Rucci, el peronómetro y somos todos ortodoxos

Rucci, el peronómetro y somos todos ortodoxos

Rucci, el peronómetro y somos todos ortodoxos
Por: Pablo López


En el peronismo el clima es espeso, la interna entre el kicillofismo versus Cristina, La Cámpora y sus aliados tiene varias paradojas.

Un día como hoy, pero en 1973, era asesinado José Ignacio Rucci, líder de la CGT de ese entonces y uno de los más fieles laderos de Perón. El crimen fue uno de los acontecimientos políticos más conmovedores de la década de los 70 en Argentina. El hecho se produjo apenas dos días después de que la fórmula de Juan Domingo Perón y María Estela Martínez de Perón ganara las elecciones presidenciales con más del 60 % de los votos.

Aquella mañana, al salir de una vivienda en el barrio porteño de Flores, un comando civil fuertemente armado lo acribilló en plena vía pública. La autoría del atentado fue atribuida a Montoneros, que denominó a la acción “Operación Traviata”. El asesinato profundizó la fractura interna del peronismo y se convirtió en uno de los símbolos de la violencia política que atravesó al movimiento durante aquellos años.

Lo curioso es que desde La Cámpora, que eligieron ponerse un nombre polémico, y desde sectores que reivindican una determinada lectura de los años 70, en su giro anti-Kicillof tratan al gobernador de “progre”, “izquierdista” y hasta de “socialdemócrata”. A esa caracterización se suman voces como Sergio Berni o Guillermo Moreno, afectos a sacar el peronómetro y medir el peronismo en sangre.

El problema es que el peronómetro tiene una particularidad: nunca termina de medir a todos con la misma vara.

Porque si hay algo que enseña la historia del peronismo es que se trata de un movimiento atravesado por contradicciones, corrientes internas, discusiones ideológicas y disputas por el poder. Pretender reducir esa historia a una prueba de pureza doctrinaria puede resultar cómodo para quien sostiene el peronómetro, pero bastante menos útil para construir una alternativa política hacia el futuro.

 

El pasado reciente también pesa

 

El tema es que a Máximo Kirchner su pasado reciente lo condena.

En los 70 existía una clásica rivalidad entre Rucci y Agustín Tosco, líder de Luz y Fuerza de Córdoba y una de las cabezas del histórico Cordobazo. Mientras Rucci defendía una estructura sindical ligada a la conducción de Perón y a la unidad orgánica del movimiento obrero, Tosco expresaba una concepción clasista, antiburocrática y vinculada al denominado sindicalismo de liberación. Ambos protagonizaron, el 13 de febrero de 1973, un célebre debate televisivo en el programa “Las Dos Campanas”, que expuso públicamente sus profundas diferencias sobre el rol del sindicalismo y de los trabajadores.

Y hay un dato que muchas veces queda deliberadamente fuera de la discusión: Tosco, a pesar de sus profundas diferencias políticas y sindicales con Rucci, condenó su asesinato.

Es decir, se podía discutir ferozmente, sostener posiciones ideológicas antagónicas y, al mismo tiempo, entender que había límites que no podían cruzarse.

 

La frase de Máximo Kirchner

 

La tensión entre estas dos visiones sindicales resurgió en la política contemporánea argentina.

El 25 de septiembre de 2020, en coincidencia con el aniversario del asesinato de Rucci, durante una jornada parlamentaria en la Cámara de Diputados, el entonces jefe del bloque oficialista, Máximo Kirchner, intervino al cierre del debate y decidió evocar explícitamente a Agustín Tosco. En aquella oportunidad dijo: “Voy a cerrar con un homenaje, hoy que es un día de muchos homenajes y elijo a mi manera este”.

Inmediatamente después, procedió a leer una cita del propio dirigente cordobés: “Nuestra experiencia nos ha enseñado que, sobre todas las cosas, debemos ser pacientes, perseverantes y decididos”.

La elección generó fuertes críticas de sectores sindicales y de dirigentes vinculados a la tradición de Rucci, que interpretaron el gesto como una provocación política en el marco de una fecha dedicada a recordar al dirigente de la CGT.

Y aquí aparece la paradoja.

Años después, algunos de los mismos dirigentes que reivindican aquella tradición política y sindical utilizan hoy el “peronómetro” para cuestionar a Kicillof por supuestamente haberse corrido hacia el progresismo.

Pero ¿quién decide dónde termina el peronismo y dónde empieza el progresismo?

¿Máximo? ¿Cristina? ¿Moreno? ¿Berni? ¿Los sindicatos? ¿Los gobernadores? ¿Los intendentes? ¿Los militantes? ¿Los historiadores?

Porque si cada sector tiene su propio peronómetro, probablemente terminemos con tantos peronismos como dirigentes haya dispuestos a repartir certificados de autenticidad.

Y allí aparece otro problema: convertir la discusión interna en una competencia para demostrar quién es más ortodoxo que el otro.

Ahora todos parecen reivindicar a Perón. Todos hablan de la doctrina. Todos recuperan al movimiento obrero. Todos dicen defender al trabajador. Todos cuestionan el progresismo. Todos reivindican la comunidad organizada.

Perfecto.

Pero si todos son ortodoxos, quizás sea momento de preguntarse qué significa realmente ser peronista en la Argentina de 2026.

Porque Perón no construyó su movimiento para que sus dirigentes pasaran décadas discutiendo quién tenía el certificado de autenticidad doctrinaria. El peronismo nació como una herramienta política para organizar a los trabajadores, mejorar sus condiciones de vida, ampliar derechos y disputar el poder por vías políticas.

Y esa discusión debería ser mucho más importante que determinar quién puede poner una foto de Perón en su oficina.

 

Del peronómetro al pueblo

 

El problema del peronismo actual no parece ser la falta de dirigentes que se reivindiquen peronistas. Sobran.

El problema es que, mientras todos discuten quién es más peronista, una parte importante de la sociedad dejó de sentirse representada por el movimiento.

Y allí es donde la discusión histórica corre el riesgo de convertirse en una distracción.

Porque un trabajador que no llega a fin de mes probablemente tenga poco interés en saber si Kicillof es más ortodoxo que Máximo, si Cristina representa mejor la doctrina que los gobernadores o si Moreno tiene un certificado de peronismo más grande que cualquier otro dirigente.

Ese trabajador quiere saber cuánto va a cobrar, si va a conservar su empleo, si podrá pagar el alquiler, si sus hijos tendrán oportunidades y si el esfuerzo de trabajar volverá a permitirle construir un proyecto de vida.

Ese debería ser el centro de la discusión.

Si el peronismo quiere recuperar su identidad histórica, tiene que volver a mirar a su base social. Y esa base no está en Twitter, ni en las disputas por las etiquetas, ni en las peleas entre dirigentes, ni en quién consigue imponer su interpretación de los años 70.

Está en los trabajadores.

Está en los asalariados que perdieron poder adquisitivo. En los trabajadores informales. En las pequeñas empresas que no pueden sostener el empleo. En los jóvenes que no encuentran un horizonte laboral. En los jubilados que cada vez tienen más dificultades para llegar a fin de mes.

La recuperación del ingreso, del empleo y de la movilidad social debería ser mucho más importante que la disputa por el peronómetro.

Y si realmente todos los sectores que hoy se reivindican peronistas quieren salir del progresismo —como dicen— también deberían empezar por algo bastante más sencillo y bastante más peronista: respetarse entre ellos.

Las diferencias existen y son legítimas. Pueden ser ideológicas, estratégicas, generacionales o simplemente de conducción. Pero tienen que dirimirse por los medios democráticos que el propio movimiento político y la Constitución ofrecen: elecciones internas, congresos, acuerdos, competencia y, finalmente, el voto popular.

Que sea el pueblo el que determine quién tiene razón.

Porque si algo debería haber aprendido el peronismo de su propia historia es que cuando la discusión política deja de resolverse mediante la política, las consecuencias pueden ser trágicas.

Y tampoco parece razonable reemplazar un sectarismo por otro. Combatir el progresismo no puede convertirse en hacer macartismo con todo aquel que tenga una mirada diferente sobre cuestiones culturales, sociales o de derechos. Una sociedad compleja como la argentina no se divide entre peronistas puros y progresistas contaminados.

Hay millones de argentinos que pueden compartir una identidad nacional y popular, defender el trabajo, reclamar un Estado presente y al mismo tiempo tener posiciones progresistas en determinadas cuestiones.

Expulsarlos discursivamente tampoco parece una buena estrategia para reconstruir una mayoría social.

El desafío, entonces, no debería ser demostrar quién es más ortodoxo.

Debería ser demostrar quién puede volver a representar a los trabajadores.

Quién puede recuperar sus ingresos.

Quién puede devolverles la expectativa de progreso.

Quién puede ofrecer un proyecto de país en el que trabajar vuelva a ser el principal mecanismo de movilidad social.

Y, sobre todo, quién puede construir una mayoría sin pedirle a cada argentino que pase antes por el detector ideológico de un nuevo peronómetro.

Porque quizás el verdadero desafío del peronismo no sea decidir quién es más peronista.

Quizás sea volver a serlo para aquellos trabajadores que alguna vez encontraron en ese movimiento una herramienta para vivir mejor.

Publicado el: 2026-09-25