitivista, que cree que un femicida puede alegremente volver a vivir en comunidad porque hizo un curso de género.

Publicado el: 2026-06-11