Milei es una anécdota, lo que importa es Malvinas

Milei es una anécdota, lo que importa es Malvinas

Milei es una anécdota, lo que importa es Malvinas
Por: Pablo López


Hay algo que conviene separar de una vez por todas: Milei es una circunstancia política; Malvinas es una causa nacional.

Una circunstancia pasa. Los gobiernos pasan. Los presidentes pasan. Las encuestas cambian. Las elecciones terminan. Las modas políticas se agotan. Pero Malvinas permanece.

Por eso, aunque resulte difícil no mirar con desconfianza el oportunismo de Javier Milei, sería un error discutir la legitimidad de la causa porque quien ahora decidió levantarla es el mismo presidente que durante buena parte de su gestión tuvo una relación particularmente incómoda con el reclamo argentino.

Milei nunca ocultó su admiración por Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la guerra de 1982. También defendió en reiteradas oportunidades la posición de los isleños y promovió un acercamiento político y diplomático con el Reino Unido. Incluso hasta hace poco la Casa Rosada mantenía la intención de realizar una misión a Londres.

Ahora, de repente, Malvinas volvió a ocupar el centro del discurso presidencial.

Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿por qué ahora?

La respuesta parece estar menos en una nueva convicción patriótica del Presidente que en la necesidad de encontrar una causa capaz de sacarlo del laberinto doméstico.

Las encuestas no acompañan. La economía dejó de ofrecerle el viento favorable de los primeros meses. La política empieza a mostrar límites. Y cuando un gobierno necesita recuperar iniciativa, nada resulta más poderoso que una bandera que pueda ser compartida por millones de argentinos.

Pero el problema no es que Milei hable de Malvinas.

El problema sería que algunos pretendan convertir Malvinas en una bandera de Milei.

Porque no lo es.

Malvinas pertenece a los argentinos que piensan de derecha, de izquierda y de centro. A los peronistas, radicales, liberales, socialistas y a quienes no militan en ningún partido. Pertenece a los veteranos de guerra y a sus familias. Pertenece a quienes nacieron después de 1982 y a quienes todavía recuerdan aquel abril. Pertenece a la escuela pública, a la Constitución Nacional y a una tradición diplomática que sobrevivió a gobiernos democráticos y dictaduras.

La propia Constitución lo establece como un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino.

Por eso Malvinas puede ser una extraordinaria oportunidad para volver a encontrarnos como sociedad.

No alrededor de Milei.

Alrededor de una causa.

Porque después de años de una grieta que convirtió casi todo en motivo de enfrentamiento, existe algo que todavía puede ser transversal. Una bandera que no necesita preguntarnos primero a quién votamos.

Las Malvinas son argentinas.

Y esa afirmación no necesita de Milei para ser verdadera.

El Presidente llegó tarde. Llegó cuando la sociedad ya había vuelto a poner el tema sobre la mesa. El Mundial había demostrado algo que la política muchas veces olvida: cuando aparece Malvinas, aparece una fibra nacional que atraviesa todas las edades y todas las ideologías.

Durante aquella competencia internacional, una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” volvió a ocupar el centro de la escena y el reclamo recuperó una visibilidad que no había tenido durante buena parte del Gobierno de Milei.

Ahora el Presidente intenta subirse a esa ola.

Y lo hace, además, aprovechando una oportunidad geopolítica inesperada: Donald Trump dijo que Estados Unidos podría revisar su posición histórica sobre la disputa. Milei inmediatamente interpretó ese movimiento como una señal favorable y lo convirtió en argumento para endurecer su discurso.

Pero hay que tener cuidado.

Porque Trump no es la Argentina.

Trump no tiene amigos: tiene intereses.

Y si hoy utiliza la cuestión Malvinas para presionar al Reino Unido en cuestiones vinculadas con defensa y geopolítica, mañana puede utilizar a la Argentina como ficha de negociación con Londres.

Ese es el verdadero riesgo de una política exterior basada en alineamientos personales.

Argentina no puede convertirse en rehén de una disputa entre Washington y Londres.

No podemos suponer que porque Trump pronunció una frase favorable a nuestro reclamo Estados Unidos se transformó mágicamente en defensor de la soberanía argentina. La Casa Blanca puede revisar posiciones, negociar, presionar y eventualmente cambiar de postura según sus propios intereses.

Las Malvinas no pueden ser la prenda de cambio de nadie.

Ni de Trump.

Ni de Londres.

Ni de Washington.

Ni de Milei.

La cuestión además adquiere una dimensión todavía más delicada por la explotación de recursos naturales. El proyecto petrolero Sea Lion, impulsado por empresas vinculadas con el Reino Unido e Israel, vuelve a colocar en primer plano la disputa por los recursos del Atlántico Sur. El Gobierno argentino anunció sanciones contra compañías que operen sin autorización argentina y planteó nuevas medidas de defensa de la soberanía.

Es ahí donde la discusión debería dejar de ser electoral para convertirse en política de Estado.

Porque si realmente existe una oportunidad internacional para fortalecer el reclamo argentino, hay que aprovecharla. Pero no para mejorar una encuesta. No para cambiar la agenda de una campaña. No para que un presidente golpeado pueda recuperar centralidad.

Hay que aprovecharla para Argentina.

Y eso requiere algo que la política argentina parece haber olvidado: unidad nacional.

Una política de Estado sostenida durante décadas. Diplomacia. Derecho internacional. Presencia en el Atlántico Sur. Defensa de los recursos naturales. Investigación científica. Infraestructura. Desarrollo de Tierra del Fuego. Construcción de alianzas internacionales. Y, sobre todo, continuidad.

Malvinas no se recupera con un tuit, una cadena nacional ni una consigna electoral.

Tampoco se recupera insultando periodistas ni convirtiendo una causa histórica en otro capítulo de la guerra cultural.

Se recupera —si algún día las circunstancias históricas lo permiten— con inteligencia, paciencia, estrategia y una política exterior que sobreviva a los presidentes.

Por eso Milei es una anécdota.

Hoy está en la Casa Rosada. Mañana habrá otro. Después otro.

Malvinas seguirá estando ahí.

Y quizás este sea el momento de hacer algo que parece sencillo pero que la Argentina lleva demasiado tiempo sin conseguir: separar la causa del oportunismo.

Podemos cuestionar las contradicciones de Milei. Podemos recordar su admiración por Thatcher. Podemos desconfiar de sus motivaciones electorales. Podemos advertir sobre la utilización que Trump pretende hacer de la cuestión.

Pero nada de eso debe hacernos perder de vista lo esencial.

Malvinas es mucho más importante que Milei.

Mucho más importante que cualquier gobierno.

Mucho más importante que cualquier elección.

Y, sobre todo, mucho más importante que cualquier encuesta.

Si el Presidente quiere utilizar la causa para mejorar sus números, será una anécdota.

Si la Argentina consigue transformar esta coyuntura en una verdadera política de Estado, entonces quizás estemos frente a algo mucho más trascendente.

Porque las banderas pasan de mano en mano.

Los presidentes pasan.

Los gobiernos pasan.

Pero las causas nacionales quedan.

Publicado el: 2026-09-04