
La pelea entre Tomás Rebord y Guille Aquino dejó algo más que un cruce de egos entre dos figuras del ecosistema del streaming político. Expuso, en realidad, el clima moral e intelectual de una generación que pretende pontificar sobre política, cultura y valores desde una supuesta superioridad moral que rara vez resiste el menor escrutinio.
El episodio que detonó el conflicto fue, por lo menos, grotesco. Aquino publicó en redes sociales una foto de la pareja de Rebord, Agustina “Sugus” Leunda, en la que aparecía embarazada. Sobre esa imagen, editó digitalmente un “mini Aquino” dentro de la panza, insinuando que el hijo que esperaba la mujer era suyo. La provocación, que mezclaba humor negro, agresión personal y exposición de una mujer ajena al conflicto, se viralizó rápidamente.
Rebord reaccionó con furia pública, declarando que la situación lo había dejado “triste” y sorprendido, porque Aquino era —según su propio relato— un amigo con quien incluso había intervenido en negociaciones laborales dentro del mundo del streaming.
Pero el problema no es solo la pelea. El problema es lo que representa.
El nuevo clero digital del peronismo
Rebord se ha construido en los últimos años una identidad política particular: la del peronista joven, culto, irónico, que intenta marcar distancia del progresismo militante que dominó al kirchnerismo durante la última década. En sus editoriales suele criticar los excesos de la corrección política y, a veces, hasta coquetea con una estética que pretende recuperar cierta “ortodoxia” peronista.
Sin embargo, esa pose de peronista nacional y popular convive con una realidad bastante distinta. El universo cultural en el que se mueve —streaming, productores de contenido, intelectuales urbanos, humor político de nicho— es el mismo ecosistema del progresismo porteño que durante años monopolizó el discurso político de las redes. Es el peronismo palermitano: cosmopolita, irónico, culturalmente snob y políticamente ambiguo, que en nada tiene que ver con Herminio Iglesias, Saúl Ubaldini o Lorenzo Miguel.
Un espacio donde se habla de pueblo, pero se vive en una burbuja social muy lejos de él.
La contradicción permanente
En ese contexto, el conflicto con Aquino deja al descubierto una contradicción mayor. Porque mientras muchos de estos referentes digitales se arrogan el rol de educadores políticos de una generación —explicando qué es el peronismo, qué es la política, qué es el “campo popular”— su propio comportamiento suele moverse en un terreno mucho más banal.
El episodio de la foto de la mujer embarazada es un ejemplo perfecto: un escándalo de redes, con bromas pesadas, provocaciones infantiles y amenazas de pelea física. Un espectáculo más cercano al chimento de internet que a cualquier debate político serio.
Sin embargo, son las mismas voces que después bajan línea sobre ética pública, cultura política o conciencia social.
El problema de los nuevos “predicadores”
Hay algo profundamente revelador en que parte del nuevo relato peronista esté siendo construido por figuras del streaming y la cultura digital. No se trata de negar su derecho a opinar o participar del debate político. Eso sería absurdo.
El problema aparece cuando ese lugar se transforma en un púlpito desde el cual se pretende dar lecciones morales a toda una generación.
Porque pontificar sobre valores, política o comunidad requiere algo más que seguidores en redes o habilidad para el sarcasmo. Requiere coherencia, autoridad intelectual y, sobre todo, cierta prudencia.
Virtudes que en la política argentina —y particularmente en su versión digital— suelen escasear.
Un síntoma de época
El escándalo entre Rebord y Aquino, en definitiva, no es más que una anécdota viral. Pero también funciona como síntoma de algo más profundo: la transformación de la política en entretenimiento y de los referentes políticos en personajes de una narrativa digital permanente.
En ese mundo, el debate ideológico queda en segundo plano. Lo central es la provocación, el clip viral, la pelea que alimenta el algoritmo.
Y así, entre ironías, memes y disputas personales, una parte del nuevo peronismo intenta construir autoridad política mientras reproduce exactamente los mismos vicios que dice criticar.
Tal vez el verdadero problema no sea la pelea entre dos streamers.
Tal vez el problema sea que algunos creen que desde ese escenario se puede pontificar sobre el país y no tienen la mínima autoridad moral para hacerlo.