
Mientras Peron gobernó el país entre 1946 y 1955, a partir de 1947 todos los 1° de mayo se festejó el día nacional del trabajo y fue una de las fechas emblemas de movilización de masas de su gobierno junto con el 17 de octubre. Además se elegía a la reina del trabajo y la corona era entregada por Eva Perón, esa actividad hoy estaría cancelada por las que se autoperciben peronistas y además pegan su sticker en el termo del mate.
La participación de los asalariados en el ingreso nacional subió del 40.1% en 1946 al 49% en 1949. Los trabajadores pasaron a ser el sujeto de representación del nuevo gobierno, el mismo Perón decía que hay una sola clase de hombre, los que trabajan. Y cuando decía eso también se refería a los comerciantes, a los empresarios, grandes o chicos, todos eran parte de un sistema que trataba de armonizar capital y trabajo, bajo un esquema de comunidad organizada. El peronismo nunca concibió el sistema como una lucha de clases sociales, no negaba la existencia de que hubiera desfavorecidos, por eso desde el estado garantizaba educación pública de calidad en todos los niveles para que las personas pudieron desarrollarse y poder igualar hacia arriba. También estableció la gratuidad de las universidades en el mismo sentido. Estableció vacaciones pagas, mejores descansos y los sindicatos tuvieron un rol destacado para que haya turismo social y millares de laburantes pudieran veranear en lugares que antes tenían vedados.
1° de mayo: cuando el peronismo volvió a marcar la cancha
Tras 18 de años de exilio a fines de septiembre de 1973 el general Perón había vuelto a la presidencia. Su movimiento tenía tensiones por izquierda y por derecha, los ortodoxos e históricos se mezclaban con la juventud que era masiva y venía con otra impronta. Incluso había un elemento nuevo, las guerrillas que se declaraban peronistas pero no hablaban de justicialismo, declamaban el socialismo nacional y desafiaban la autoridad del jefe.
El 1° de mayo de 1974 no fue un acto más en la historia del peronismo. Fue, quizás, uno de los momentos más claros en los que el movimiento, conducido por Juan Domingo Perón, definió sin ambigüedades quiénes eran los propios y quiénes los infiltrados. Ese día, desde el balcón de la Casa Rosada, Perón no solo habló: ordenó, delimitó y expulsó políticamente a quienes pretendían desviar al movimiento hacia una lógica ajena a su doctrina.
La presencia de Montoneros en la Plaza no era inocente ni espontánea. Era la expresión de una estrategia de colonización ideológica que buscaba convertir al peronismo en un vehículo de la izquierda revolucionaria. Pero Perón, con la claridad de quien entendía el poder y la conducción, no dudó: los señaló como “imberbes” y los expulsó simbólicamente de la Plaza. Ese acto fue, en esencia, la defensa del peronismo como un movimiento nacional, popular y profundamente vinculado al mundo del trabajo, no a las vanguardias iluminadas ni a las teorías importadas.
Décadas después, ya entrado el siglo XXI, sería mezquino no reconocer que durante los gobiernos iniciados en 2003 hubo avances concretos en materia de ingresos y recuperación del salario real. Muchos trabajadores volvieron a sentirse parte de un proyecto político que los incluía. Sin embargo, junto a esos avances, se incubó un proceso más silencioso pero igual de profundo: el desplazamiento del sujeto central del peronismo.
Donde antes estaba el trabajador organizado, con derechos, sindicato y movilidad social ascendente, comenzó a instalarse otra figura: el beneficiario de planes sociales, el trabajador informal, el excluido estructural. La irrupción de movimientos sociales con una fuerte impronta ideológica de izquierda consolidó ese cambio. Organizaciones nucleadas luego en la UTEP, con referentes como Juan Grabois y espacios como Patria Grande, comenzaron a disputar el sentido mismo del peronismo. En este último caso, el de Grabois, es aún peor porque enfrentó a los gobiernos peronistas entre 2003-2015 y después de criticar a Cristina Kirchner mientras fue presidenta, de repente un halo de luz y magia le hicieron entender que era una gran dirigente y podía sentarse en su mesa y en la del peronismo a bajar línea.
El problema no es la asistencia en sí, ni la necesidad de contener a los sectores más vulnerables. El problema es cuando esa asistencia se convierte en identidad permanente. Cuando el cartón reemplaza al convenio colectivo. Cuando la villa deja de ser una emergencia a resolver para transformarse en una cultura a administrar. Cuando el discurso deja de hablar de movilidad social y empieza a romantizar la pobreza.
Ahí es donde el peronismo empieza a perder su eje.
A esto se suma otro error conceptual grave: el intento de enfrentar a los propios trabajadores entre sí. El discurso que señala a quienes ganan mejores salarios como “privilegiados”, justificando impuestos como Ganancias sobre el trabajo, rompe con un principio básico del peronismo: el salario no es ganancia, es dignidad. Esa narrativa, más cercana a la lucha de clases clásica que a la comunidad organizada, termina alejando al trabajador formal del movimiento que históricamente lo representó.
Lo que ocurrió en los últimos años es, en muchos sentidos, una reedición —con otras formas— de aquella tensión de los 70. Ya no con fusiles ni consignas revolucionarias, pero sí con una disputa cultural y política por el alma del peronismo. Una disputa entre el peronismo del trabajo y el peronismo del pobrismo.
Y en esa disputa, el silencio de muchos dirigentes fue cómplice. Faltó una voz clara desde el gobierno que vuelva a poner en el centro la cultura del trabajo, el esfuerzo, la producción y la movilidad social ascendente. Faltó conducción.
Por eso, recordar el 1° de mayo de 1974 no es un ejercicio nostálgico. Es una advertencia.
Hoy, en un nuevo Día del Trabajador, el homenaje no puede ser solo declamativo. Es para esos hombres y mujeres que todos los días se levantan temprano, que sostienen sus familias, que creen —a pesar de todo— en un país mejor. Esos trabajadores que no cortan calles ni buscan privilegios, sino oportunidades. Que no quieren subsidios eternos, sino progreso.
Son ellos los que construyen la Argentina real.
Y, sin embargo, hace demasiado tiempo que ningún gobierno los pone verdaderamente en el centro de sus decisiones.