Pitu Salvatierra: del relato de la marginalidad a la trampa del sectarismo político

Pitu Salvatierra: del relato de la marginalidad a la trampa del sectarismo político

Pitu Salvatierra: del relato de la marginalidad a la trampa del sectarismo político
Por: Pablo López


La figura de “Pitu” Salvatierra sintetiza, en muchos aspectos, una de las tensiones más profundas que atraviesan hoy al peronismo: la disputa entre una identidad amplia, nacional y popular, y una construcción política cada vez más encapsulada en los márgenes sociales y discursivos.

Salvatierra se hizo conocido públicamente a partir de su participación en tomas de tierras y conflictos urbanos vinculados a sectores vulnerables del sur de la Ciudad de Buenos Aires. Su historia personal —marcada por un pasado delictivo que él mismo ha reconocido— fue resignificada en clave de “redención”, una narrativa que en determinados círculos militantes se convirtió en un símbolo de superación. Sin embargo, ese mismo relato, que podría haber servido como puente hacia una política de integración, terminó siendo utilizado como ancla de una identidad cerrada, casi excluyente.

El problema no es su pasado, sino el uso político de ese pasado. Salvatierra, ya es un dirigente del espacio peronista, no es más el marginal simpático, construyó su legitimidad hablando casi exclusivamente hacia adentro: hacia los habitantes de villas y asentamientos, hacia los sectores más postergados, hacia una militancia que encuentra en la marginalidad una identidad política. En ese gesto, dejó de interpelar al conjunto de la sociedad.

Ahí radica el núcleo del problema. Cuando el discurso político se vuelve sectario, cuando se le habla solo a una fracción —por más necesitada que sea— se rompe el contrato básico del peronismo: representar a la comunidad organizada en su totalidad. El resultado es una estigmatización creciente. El peronismo, que históricamente fue el partido del trabajo, de la movilidad social ascendente, del obrero industrial pero también del empleado administrativo, del técnico, del profesional, empieza a ser percibido como el partido exclusivo de los pobres… y, peor aún, de los márgenes.

Ese corrimiento no es inocuo. Tiene consecuencias electorales, culturales y simbólicas. Porque el trabajador formal —el que se levanta todos los días, el que usa uniforme o saco y corbata, el que paga impuestos— deja de sentirse representado. Y cuando ese sujeto se aleja, el peronismo pierde su columna vertebral histórica.

Como ya señalamos al analizar el Primero de Mayo y el Peronismo en una anterior columna, cuando Perón echó de la Plaza a quienes pretendían subvertir el sentido del movimiento, el problema no era la juventud ni la militancia, sino la distorsión de valores. Hoy ocurre algo similar: se invierte la lógica. En lugar de reivindicar el trabajo como ordenador social, se romantiza la marginalidad. En lugar de integrar, se fragmenta.

Salvatierra, en ese marco, se convierte en un emergente de época. Un dirigente que no construye puentes, sino que profundiza grietas dentro del propio campo popular.

A esto se suma su alineamiento discursivo con el cristinismo más cerrado. Su insistencia en que la libertad de Cristina Fernández de Kirchner traerá prosperidad económica roza lo dogmático. No solo porque se trata de una simplificación extrema de la realidad, sino porque contradice hechos recientes: hasta hace menos de un año, Cristina estaba en libertad, con plena capacidad de intervención política, y el resultado fue una derrota electoral contundente a nivel nacional.

Más aún: en la provincia de Buenos Aires, donde su influencia directa fue menor y no hubo una campaña centrada en su figura, el peronismo logró mejores resultados. Ese dato, incómodo para algunos, debería ser objeto de reflexión. Sin embargo, dirigentes como Salvatierra prefieren reforzar un relato épico que no dialoga con la realidad.

El riesgo de esa postura es claro: convertir al peronismo en una fuerza testimonial, encerrada en su propio universo simbólico, incapaz de volver a enamorar a las mayorías.

El peronismo ortodoxo —el de Perón, el de la comunidad organizada, el de la movilidad social— nunca fue un movimiento de clase en sentido restrictivo. Fue, por definición, un movimiento de síntesis. Integró al obrero y al empresario nacional, al trabajador manual y al profesional, al que vivía en el barrio humilde y al que aspiraba a progresar.

Reducirlo a una identidad villera, marginal o puramente asistencialista no solo es un error estratégico: es una traición a su esencia.

La política no puede construirse desde el resentimiento ni desde la fragmentación. Y mucho menos desde un discurso que, en nombre de los más humildes, termina aislándolos del resto de la sociedad.

Si el peronismo quiere volver a ser mayoría, necesita recuperar su vocación universal. Hablarle a todos. Representar a todos. Volver a poner en el centro al trabajo, al esfuerzo, a la dignidad.

Porque cuando un movimiento deja de ser puente y se convierte en trinchera, deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en un problema más.

 

Publicado el: 2026-05-06