
“Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, supo decir Juan Domingo Perón como síntesis de una doctrina que priorizaba la unidad por sobre las diferencias. Sin embargo, a la luz de los hechos recientes, la ex intendenta de Quilmes, Mayra Mendoza, parece haber decidido ignorar esa máxima en su vínculo con el gobernador bonaerense, Axel Kicillof.
El supuesto mensaje ofensivo enviado por WhatsApp —más allá de su confirmación o desmentida— expone una lógica interna que hace tiempo viene erosionando al peronismo: la incapacidad de procesar diferencias sin caer en la descalificación personal. En un contexto donde el peronismo enfrenta desafíos estructurales, la dirigencia debería estar enfocada en reconstruir volumen político y credibilidad social, no en dirimir internas con tono de barra brava.
La contradicción es aún más llamativa si se considera el recorrido político de Mendoza. Quien hoy se presenta como una dirigente orgánica de La Cámpora supo tener un paso previo por la Unión Cívica Radical, un dato que rara vez forma parte de su relato público. No se trata de cuestionar trayectorias —la política está llena de transformaciones—, sino de señalar la inconsistencia entre el discurso de pureza ideológica y los antecedentes personales.
Su ascenso dentro del kirchnerismo tampoco puede analizarse sin mencionar su vínculo con José Ottavis, una figura emblemática de una etapa de la organización que combinó poder, exposición mediática y escándalos. Para los faltos de memoria, ese contexto fue clave en la consolidación de ciertos liderazgos que hoy buscan reescribir su propia historia.
Pero más allá de las disputas internas, hay una dimensión que resulta aún más preocupante: la construcción simbólica. La imagen de Mendoza subida a una reja, en actitud desafiante, durante una jornada vinculada al Día de la Memoria, no solo fue desacertada, sino también profundamente inoportuna. No había nada que festejar, ni espacio para la espectacularización. La memoria colectiva no puede convertirse en escenografía de posicionamientos personales.
En el plano de la gestión, Quilmes continúa mostrando déficits estructurales en materia de seguridad, infraestructura y servicios básicos. A pesar de algunos avances puntuales, los indicadores sociales siguen reflejando una realidad compleja que dista de los relatos épicos que se intentan construir desde la comunicación oficial.
Y en ese contraste entre relato y realidad también aparece otro elemento que no pasa desapercibido: la estética. En medio de un país atravesado por restricciones económicas y dificultades para acceder a bienes básicos, la reiterada aparición de la intendenta con conjuntos de Adidas Originals —muchos de ellos difíciles de conseguir en el mercado local— genera ruido. No se trata de una cuestión menor ni superficial: en política, los símbolos importan, y mucho.
Mayra Mendoza encarna, en definitiva, una síntesis de las tensiones actuales del peronismo: una dirigencia joven que llegó al poder con la promesa de renovación, pero que muchas veces reproduce las peores prácticas de la vieja política. La descalificación interna, la construcción de relatos desconectados de la realidad y la falta de autocrítica son señales de alerta para un movimiento que supo hacer de la unidad su principal fortaleza.
Si el peronismo quiere volver a ser una herramienta de transformación, deberá recuperar no solo sus consignas históricas, sino también su coherencia. Porque, como decía Perón, la organización vence al tiempo… pero solo cuando quienes la integran están a la altura de esa responsabilidad.