
Hay algo más inquietante que un Presidente utilizando inteligencia artificial para saludar por el Día del Maestro: que necesite inventarse una conversación con un prócer para que ese prócer le dé la razón.
Javier Milei lo hizo este 11 de septiembre. En un video generado con inteligencia artificial aparece sentado frente a Domingo Faustino Sarmiento, quien no solamente conversa con él, sino que parece comprenderlo, justificarlo y, sobre todo, compararse con él.
El mensaje es bastante transparente.
Sarmiento le dice a Milei que a él también lo criticaban por sus formas, por ser vehemente, agresivo y provocador. Incluso recuerda que lo llamaron loco.
Milei responde: “Eso suena familiar”.
Y allí está el verdadero mensaje del video.
No es simplemente un saludo por el Día del Maestro. Es una construcción deliberada de un paralelismo histórico: Sarmiento fue un incomprendido y Milei también; Sarmiento enfrentó a la barbarie y Milei también; Sarmiento fue acusado de loco y Milei también.
El problema es que Sarmiento nunca necesitó que una inteligencia artificial lo sentara frente a un presidente para decirle que era parecido a él.
Milei tiene una particular relación con la historia argentina. No parece conformarse con ser protagonista de la actualidad. Necesita ubicarse dentro de una épica histórica.
No alcanza con ser presidente.
Hay que ser parte de una gesta.
Y en esa construcción aparecen permanentemente los grandes nombres de la historia: Alberdi, Sarmiento, San Martín, Belgrano. Cada uno puede ser utilizado para construir una genealogía política que termine, inevitablemente, en Milei.
El video con Sarmiento lleva esa lógica a un nuevo nivel.
Porque ya no se trata de citar a un prócer. Se trata de hacerlo hablar para que avale al Presidente.
Es una diferencia enorme.
La inteligencia artificial permite algo que antes hubiera parecido propio de una película: traer a un muerto de vuelta para hacerlo participar de una discusión política contemporánea.
Y Milei utiliza esa posibilidad para que Sarmiento le diga, básicamente: “A mí también me atacaban. No se preocupe. Usted está haciendo lo correcto”.
Es una pieza de propaganda política sofisticada en su tecnología, pero bastante elemental en su concepto.
La pregunta puede parecer exagerada.
Pero el problema no es preguntarse si Milei literalmente se considera Sarmiento. No hay manera seria de afirmar algo semejante.
La cuestión es otra: ¿por qué necesita representarse a sí mismo como parte de la galería de los grandes hombres de la historia?
Un presidente democrático no necesita ser un prócer.
Necesita gobernar.
Los próceres pertenecen al panteón de la historia. Los presidentes pertenecen al juicio de los ciudadanos.
Un presidente puede aspirar a dejar una marca histórica, naturalmente. Pero cuando la propia comunicación presidencial empieza a construir permanentemente la idea de que el mandatario es un personaje excepcional, incomprendido y destinado a cambiar para siempre el curso de la Nación, aparece una peligrosa confusión entre liderazgo político y épica personal.
Milei parece necesitar esa épica.
Y la IA le permite llevarla hasta el extremo.
Ahora puede conversar con Sarmiento.
Mañana podría discutir economía con Alberdi, hablar de libertad con San Martín o recibir la aprobación de Belgrano.
El recurso tecnológico puede ser novedoso. La pulsión política no lo es: el líder que necesita que la historia lo consagre antes de que la historia pueda juzgarlo.
Hay además una enorme simplificación histórica.
Sarmiento fue un personaje extraordinariamente complejo, contradictorio, polémico y hasta brutal en muchas de sus posiciones. Pero también fue un constructor institucional.
Creó escuelas, impulsó la educación pública, promovió bibliotecas, fomentó la formación docente y entendió que la construcción de una Nación requería instituciones.
Por eso resulta curioso que el Sarmiento creado por Milei aparezca fundamentalmente como un hombre que justifica “las formas” del Presidente.
El verdadero legado sarmientino es bastante más incómodo.
No consiste en insultar a los adversarios.
No consiste en considerarse iluminado.
No consiste en ser “vehemente”.
Consiste en construir.
Y allí la comparación empieza a hacer agua.
Porque una cosa es reivindicar el espíritu transformador de Sarmiento y otra muy distinta es convertirlo en una especie de antecesor espiritual de Milei.
El detalle más revelador del video quizás sea que Sarmiento no le habla a Milei de los docentes argentinos, de las escuelas, de los chicos, de la educación o de la alfabetización.
Le habla de Milei.
Le explica que él también fue criticado.
Le dice que a él también lo llamaron loco.
Y Milei encuentra allí su propio espejo.
Eso transforma el Día del Maestro en otra cosa: en una pieza de autocelebración presidencial.
El protagonista termina siendo el Presidente.
Incluso cuando se homenajea a los maestros.
Incluso cuando aparece Sarmiento.
Incluso cuando se habla de educación.
Todo vuelve a Milei.
Es el mismo mecanismo que aparece en buena parte de su comunicación política: la historia, la economía, la libertad, la batalla cultural y hasta los conflictos personales terminan organizándose alrededor de su figura.
El riesgo de esa construcción es conocido.
Cuando un dirigente empieza a verse a sí mismo como protagonista de una epopeya histórica, puede empezar a interpretar cualquier crítica como una prueba de que está haciendo lo correcto.
Si lo cuestionan, es porque está enfrentando a la “casta”.
Si lo insultan, es porque está diciendo la verdad.
Si lo llaman loco, es porque está cambiando el mundo.
Y si pierde apoyo, puede llegar a interpretar el rechazo no como una señal política, sino como otra prueba de que el pueblo todavía no comprende su misión.
Ese es el verdadero peligro del culto al líder.
Milei ganó las elecciones porque una parte importante de la sociedad quiso romper con un sistema político que consideraba agotado.
Eso es un hecho político.
Pero ganar una elección no convierte a nadie en prócer.
La historia no se escribe con inteligencia artificial.
Tampoco se escribe con seguidores en las redes sociales, con cantidad de likes ni con videos virales.
Se escribe después.
Cuando pasan los años.
Cuando desaparecen los funcionarios, los trolls, los asesores y los fanáticos.
Cuando quedan las instituciones, las escuelas, la economía, los salarios, la infraestructura y la vida concreta de los ciudadanos.
Entonces llega el verdadero juicio histórico.
Por eso el video con Sarmiento puede terminar siendo una metáfora involuntaria.
Milei necesitó recurrir a la inteligencia artificial para que un prócer del siglo XIX le dijera que estaba en el camino correcto.
Pero la verdadera pregunta es mucho más sencilla:
¿qué dirán los argentinos del Milei real cuando ya no pueda editarse la historia con inteligencia artificial?
Porque un Presidente puede fabricar un Sarmiento que lo felicite.
Lo que no puede fabricar es el veredicto de la historia.
Y quizás ahí esté la diferencia entre un gobernante que quiere ser recordado y alguien que necesita sentirse un prócer antes de tiempo.