Muerte al cheto

Muerte al cheto

Muerte al cheto
Por: Pablo López


Primero el hecho. Después, si sobra paciencia, la teoría.

 

Viernes. Salgo de la estación Rivadavia, en Núñez. El Mitre deja su carga de oficinistas en la frontera exacta donde la Ciudad empieza a parecerse a sí misma y la General Paz recuerda que existe el resto del país. Camino hacia Libertador. Cincuenta metros. No más.

En la vereda hay un pibe tirado. Quince años, a lo sumo. Llora y sangra, en ese orden o al revés. Lo acaban de robar. Le pegaron de atrás, cuenta. Y siguieron pegándole en el piso, mientras le sacaban lo que tenía. Le gritaban una consigna: muerte al cheto.

El pibe tarda en reponerse. Cuando puede, se levanta y se va caminando. Vive cerca. Cuadras. No hay patrullero ni denuncia. Hay un chico que vuelve a su casa con la cara rota y una lección de sociología aplicada que ningún colegio le iba a dar.

Ahora, la teoría.

La tormenta y el decorado

El Primo gobierna la Ciudad con la estética del operativo. En mayo lanzó la Tormenta Negra: más de 1.500 policías coparon 15 villas en un golpe simultáneo, con drones y cámaras. Después vino la secuela, porque en la Argentina todo éxito de taquilla tiene segunda parte. Tormenta Negra 2 movilizó otros 1.500 efectivos en 15 barrios populares, con 17 detenciones y 200 vehículos secuestrados.

Diecisiete detenidos. Mil quinientos uniformados. La aritmética es cruel: casi noventa policías por cada esposado. No es seguridad. Es escenografía.

El Primo lo explicó sin pudor. Dijo que el éxito de Tormenta Negra no fue un hecho aislado sino una política que van a sostener. Y agregó la frase para el bronce de la casta porteña: "acá se viene a trabajar, a invertir y a estudiar". Lindo. El pibe de Núñez venía, precisamente, de estudiar.

Después llegó el Operativo Muro: más de 70 puntos de control simultáneo en los accesos desde el conurbano. El muro como metáfora y como proyecto. Desde La Plata, el ministro Javier Alonso ironizó que un abordaje serio de la seguridad es más útil que proyectar muros, y sugirió que lo que se mueve es la codicia por la obra pública. Pelea de vecinos. Mientras discuten la medianera, al chico lo pateaban en la vereda.

Los números que el Primo no recita

El Gobierno porteño tiene su relato estadístico, y lo vende bien. Anunció para 2025 una caída del delito cercana al 30% interanual. Puede ser. Los homicidios bajan, eso es cierto y hay que decirlo. Pero el porteño de a pie no se muere: lo roban.

Y ahí el relato se desarma. Según datos oficiales, la Ciudad encabeza el ranking nacional con 2.267 robos cada 100 mil habitantes. Le siguen Córdoba y Mendoza. La provincia de Buenos Aires quedó 13ª, con 706. Más de tres veces el conurbano al que se le quiere levantar un muro. Hay ironías que no necesitan columnista.

La propia estadística porteña confirma una tasa de homicidios que no se veía en tres décadas, pero también expone un aumento de los robos de motochorros. Y falta lo que nadie cuenta: en la mayoría de los delitos hay un enorme subregistro, y sólo los homicidios son una cifra confiable. El pibe de Núñez no va a figurar en ninguna planilla. No denunció. Se fue caminando. Para el Mapa del Delito, ese viernes no pasó nada.

El grito

Lo más grave no fue el robo. Fue la consigna.

Muerte al cheto no es un grito de ladrón. El ladrón profesional roba en silencio, no pierde tiempo pateando a nadie en el piso. Esto fue otra cosa: robo con resentimiento ideológico. La violencia como ajuste de cuentas de clase, ejecutado sobre un adolescente que no tiene la culpa de nada.

Ahí está el fracaso. Años de motosierra, de pibes sin laburo y sin escuela que les sirva, de barrios que el Estado sólo pisa con mil quinientos cascos y un dron, producen esto. Un odio que ya no distingue. Que encuentra un pibe de quince años con zapatillas y lo convierte en enemigo.

La Tormenta Negra entra a la villa a mostrar autoridad, y sale. El resentimiento se queda. Y un viernes cualquiera camina cincuenta metros desde una estación del Mitre y encuentra en quién descargarse.

El Primo promete muros. Pero el muro ya existe. Está adentro, en la cabeza de unos pibes que gritan muerte al cheto, y de otros que van a crecer gritando muerte al negro. Esa grieta no la tapa ningún operativo. La tapan el trabajo, la escuela y un Estado que no aparezca sólo para la foto.

Por ahora, el operativo que funciona es otro. Se llama volver caminando a casa. Y rezar.

Publicado el: 2026-10-30