No es Milei, es el modelo

No es Milei, es el modelo

No es Milei, es el modelo
Por: Pablo López


Hay algo que empieza a quedar cada vez más claro en el debate político argentino: el problema no es solamente Javier Milei. El verdadero debate es qué modelo de país se está construyendo y, sobre todo, qué sectores están interesados en que ese modelo continúe más allá de quién ocupe el sillón de Rivadavia.

La discusión sobre el Presidente, su estilo, sus exabruptos, sus ausencias, sus enfrentamientos y hasta sobre su eventual estabilidad emocional puede resultar atractiva. Pero también puede funcionar como una enorme cortina de humo.

Porque si mañana apareciera un presidente más moderado, más prolijo, con mejores modales, un discurso institucional y una relación más razonable con el Congreso y los gobernadores, ¿el modelo dejaría de ser el mismo?

La respuesta parece bastante evidente: no.

La agenda que el Gobierno intenta llevar adelante sigue allí. La reforma del Estado, la reducción del gasto público, la apertura económica, las privatizaciones, la transformación del sistema previsional y laboral, la desregulación y una determinada concepción del rol del Estado no dependen exclusivamente del carácter de Milei.

De hecho, la agenda legislativa que ocupa hoy al Gobierno muestra que el proceso continúa: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, modificaciones fiscales y nuevas iniciativas económicas forman parte de una hoja de ruta que busca consolidar cambios estructurales.

Por eso resulta interesante observar la línea editorial de buena parte de los grandes medios durante estas horas.

El foco está puesto en la vuelta de Milei a la Casa Rosada después de semanas de escasa presencia, en su relación con sus funcionarios, en sus conflictos políticos, en la interna libertaria, en la situación del peronismo y en las dificultades del oficialismo para conseguir votos en el Congreso.

Todo eso es relevante. Pero existe otra pregunta, bastante más incómoda:

¿Qué pasa si el problema no es Milei, sino el modelo que Milei encarna?

Porque alrededor de esta pregunta aparece una hipótesis que empieza a circular en determinados sectores del poder: quizás el problema no sea la dirección del proceso, sino la forma en que se lo está llevando adelante.

Y ahí aparecen quienes parecen entusiasmarse con la idea de un presidente declarado insano, políticamente agotado o incapaz de continuar conduciendo el proceso.

No necesariamente para cambiar el rumbo.

Todo lo contrario.

Para salvarlo.

Hay quienes sueñan con un Duhalde.

Un dirigente capaz de hacer aquello que Milei no puede hacer: ponerle una dosis de institucionalidad, negociación y pragmatismo a un programa que, en sus aspectos más profundos, no necesariamente cambiaría.

Un Duhalde que termine de hacer el trabajo sucio.

Que ordene.

Que negocie.

Que dialogue con gobernadores, empresarios, sindicatos y oposición.

Que baje el volumen de la confrontación.

Que convierta la motosierra en bisturí.

Que le dé una apariencia de cordura a un modelo que, para muchos argentinos, resulta sencillamente demente.

La hipótesis es inquietante porque supone separar al mensajero del mensaje.

Milei podría convertirse así en una suerte de fusible político: si la sociedad rechaza sus formas, se cambia al Presidente; si rechaza sus excesos, se reemplaza al estilo; si cuestiona su personalidad, se busca una figura más razonable.

Pero el modelo permanece.

Y ese es precisamente el punto que debería ocupar el centro de la discusión.

Porque mientras la política discute quién puede suceder a Milei, quién puede contenerlo, quién puede domesticarlo o quién puede convertirse en el próximo presidente, el programa económico y social sigue avanzando.

Los grandes medios parecen registrar esa tensión. Algunos ponen el acento en la recuperación de la actividad presidencial; otros en la capacidad del Gobierno para conseguir acuerdos parlamentarios; otros en la debilidad del peronismo como principal alternativa. La propia agenda informativa de este lunes combina la situación política de Milei con el avance de sus proyectos económicos y con la crisis de representación de la oposición.

Y allí aparece una paradoja.

Mientras buena parte de la discusión pública gira alrededor de si Milei está en condiciones de seguir siendo Milei, el poder real puede estar discutiendo algo mucho más importante: cómo garantizar que el proceso iniciado por Milei no se detenga aunque Milei deje de ser útil para conducirlo.

Porque un modelo económico no necesita necesariamente al mismo presidente para sobrevivir.

Puede necesitar otro.

Uno más previsible.

Más institucional.

Más amable.

Más negociador.

Incluso alguien que pueda presentarse ante la sociedad como la antítesis de Milei.

Ese sería el verdadero cambio de época: no reemplazar el modelo, sino cambiar al administrador del modelo.

Y quizás por eso resulta tan importante no caer en la trampa de reducir todo a la personalidad presidencial.

Milei puede ser estridente, imprevisible, agresivo y políticamente incómodo. Pero también puede ser, precisamente por esas características, funcional a una transformación mucho más profunda.

El día que deje de ser funcional, siempre puede aparecer alguien dispuesto a continuar el trabajo con mejores modales.

Ahí está el verdadero debate que debería darse la Argentina.

No si Milei está loco.

No si Milei está agotado.

No si Milei puede terminar su mandato.

No siquiera si existe un reemplazo posible.

La pregunta es otra:

¿Qué modelo de país quieren dejar en pie quienes ya están pensando en la Argentina posterior a Milei?

Porque quizás el próximo presidente no venga a terminar con el modelo.

Quizás venga a terminarlo.

Publicado el: 2026-08-24