Sebastián Pareja, el villano de una historia mal contada

Sebastián Pareja, el villano de una historia mal contada

Sebastián Pareja, el villano de una historia mal contada
Por: José María Fernández


En la política argentina, los villanos no siempre son lo que parecen. A veces son construcciones útiles, chivos expiatorios de internas que no se quieren dar de frente. En ese lugar incómodo, casi caricaturesco, hoy ubican a Sebastián Pareja dentro del universo libertario. Pero cuando se raspa la superficie del relato, lo que aparece no es un operador oscuro sino un engranaje clave de una maquinaria que, con todas sus falencias, logró competir en uno de los territorios más hostiles del país.

Pareja no nació en la política libertaria ni mucho menos. Su ADN es el del peronismo de los años noventa, el de Carlos Menem, donde la construcción territorial, la rosca y la lealtad eran moneda corriente. Ese origen, lejos de ser una contradicción, encaja con naturalidad en el esquema ideológico de Javier Milei, cuya praxis política terminó siendo mucho más pragmática que doctrinaria. El mileísmo, en los hechos, no es una revolución pura: es una coalición de necesidades.

Cuando Karina Milei le encomendó a Eduardo “Lule” Menem que colocara a alguien de extrema confianza para ordenar el armado bonaerense y controlar a Carlos Kikuchi, no estaba improvisando. Estaba leyendo un problema: la falta de estructura en la provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas. La respuesta fue Pareja.

Desde ese lugar, construyó coordinaciones seccionales y territoriales en toda la provincia. Una tarea titánica que muchos dentro de las llamadas “fuerzas del cielo” —la militancia digital libertaria— no ven o no quieren ver. Sin ese trabajo silencioso, Milei difícilmente hubiera tenido despliegue en el conurbano, un territorio complejo donde la política no se juega en redes sociales sino en la calle, en los barrios, en los vínculos.

Curiosamente, quienes lo tratan suelen describirlo de manera muy distinta a la caricatura que circula. Hablan de alguien que cumple su palabra, que sostiene a su gente y que entiende los códigos del poder. No es poco en un espacio donde la volatilidad y las lealtades líquidas son regla.

La guerra interna se desata con las listas de las elecciones bonaerenses de 2025. Las “fuerzas del cielo” quedan prácticamente afuera y, en lugar de preguntarse por qué, eligen un culpable. Pareja. Pero la realidad es más incómoda: Karina Milei no quería gente de Santiago Caputo en las listas. Pareja ejecutó esa orden. Ni más ni menos. Los heridos, para no confrontar con la jefa real del espacio, apuntaron al fusible.

La acusación más repetida fue que llenó las listas de kirchneristas o peronistas infiltrados. Una lectura simplista. Muchos de esos dirigentes ya habían roto con el peronismo hacía tiempo y, sobre todo, tenían algo que el mileísmo puro no: capacidad de armado en territorios hostiles. En un sistema más cerrado y vertical que el propio peronismo, como es hoy el mileísmo, esa dirigencia sabe que debe alinearse sin margen de error. Y Pareja también: su lealtad es con Karina.

El golpe electoral en la provincia —donde el kirchnerismo y los intendentes mostraron toda su potencia— hizo tambalear el experimento. En ese contexto, Pareja hizo algo poco habitual: presentó su renuncia. Karina no se la aceptó. Un dato que habla más que mil operaciones.

También hay responsabilidades que se le adjudican sin sustento. No fue suyo el slogan “kirchnerismo nunca más”, una torpe apropiación simbólica que remitía a otra etapa histórica y que terminó siendo atribuida al “genio” de Santiago Caputo. Tampoco fue decisión suya que los candidatos libertarios tuvieran que financiarse solos frente a aparatos municipales aceitados, ni que el apoyo logístico y económico del espacio fuera escaso. En esa elección, además, los socios del PRO jugaron a dos puntas: rápidos para pedir lugares, lentos para poner recursos y fiscalización.

Desde el caputismo lo acusan de jugar su propio partido, incluso de amenazar con llevarse su tropa. Esa hipótesis no resiste un análisis frío. ¿Qué ganaría Pareja rompiendo? Volver al peronismo no es opción sencilla: hay demasiados pesos pesados para pocos lugares. Y si Milei se consolida hacia 2027, quedaría como un traidor sin destino, un nuevo Kikuchi, condenado al ostracismo político.

La realidad es más simple: los Menem y Karina confían en él. Y en política, la confianza es poder. Por eso los ataques no son solo contra Pareja, sino contra quien lo sostiene. Algunos sectores ya empezaron a correrse del libreto y a cuestionar directamente a Karina Milei, algo impensado meses atrás.

El caputismo, viendo que su influencia puede reducirse, eligió una estrategia clásica: ensuciar la interna, construir un enemigo, hablar de “kukas infiltrados” y reivindicar un purismo que dejó de existir el día que Milei abrazó la tabula rasa y selló la paz con Patricia Bullrich después de haberla acusado de todo.

En ese contexto, Sebastián Pareja no es el villano. Es, en todo caso, el personaje incómodo de una historia mal contada. Uno que hizo el trabajo sucio, que ejecutó órdenes y que hoy paga el costo de una interna que nadie quiere asumir abiertamente. En la política argentina, eso no es una excepción. Es la regla..

 

Publicado el: 2026-04-21