
En una entrevista de hace unos años, Javier Milei dejó una de esas frases que buscan instalar un relato más allá de la coyuntura. Visiblemente emocionado, afirmó: “Vos sabés que Moisés era un gran líder, pero no era bueno divulgando. Entonces Dios le mandó a Aarón para que divulgue. Bueno, Kari es Moisés y yo soy el que divulga. Soy sólo un divulgador”.
La comparación no es casual. En la construcción simbólica del poder, Milei intenta correrse del lugar clásico del dirigente político para ubicarse en un rol casi místico: el del intérprete, el comunicador de una verdad superior. En su relato, Karina Milei —“Kari”— aparece como esa figura central, casi fundacional, mientras él se posiciona como el vehículo que traduce y expande ese mensaje.
Sin ánimo de caer en herejías, pero sí en el terreno del análisis político, la analogía abre una puerta interesante. Porque si en su propia narrativa Milei se ubica como divulgador de una verdad, la historia —y también la política— suele mostrar que los “portadores del mensaje” terminan enfrentando el juicio más duro de la sociedad.
En ese sentido, aunque católico el, ahora está más cerca del judaísmo sionista, la figura de Jesús aparece como un espejo incómodo. Un líder que, más allá de su dimensión espiritual, fue elevado por sus seguidores y luego condenado por una sociedad que primero lo escuchó y después lo rechazó. Hoy, el gobierno de Milei atraviesa una dinámica que, salvando todas las distancias, muestra un desgaste acelerado: expectativas altísimas en el inicio y una frustración creciente en amplios sectores.
Las encuestas —muchas de ellas reservadas— empiezan a dibujar ese escenario. Según datos que circulan en ámbitos políticos y consultoras, la imagen del presidente estaría perforando el 30% de apoyo, mientras el rechazo roza niveles cercanos al 70%. Lo más relevante no es sólo la caída, sino el dato político de fondo: ese descontento no migra automáticamente hacia el peronismo, sino que alimenta un espacio vacante, un “tercio flotante” que busca algo distinto.
Y es ahí donde entra en escena Patricia Bullrich. Con una trayectoria zigzagueante —desde su paso por el peronismo revolucionario de los ’70, más precisamente en los terroristas de izquierda infiltrados en el movimiento popular como fueron los Montoneros, hasta su actual posicionamiento en la derecha dura—, Bullrich encarna como pocos esa capacidad de adaptación al clima de época. Para algunos, pragmatismo; para otros, pura supervivencia política.
En clave bíblica, podría pensarse en la figura de Judas Iscariote: el discípulo que termina ejecutando la traición decisiva. No se trata de una acusación literal, sino de una lectura política posible. Bullrich ya ha comenzado a tomar distancia de algunas decisiones del gobierno, midiendo cada paso y preservando su capital propio. Su rol en el Senado y su peso político la convierten en una pieza capaz de redefinir el tablero si el experimento libertario pierde consistencia, que sea legisladora la puede poner en la puerta opositora cuando lo crea conveniente.
La política argentina tiene una lógica implacable: el poder no se comparte, se disputa. Y cuando un liderazgo empieza a debilitarse, los aliados más cercanos suelen ser los primeros en recalcular.
Así, Milei —el “divulgador”— podría enfrentarse a un escenario donde el mensaje ya no alcanza para sostener la fe. Y en ese contexto, la historia enseña que las traiciones no suelen venir de los enemigos, sino de los propios.
El interrogante no es si eso ocurrirá, sino cuándo. Y sobre todo, si la sociedad argentina volverá a buscar salvadores o empezará, finalmente, a exigir resultados.