
Los llama Néstor y Cristina, nunca dijo mi mamá y mi papá, como si le fuesen ajenos, quizás le daría vergüenza decir si no fuera por ellos, no tendría la menor relevancia política, que es un tipo que entró a la política como príncipe heredero, que dio su primer discurso público 10 años después de empezara la experiencia kirchnerista en 2003. Antes había fundado la Cámpora, la conducía supuestamente en las sombras, pero formalmente su secretario general era el hoy axelista, el cuervo Larroque. Tampoco en sus primeros 38 años de vida se le conocieron trabajos conocidos, no pudo terminar ni abogacía ni periodismo, pero así y todo con la muerte de su padre heredó una fortuna.
Ya con 39 recién cumplidos arrancó su primer mandato como diputado nacional, en este caso como primero de la lista por la provincia donde se crio, Santa Cruz. Fue durante el gobierno de Mauricio Macri, al que su organización casi que ayudó a ganar, para volver mejores en 2019, de la mano de Cristina, es decir de su mamá. Pero a la señora no le dio para encabezar la fórmula y fue detrás de Alberto Fernández, Máximo metió su segunda “chamba” como diputado por su natal PBA. Como no podía ser de otra manera, encabezó la lista.
En 2021, en plena pandemia, se le ocurrió que tenía que presidir el famoso peronismo bonaerense e impugnó a cuanto opositor intentara proponer lista, con el intendente de Esteban Etcheverría, Fernando Gray, como estandarte de los que se le oponían. Pero al igual que a la madre, a la competencia interna, le rehúyen, prefieren el dedo que todo lo digita y la mano que tiene la lapicera.
El cristinismo atraviesa una paradoja que empieza a incomodar incluso dentro del propio peronismo. Mientras desde algunos sectores cercanos a Máximo Kirchner se acusa a gobernadores, intendentes y dirigentes históricos de “no defender lo suficiente” a Cristina Fernández de Kirchner o de no militar con énfasis la consigna de su liberación política y judicial, aparece una pregunta inevitable: ¿por qué el propio Máximo no se anima a encabezar una candidatura fuerte y competir en una interna abierta dentro del peronismo?
Porque si el kirchnerismo cree representar la mayoría real del movimiento, debería demostrarlo en las urnas y no solamente en actos cerrados, documentos partidarios o redes sociales. El peronismo, históricamente, fue un movimiento de conducción, sí, pero también de legitimidad popular. Perón no heredó el liderazgo: lo construyó enfrentando adversidades y validándose ante las masas. Néstor Kirchner tampoco llegó por herencia automática; llegó después de recorrer el país, disputar poder y asumir costos políticos.
En cambio, el cristinismo parece moverse muchas veces en una lógica distinta: exigir alineamiento total sin aceptar el riesgo de competir. Y ahí aparece el problema de fondo. Porque reclamar obediencia no es lo mismo que construir mayoría.
Las declaraciones de Teresa García sobre que Cristina “tiene que poner su Cámpora” vuelven a abrir una discusión incómoda para el peronismo tradicional. ¿Qué significa exactamente “poner su Cámpora”? ¿Reemplazar la construcción territorial histórica del PJ por una organización cerrada, ideologizada y verticalista? ¿Convertir al movimiento nacional en una estructura subordinada a una agrupación?
La referencia, además, no es inocente. Porque la experiencia histórica de Héctor José Cámpora dista muchísimo de ser un modelo exitoso para el peronismo ortodoxo. Su breve gobierno terminó siendo, para amplios sectores del movimiento, un símbolo de improvisación, debilidad política y pérdida de autoridad estatal.
La amnistía masiva firmada en 1973, en un contexto extremadamente delicado, generó un nivel de violencia y descontrol que terminó agravando la interna peronista y el caos político argentino. A eso se sumaron las tomas permanentes de fábricas, universidades y edificios públicos, muchas veces toleradas o incluso celebradas por sectores juveniles cercanos al camporismo de aquella época. El propio Juan Domingo Perón terminó profundamente decepcionado por aquel experimento. Dirigentes históricos del justicialismo recuerdan hasta hoy que Perón veía cómo el gobierno perdía control político mientras él todavía estaba intentando reorganizar el país desde su regreso definitivo.
Para el peronismo clásico, el orden nunca fue una mala palabra. Perón hablaba de comunidad organizada, no de asambleísmo permanente. El movimiento obrero construyó poder sobre disciplina, producción y representación sindical, no sobre consignas universitarias ni épicas testimoniales.
Por eso, cuando desde algunos sectores del cristinismo se intenta instalar que quien no repite determinadas consignas queda automáticamente fuera del “verdadero peronismo”, aparece un choque cultural profundo dentro del movimiento. Hay gobernadores, intendentes y sindicalistas que pueden defender a Cristina políticamente y cuestionar causas judiciales, pero que al mismo tiempo no están dispuestos a convertir al PJ en una fuerza monotemática centrada únicamente en la épica de persecución.
Y además hay otro dato imposible de ignorar: las candidaturas “a dedo” del kirchnerismo en los últimos años rara vez dieron buenos resultados. Desde fórmulas improvisadas hasta dirigentes sin volumen político propio, muchas decisiones terminaron debilitando electoralmente al peronismo. La lógica de la lapicera absoluta fue reduciendo márgenes de discusión interna y expulsando sectores históricos del movimiento.
El problema es que el peronismo siempre fue más grande que una agrupación. Más complejo que una facción juvenil. Más diverso que una identidad cerrada de clase media militante. Cuando el movimiento se encerró sobre sí mismo, perdió conexión con amplios sectores populares, trabajadores privados, comerciantes, profesionales e incluso con parte importante de su base histórica del conurbano.
Entonces vuelve la pregunta central: si el cristinismo cree tener mayoría real, ¿por qué no compite? ¿Por qué no acepta una gran interna peronista donde cada sector presente sus candidatos, sus ideas y su estrategia? ¿Por qué la legitimidad debería venir únicamente de la cercanía con Cristina y no del voto peronista?
Tal vez porque existe el temor de descubrir que el liderazgo simbólico de Cristina sigue siendo muy fuerte, pero que eso no necesariamente se traduce automáticamente en obediencia política total hacia La Cámpora o hacia la conducción de Máximo Kirchner.
El desafío que tiene hoy el peronismo no es solamente resistir a Javier Milei. También necesita resolver cómo reconstruir una conducción competitiva, amplia y legítima. Y eso difícilmente ocurra evitando las internas, clausurando debates o reduciendo la discusión política a pruebas de lealtad.
La gran incógnita hacia adelante es si el cristinismo realmente se animará a competir en igualdad de condiciones dentro del PJ o si seguirá intentando conservar centralidad política sin someterse al examen más elemental de la política democrática: contar votos propios dentro del movimiento que dice conducir.