
Hay un dato que empieza a adquirir una dimensión política que excede cualquier encuesta aislada: Javier Milei tiene una brecha de aprobación particularmente marcada entre varones y mujeres.
La última medición citada por Página/12, a partir de datos de Poliarquía, muestra que apenas una de cada tres mujeres valora positivamente la gestión presidencial, mientras que entre los hombres la aprobación llega al 52 por ciento. Pero todavía más significativa es la medición de Management & Fit: 44 por ciento de aprobación entre los varones contra 29 por ciento entre las mujeres. Son 15 puntos de diferencia, la mayor brecha de género registrada por esa consultora desde el comienzo de la gestión.
No se trata, entonces, solamente de que Milei tenga menos apoyo femenino. El dato políticamente relevante es que la distancia entre hombres y mujeres se mantiene y se amplía.
Lara Goyburu, directora ejecutiva de Management & Fit, señaló que en todas las mediciones de su consultora las mujeres aprobaron menos que los varones. Y agregó un elemento especialmente interesante: cuando la brecha se achicó en algún momento, ocurrió porque cayó la aprobación masculina, no porque mejorara la valoración femenina. “Las mujeres se alejaron antes y más rápido”, explicó.
La pregunta que aparece entonces es inevitable: ¿puede esa diferencia terminar teniendo consecuencias electorales para Milei?
La respuesta no puede surgir mecánicamente de una encuesta de aprobación. Pero la historia argentina ofrece un antecedente que vale la pena recordar.
En una reciente entrevista en el podcast Como en Casa, de Urgente24, el dirigente peronista Joaquín Alonso reconstruyó desde adentro la campaña presidencial de 1983 y contó una anécdota especialmente significativa.
Según el relato de Alonso, las encuestas internas realizadas por el sociólogo Julio Aurelio para la campaña de Ítalo Luder habían detectado que el peronismo tenía un problema con el voto femenino. Las mujeres bonaerenses se inclinaban más por Raúl Alfonsín y, de acuerdo con esa reconstrucción, Luder ya conocía que el escenario electoral era desfavorable antes del cierre de campaña.
El resultado terminó confirmando aquella señal. En la elección del 30 de octubre de 1983, Alfonsín obtuvo el 51,7 por ciento de los votos contra el 40,1 por ciento de Luder. La reconstrucción publicada por Urgente24 sostiene que el peronismo perdió el padrón femenino bonaerense por más de seis puntos.
Hay, además, una segunda fuente que permite dimensionar que el problema ya estaba siendo observado dentro del peronismo. Un trabajo sobre aquella campaña recuperó que Luder ya manejaba información de que perdería y que los estudios de Julio Aurelio daban un resultado desfavorable.
El punto interesante no es afirmar que Milei es Luder ni que 2026/2027 es 1983. Son escenarios históricos completamente diferentes.
El punto es otro: el voto femenino puede constituir una variable electoral decisiva cuando una fuerza política tiene una brecha suficientemente grande entre hombres y mujeres.
En 1983, además, había una cuestión simbólica de enorme peso. Alfonsín logró presentarse ante una parte importante de la sociedad como la alternativa de la paz frente a la violencia. Alonso sostiene que el voto femenino estaba particularmente atravesado por el temor a la violencia y por la preocupación por los hijos.
La famosa quema del cajón radical por parte de Herminio Iglesias quedó luego convertida en una explicación casi automática de aquella derrota, pero la propia reconstrucción de aquella campaña relativiza su importancia: las encuestas ya mostraban antes que el peronismo estaba perdiendo.
La lección, por lo tanto, no es que una fotografía electoral determine inexorablemente una elección. Es que las encuestas pueden detectar con anticipación una fractura social que después aparece en las urnas.
La particularidad del fenómeno libertario es que su diferencial masculino no apareció ahora.
Página/12 recupera la explicación de Shila Vilker, directora de Trespuntozero, quien señala que la diferencia de género en el apoyo a Milei tiene antecedentes en 2021 y que se mantiene desde entonces. Según su interpretación, durante la pandemia los hombres —especialmente los jóvenes— procesaron de manera diferente el encierro y desarrollaron un rechazo mayor al gobierno anterior, lo que contribuyó posteriormente al crecimiento de Milei.
Hay allí un elemento generacional y cultural.
Milei construyó buena parte de su identidad política alrededor de conceptos como libertad individual, autosuficiencia, rechazo del Estado, confrontación con el feminismo, crítica de la denominada agenda woke y reivindicación de una masculinidad confrontativa.
Julieta Waisgold plantea en la nota de Página/12 que esa construcción identitaria puede funcionar como una herramienta simbólica para una parte del electorado masculino. No significa que todos los hombres que votan a Milei compartan esa identidad ni que todas las mujeres rechacen al Presidente por motivos de género. Pero ayuda a explicar por qué la brecha aparece de manera persistente.
Mora Jozami, directora de Casa3, aporta otro dato: el 43 por ciento de los hombres mira el futuro con esperanza, mientras que entre las mujeres ese sentimiento baja al 25 por ciento, con mayor presencia de bronca, desilusión y angustia.
Es decir: no estamos solamente frente a una diferencia de preferencias políticas. También aparece una diferencia en la manera de mirar el futuro.
Uno de los puntos más interesantes del análisis de Página/12 es que las especialistas consultadas no reducen la brecha a la llamada agenda de género.
Julieta Waisgold plantea una hipótesis diferente: la cuestión central sería la agenda de la crisis.
Las mujeres tienen, en términos generales, una mayor exposición cotidiana a determinadas consecuencias de las políticas públicas: administración de la economía doméstica, compras, precios, cuidado de los hijos, salud, educación y políticas sociales.
Por eso, la discusión sobre cuánto Estado debe existir no necesariamente aparece como una abstracción ideológica.
Puede aparecer en la vida cotidiana.
¿Qué pasa con una escuela? ¿Qué pasa con un hospital? ¿Qué pasa con una jubilación de un familiar? ¿Qué pasa con los precios? ¿Qué pasa con una prestación social? ¿Qué pasa con el empleo?
La crisis económica, desde esta perspectiva, puede tener una traducción política diferente según quién la experimente y desde dónde.
Y allí aparecen los datos de Pulsar UBA.
El estudio Creencias Sociales 2026 muestra que el 57 por ciento de los argentinos prefiere un Estado con un rol activo para reducir las diferencias económicas. El trabajo también encuentra prácticamente empatados a estatistas y privatistas: 48 contra 49 por ciento.
La propia nota de Página/12 profundiza el corte por género: según ese estudio, el 50 por ciento de las mujeres tiene un perfil estatista frente al 46,4 por ciento de los varones. Y el 60 por ciento de las mujeres prefiere un Estado activo para reducir desigualdades, contra 53,8 por ciento de los hombres.
Hay entonces una coincidencia entre dos fenómenos:
las mujeres valoran menos la gestión de Milei y, al mismo tiempo, presentan una mayor predisposición hacia un Estado activo que la que muestran los varones.
No es una explicación única, pero sí una combinación políticamente significativa.
Hay algo particularmente interesante en esta fotografía.
Milei no necesariamente necesita convencer a todos los hombres. Tiene allí un nivel de aprobación superior al que registra entre las mujeres.
Su problema puede estar en otro lugar: qué ocurre si esa brecha se transforma de manera estable en una brecha electoral.
Porque una elección presidencial no se gana solamente con el electorado más entusiasmado. También importa quiénes participan, quiénes cambian de posición, quiénes permanecen indiferentes y, sobre todo, qué grupo social termina inclinando la balanza en una elección competitiva.
Por eso sería apresurado decir hoy que “las mujeres harán perder a Milei”.
Pero también sería un error considerar que la diferencia entre hombres y mujeres es simplemente una curiosidad estadística.
Si el oficialismo mantiene durante un período prolongado una aprobación de 44 por ciento entre los hombres y de apenas 29 por ciento entre las mujeres, como registra Management & Fit, estamos frente a una fractura política de 15 puntos.
Y las fracturas electorales importantes rara vez son irrelevantes.
La historia de 1983 permite formular una pregunta más que ofrecer una respuesta.
Luder recibió información de que tenía un problema con las mujeres. Las encuestas de Julio Aurelio lo advertían. El resultado electoral confirmó que aquella distancia era real. Y el peronismo de entonces no consiguió revertirla.
Cuarenta y tres años después, las encuestas vuelven a mostrar una diferencia significativa entre hombres y mujeres, esta vez alrededor de un presidente que tiene precisamente en los varones uno de sus principales núcleos de respaldo.
La diferencia es que hoy Milei gobierna y Luder era candidato. El contexto económico, social, institucional y cultural tampoco es comparable.
Pero existe una similitud metodológica que merece atención: cuando un segmento social se distancia sistemáticamente de un proyecto político, el dato puede terminar siendo mucho más importante que una encuesta de imagen aislada.
La pregunta para Milei, entonces, no es solamente cuánto mide su aprobación general.
Es otra:
¿hasta dónde puede sostener un proyecto político cuyo apoyo está claramente más concentrado entre los hombres mientras las mujeres se alejan?
Y la pregunta para quienes quieran disputar electoralmente al oficialismo es todavía más compleja.
No alcanza con saber que las mujeres están más lejos de Milei. Habrá que saber por qué, qué esperan, qué las preocupa, qué propuesta las moviliza y, sobre todo, si esa distancia hacia el Gobierno se transforma efectivamente en una decisión electoral.
En 1983, el voto femenino ayudó a marcar una diferencia histórica.
Hoy las encuestas vuelven a encender una luz amarilla en el mismo lugar del tablero.
Todavía no dicen quién ganará.
Pero sí parecen estar diciendo algo que ningún oficialismo debería ignorar: cuando hombres y mujeres empiezan a mirar de manera muy diferente al mismo gobierno, la diferencia de género deja de ser una simple estadística y empieza a convertirse en una variable política.