Milei y Fantino: filosofía barata para justificar el desastre

Milei y Fantino: filosofía barata para justificar el desastre

Milei y Fantino: filosofía barata para justificar el desastre
Por: Pablo López


El Presidente encontró en sus charlas nocturnas con Alejandro Fantino una nueva fuente de inspiración para explicar el capitalismo como un mandato divino. Del “paraíso” prometido por la revolución libertaria a la Argentina donde cada vez más trabajadores necesitan dos empleos para llegar a fin de mes, el relato empieza a parecerse demasiado a una justificación de la precariedad.

Hay algo profundamente revelador en que Javier Milei haya elegido una escuela secundaria para contarles a adolescentes que mantiene conversaciones filosóficas de madrugada con Alejandro Fantino.

No porque un conductor de televisión no pueda estudiar filosofía. Por supuesto que puede. Fantino es licenciado en Filosofía y en 2024 afirmaba que estaba transitando un doctorado en esa disciplina. Lo llamativo es que el Presidente lo presente directamente como “doctor en filosofía” y como una suerte de interlocutor intelectual privilegiado con quien discute los grandes problemas de la humanidad.

La escena tiene algo de comedia involuntaria: Milei, que también suele ser presentado como “doctor” pese a que su título es un Doctorado Honoris Causa otorgado por ESEADE y no un doctorado académico obtenido mediante una investigación doctoral, reivindicando a otro “doctor” cuya situación académica tampoco parece ser la que el Presidente pretende transmitir.

Pero detrás de la anécdota hay algo bastante más serio.

Porque en la ORT Milei no habló simplemente de economía. Intentó construir una explicación moral, religiosa y casi metafísica del capitalismo. Dijo que el capitalismo sería el sistema que Dios preparó a través de la ley, habló de los Diez Mandamientos, de la caída del hombre y de la posibilidad de traer una suerte de paraíso a la Tierra mediante la prosperidad.

Ya no alcanza con decir que Milei es un economista liberal, un libertario o un admirador de la Escuela Austríaca.

Hay algo más.

Hay un delirio místico alrededor de su propia concepción del capitalismo.

Y ese es el problema.

Porque cuando una política económica deja de ser discutida como una herramienta que puede funcionar mejor o peor y pasa a ser presentada como parte de un orden moral dispuesto por Dios, la discusión democrática se vuelve mucho más difícil.

¿Cómo se debate contra quien cree que su programa económico no es solamente una elección política sino la expresión de un orden superior?

 

Del paraíso al pluriempleo

 

Hay además una contradicción que resulta imposible no señalar.

Durante la campaña, el discurso libertario prometía una Argentina que iba a recuperar la prosperidad, atraer inversiones, generar empleo de calidad y permitir que los argentinos vivieran mejor.

Se hablaba de convertirnos en Alemania, Irlanda, Estados Unidos.

Hoy empieza a aparecer otro relato: el de que tener dos trabajos no debería ser un problema.

Fantino se convirtió en uno de los principales propagandistas de esa idea. En medio de la polémica por sus dichos sobre la crisis laboral de los actores, llegó a plantear que no habría nada extraño en que una persona con una profesión tenga además otro empleo, y el ejemplo del médico que complementa sus ingresos con trabajos como mozo o conductor de una aplicación terminó instalándose como símbolo de esta nueva pedagogía de la precariedad.

La discusión no debería ser si manejar un Uber es un trabajo digno. Naturalmente que lo es.

El problema es otro.

¿En qué momento dejamos de discutir cómo hacer para que un médico pueda vivir dignamente de su profesión y empezamos a explicarle que está bien que tenga que manejar un Uber para completar el sueldo?

Ahí está el cambio de paradigma.

Antes se discutía cómo generar una economía capaz de ofrecer movilidad social ascendente.

Ahora se intenta convencer al trabajador de que la movilidad social consiste en sumar horas de trabajo.

No es lo mismo.

 

La Argentina que soñaba con Europa y la Argentina que mira a Perú

 

El problema se vuelve todavía más evidente cuando aparece el ejemplo peruano.

En agosto de 2025, durante un streaming de Neura conducido por Fantino, el entonces presidente del Banco Central, Santiago Bausili, elogió a Perú junto con Paraguay y Uruguay como ejemplos de países que habían conseguido ordenar su macroeconomía. Pero en la misma conversación destacó como dato relevante que Perú tenía alrededor del 70% del mercado laboral en la informalidad.

La escena resulta casi perfecta para entender hacia dónde se mueve el relato.

Primero nos prometieron parecernos a Irlanda.

Después nos explicaron que había que mirar a Perú.

Y ahora quieren convencernos de que tener dos trabajos es parte de la normalidad del capitalismo moderno.

No se trata de despreciar los avances macroeconómicos de Perú. Se trata de preguntarse qué modelo de sociedad estamos utilizando como referencia.

Porque una economía puede tener inflación baja, estabilidad monetaria y determinados equilibrios macroeconómicos y, al mismo tiempo, convivir con niveles muy elevados de informalidad y desigualdad.

La macroeconomía no come.

La macroeconomía no paga el alquiler.

La macroeconomía no compra los medicamentos.

La macroeconomía no lleva a los chicos al colegio.

Y, sobre todo, la macroeconomía no puede ser utilizada como excusa para naturalizar que un trabajador necesite dos o tres empleos para sostener un nivel de vida razonable.

 

¿Judaísmo o teología de la prosperidad?

 

Hay otro aspecto todavía más llamativo en el discurso de Milei.

El Presidente está construyendo una interpretación del capitalismo alrededor de determinados valores del judaísmo, los Diez Mandamientos y una concepción de la prosperidad que vincula directamente orden moral, trabajo y riqueza.

Pero allí aparece una paradoja que el propio Milei parece no advertir.

Porque la tradición judía no puede reducirse a una especie de manual religioso de acumulación individual.

La tzedaká, tradicionalmente vinculada a la justicia y la obligación de ayudar al otro, y el concepto de tikún olam, asociado a la reparación y mejora del mundo, forman parte de una tradición donde la responsabilidad comunitaria tiene un peso enorme.

La prosperidad individual no constituye simplemente un fin egoísta.

La riqueza también implica responsabilidad.

Por eso, si Milei pretende encontrar una legitimación religiosa para su modelo económico, debería explicar por qué toma determinados elementos de la tradición judeocristiana y deja otros convenientemente afuera.

Porque su concepción de la prosperidad tiene bastante más parecido con determinadas expresiones de la Teología de la Prosperidad del evangelismo pentecostal —donde la riqueza puede interpretarse como signo de bendición y éxito individual— que con una lectura integral de las tradiciones religiosas que dice reivindicar.

El capitalismo, entonces, deja de ser solamente un sistema económico.

Se convierte en una especie de religión secular con vocabulario religioso.

Y ahí Fantino ocupa un lugar funcional: el conductor devenido interlocutor filosófico ayuda a construir el relato que convierte una política económica en una explicación moral de la existencia.

 

El trabajo como ordenador social

 

La Argentina tiene una tradición completamente diferente para pensar el trabajo.

La Doctrina Social de la Iglesia entiende el trabajo como una dimensión central de la dignidad humana y de la organización social. El trabajo no es solamente una mercancía intercambiable en el mercado: es una actividad mediante la cual la persona desarrolla su dignidad, participa de la sociedad y sostiene a su familia.

Y el peronismo, desde otra tradición política, construyó buena parte de su identidad alrededor de una idea similar: el trabajo como ordenador social.

Perón entendió que una sociedad estable no podía construirse sobre la permanente incertidumbre de millones de trabajadores.

El salario debía permitir vivir.

La familia debía poder proyectar.

El trabajador debía tener posibilidades de progreso.

Y la movilidad social debía ser una consecuencia del desarrollo económico, no de la multiplicación de empleos precarios.

Podemos discutir durante horas sobre las virtudes y defectos de ese modelo.

Pero hay algo que no debería discutirse: una sociedad sana no puede convertir la necesidad de trabajar cada vez más horas en una virtud moral.

 

La filosofía del “arreglate como puedas”

 

La nueva narrativa libertaria corre el riesgo de transformar una emergencia económica en una filosofía de vida.

¿No alcanza con un sueldo?

Conseguí otro trabajo.

¿No podés pagar el alquiler?

Trabajá más.

¿Tu profesión no tiene demanda?

Hacé Uber.

¿No conseguís empleo formal?

Emprendé.

Y si todo sale mal, el problema vuelve a recaer sobre el individuo.

Es la filosofía perfecta para un Estado que pretende desentenderse de sus responsabilidades.

Porque si todo depende del esfuerzo individual, entonces nunca hay un problema estructural.

Nunca hay un mercado laboral deteriorado.

Nunca hay salarios insuficientes.

Nunca hay concentración económica.

Nunca hay desigualdad.

Nunca hay un modelo productivo que fracasa en generar empleo de calidad.

Siempre hay un individuo que “no se esforzó lo suficiente”.

Eso no es libertad.

Es individualismo llevado hasta la crueldad.

 

Fantino como propagandista de la precariedad

 

Por eso la crítica a Fantino no tiene que ver con que sea periodista, conductor, empresario, licenciado en Filosofía o estudiante de un doctorado.

Tiene que ver con otra cosa.

Con el papel que decidió asumir.

Fantino puede defender las ideas que quiera. Tiene todo el derecho.

Pero cuando desde una posición de enorme influencia mediática empieza a presentar la necesidad de tener dos empleos como una característica saludable de la modernidad, termina funcionando como un propagandista de un modelo en el que la precarización deja de ser un problema y se convierte en una virtud.

Y eso es políticamente funcional al Gobierno.

Porque resulta mucho más sencillo explicarle al trabajador que debe tener dos empleos que explicar por qué después de tanto sacrificio todavía no consigue vivir dignamente con uno.

Es mucho más sencillo convertir la precariedad en cultura del esfuerzo que reconocer que el mercado laboral puede estar generando cada vez menos empleos de calidad.

Es mucho más sencillo decir “trabajá más” que preguntarse por qué el salario no alcanza.

Fantino podrá llamarlo filosofía.

Milei podrá llamarlo capitalismo.

Los economistas podrán llamarlo eficiencia.

Pero para millones de argentinos tiene un nombre mucho más sencillo:

llegar a fin de mes.

 

El verdadero fracaso del relato

 

Milei tiene derecho a creer que el capitalismo es un sistema querido por Dios.

También tiene derecho a conversar de madrugada con Fantino, con rabinos, economistas o quien considere conveniente.

Lo que no puede pretender es que esas conversaciones privadas se conviertan en una verdad revelada para toda la sociedad.

Porque gobernar no es escribir una teología del capitalismo.

Gobernar es conseguir que la economía funcione para la gente.

Que haya empleo.

Que haya salarios dignos.

Que haya vivienda.

Que haya educación.

Que haya salud.

Que una persona pueda trabajar ocho horas y volver a su casa sin tener que conectarse después a una aplicación para conseguir otro ingreso.

Ese debería ser el verdadero paraíso posible.

No una sociedad donde el pobre es feliz porque aprendió a tener tres empleos.

La Argentina no necesita una filosofía barata para justificar el sacrificio.

Necesita un modelo de desarrollo que permita que el sacrificio tenga sentido.

Y quizás ahí esté la gran diferencia entre una sociedad que progresa y una sociedad que simplemente sobrevive.

Porque si después de prometer prosperidad terminamos explicándole a un médico que también puede manejar un Uber, entonces no estamos frente a una revolución económica.

Estamos frente a una nueva forma de propagandizar la miseria y convertir la explotación en virtud.

Y para eso, sinceramente, no hacía falta ni un filósofo ni un Presidente.

Alcanza con un micrófono.

 

Publicado el: 2026-08-28