
Las últimas encuestas empiezan a dibujar un escenario que hasta hace pocos meses parecía impensado. La imagen de Javier Milei ya no luce blindada. El desgaste de la gestión, la persistencia de problemas en la economía cotidiana, el deterioro del consumo y el cansancio social empiezan a reflejarse en los estudios de opinión. Incluso sectores que fueron decisivos para su triunfo, como los jóvenes y los hombres menores de treinta años, muestran señales de desencanto.
La noticia es importante. Pero hay otra, quizás más relevante, que el peronismo parece decidido a ignorar.
El Gobierno pierde fuerza, pero la oposición no la gana.
La política argentina ofrece una paradoja singular. Un oficialismo que empieza a desgastarse convive con una oposición incapaz de transformarse en alternativa. Mientras Milei deja de crecer, el peronismo continúa estancado, atrapado en una discusión que gira sobre sí misma y que parece más preocupada por la distribución del poder interno que por construir un proyecto de país.
La pregunta ya no es solamente si Milei llega competitivo a 2027.
La pregunta es quién podría derrotarlo.
Y, por ahora, esa respuesta no aparece.
Dentro del universo peronista existe una convicción casi automática de que el deterioro económico terminará devolviéndolos al poder. Es una lectura cómoda, pero profundamente equivocada. La historia argentina demuestra que los gobiernos no siempre caen porque la economía empeora; muchas veces sobreviven porque enfrente no existe una opción que genere confianza.
Eso es exactamente lo que hoy sucede.
Axel Kicillof aparece como el dirigente con mayor volumen político dentro del peronismo. Sin embargo, su liderazgo encuentra un límite evidente: es, fundamentalmente, un liderazgo bonaerense.
Fuera de la provincia de Buenos Aires su nivel de instalación disminuye considerablemente. Gobernadores, intendentes y estructuras del interior todavía no terminan de verlo como un conductor nacional. Su identidad política está demasiado asociada al conurbano y a una provincia que representa cerca del 40% del padrón, pero no la totalidad del país.
La Argentina no se gobierna solamente desde La Plata.
Mientras tanto, Cristina Fernández de Kirchner continúa conservando centralidad simbólica, pero ya no ordena como antes. Sergio Massa permanece en silencio, especulando con el desgaste libertario, aunque carga con un peso difícil de ocultar: para buena parte de la sociedad sigue siendo el ministro de Economía de una inflación que superó el 200% anual. Su capacidad para reconstruir credibilidad aparece seriamente condicionada.
El resto del mapa peronista ofrece poco más que dirigentes territoriales fuertes en sus distritos, pero sin proyección nacional.
No aparecen gobernadores con vocación presidencial.
No aparecen intendentes que rompan el molde.
No aparece una generación nueva capaz de sintetizar las distintas almas del movimiento.
Consultados por este cronista, varios dirigentes del sur del conurbano bonaerense coinciden, incluso desde posiciones críticas hacia el Gobierno, en un diagnóstico incómodo: hoy ven más probable una reelección de Javier Milei que un regreso del peronismo a la Casa Rosada. No porque el Presidente conserve intacta su fortaleza, sino porque no logran identificar una figura que ordene al espacio, trascienda la provincia de Buenos Aires y convoque a sectores moderados del electorado.
La ausencia de liderazgo no es el único problema.
También falta un programa.
Durante décadas el peronismo discutió cómo distribuir la riqueza. Hoy ni siquiera logró consensuar cómo volver a crearla.
No existe una propuesta económica integral capaz de responder preguntas elementales: cómo estabilizar la moneda, cómo atraer inversiones, cómo generar empleo privado, cómo reconstruir el crédito o cómo volver a industrializar el país sin repetir los errores del pasado.
Las discusiones giran alrededor de candidaturas, listas e internas, mientras las ideas permanecen ausentes.
Ese vacío empieza a tener otra consecuencia.
La izquierda encuentra un terreno fértil para seguir creciendo dentro del propio universo opositor.
Durante los últimos años muchas consignas tradicionalmente asociadas a la izquierda trotskista fueron incorporadas por amplios sectores de la militancia peronista. El discurso antiempresarial permanente, la desconfianza hacia cualquier inversión privada, la lectura exclusivamente confrontativa de la realidad internacional y determinadas consignas maximalistas fueron desplazando al histórico pragmatismo que caracterizó al peronismo durante buena parte de su historia.
Ya no resulta extraño escuchar planteos casi idénticos entre militantes kirchneristas y dirigentes del Frente de Izquierda.
En ese contexto, Myriam Bregman puede transformarse en una beneficiaria indirecta del desconcierto opositor. No necesariamente porque vaya a disputar la presidencia con posibilidades reales, sino porque puede capturar una parte del voto joven, urbano e ideologizado que históricamente orbitó alrededor del kirchnerismo.
Paradójicamente, cuanto más se izquierdiza el discurso de algunos sectores del peronismo, más se fortalece quien expresa esas ideas con mayor coherencia.
La Cámpora parece ofrecer el ejemplo más claro de esa deriva.
Mientras el país discute cómo recuperar el empleo, atraer inversiones o aumentar la productividad, buena parte de sus consignas siguen reducidas a eslóganes que funcionan para una marcha, pero difícilmente alcancen para construir una mayoría social. El reciente "Chau FMI" difundido en redes sociales expresa más un deseo que una política pública. Es una consigna emocional, pero no responde la pregunta central: ¿cómo financiaría la Argentina su transición económica sin acceso al crédito internacional?
La sociedad ya no parece premiar únicamente los diagnósticos.
Empieza a exigir soluciones.
El gran desafío del peronismo consiste justamente en recuperar una tradición que supo tener durante gran parte del siglo XX: la capacidad de combinar justicia social con desarrollo económico, producción nacional con estabilidad, mercado interno con generación genuina de riqueza.
Sin un programa moderno, sin liderazgos nacionales y sin una narrativa que vuelva a interpelar a las clases medias y a los jóvenes, el desgaste del oficialismo puede terminar siendo insuficiente para provocar un cambio de gobierno.
Porque en democracia no alcanza con que uno caiga.
Alguien tiene que estar preparado para ocupar su lugar.
Y hoy, más allá del creciente desgaste que muestran las encuestas sobre Javier Milei, la principal incógnita sigue siendo la misma: si el peronismo continúa discutiendo entre facciones, aferrado a liderazgos parciales y sin ofrecer un proyecto de desarrollo para la Argentina, ¿quién capitalizará el desencanto de una sociedad que empieza a perder la paciencia?
La crisis del Gobierno puede haber comenzado.
La crisis de la oposición, en cambio, todavía no terminó