
La pregunta empezó a circular en voz baja en los pasillos del poder y hoy ya se formula sin eufemismos: ¿está en condiciones la vicepresidenta Victoria Villarruel de enfrentar como candidata a Javier Milei en una elección nacional?
La tensión entre ambos dejó de ser un rumor. La reciente furia tuitera contra el ministro de Defensa Luis Petri —a quien el entorno de la vicepresidenta nunca terminó de digerir— reavivó una herida original: ese ministerio, dicen en su círculo, le había sido prometido a ella. Defensa no era solo un cargo; era territorio político propio, identidad y construcción simbólica. La designación de Petri fue leída como una desconfianza temprana y una poda de poder.
¿Tiene volumen propio?
Villarruel cuenta con tres activos claros:
Sin embargo, el interrogante central es si ese capital alcanza para romper con Milei sin autolesionarse. El electorado libertario tiene un componente personalista fuerte: votó a Milei antes que a una estructura. Si Villarruel compite, ¿puede retener una porción significativa de esos votos o solo fragmentaría el espacio?
El dilema del peronismo de centro
Una hipótesis que circula en despachos políticos es la posibilidad de un entendimiento táctico con un peronismo más pragmático, desencantado tanto del kirchnerismo duro como del mileísmo económico. ¿Podría Villarruel convertirse en una opción de orden conservador con sensibilidad federal?
El problema es doble:
Ahí radica su paradoja: para crecer necesita ampliar, pero para ampliar debería moderar posiciones que constituyen su identidad política.
El frente progresista: techo electoral
Su posición respecto a la última dictadura militar es, sin dudas, el principal obstáculo para pescar votos en sectores progresistas o de centroizquierda. Más allá de matices discursivos, su figura está asociada a una mirada crítica del consenso de derechos humanos construido desde 1983.
En un escenario electoral polarizado, es difícil imaginar que esos sectores migren hacia ella. Incluso votantes críticos de Milei podrían optar por alternativas más moderadas antes que respaldar a la vicepresidenta.
¿Proyecto propio o factor de presión?
Hay otra lectura más pragmática: que la sola insinuación de candidatura funcione como mecanismo de presión interna. En política, la amenaza de ruptura suele ser más útil que la ruptura misma. Competir contra Milei implicaría asumir el riesgo de quedar tercera, debilitando a ambos y abriendo la puerta a un peronismo reconfigurado.
Además, si Villarruel compite y no logra expandirse más allá del núcleo libertario duro, el efecto sería claro: dividiría el voto oficialista sin capturar nuevos segmentos.
Escenarios posibles
Hoy, más que una candidata competitiva frente a Milei, Villarruel parece una dirigente con capacidad de condicionar. Su desafío es estructural: para crecer necesita salir del electorado mileísta; pero al hacerlo corre el riesgo de perder la única base sólida que posee.
La pregunta entonces no es solo si puede enfrentarlo, sino si le conviene. Porque en política, a veces disputar no es sinónimo de ganar, sino de debilitar al adversario… y a uno mismo.
Y en ese juego, el beneficiario podría no ser ninguno de los dos.