
Hay decisiones políticas que dicen más por lo que evitan que por lo que proponen. La negativa de Máximo Kirchner a avanzar en un gran frente anti-Javier Milei no es sólo una discusión táctica: es una señal profunda sobre el tipo de oposición que el cristinismo quiere —o no quiere— construir de cara a 2027.
En los últimos días, tanto en declaraciones públicas como en movimientos internos del peronismo, el mensaje fue claro: evitar una coalición amplia que diluya identidad. La excusa es conocida: no repetir el experimento de 2019, cuando el Frente de Todos se armó como un frente anti-Mauricio Macri sin un programa consistente de gobierno. Pero ese argumento tiene una grieta evidente: ese diseño no fue un accidente, fue una decisión de Cristina Fernández de Kirchner.
Fue ella quien eligió a Alberto Fernández como candidato. Fue ella quien estructuró el frente. Y fue, también, el propio espacio el que se encargó de dinamitarlo desde adentro. La renuncia de Martín Guzmán, en medio de tensiones públicas y desautorizaciones constantes, no fue un rayo en cielo sereno: fue la consecuencia de un sistema de poder que nunca quiso hacerse cargo del costo de gobernar.
Ahí aparece el núcleo del problema: el cristinismo parece más cómodo condicionando que conduciendo.
La duda sobre si realmente quieren ganar no es nueva. En 2015, mientras Daniel Scioli disputaba la presidencia, en el territorio bonaerense se jugaba otra partida. La candidatura de Aníbal Fernández en la provincia no sólo generaba ruido: parecía responder a otra lógica. Retener poder territorial, aun a riesgo de perder la Nación.
El resultado es historia conocida: ganó Macri y, con ese triunfo, llegó también un rediseño del poder judicial que derivó en el calvario judicial de Cristina. Un escenario que el propio kirchnerismo no anticipó —o no quiso anticipar—.
Hoy, ese antecedente vuelve como espejo.
El rechazo a un frente amplio puede leerse como una defensa de la identidad. Pero también como una renuncia anticipada a construir mayoría. Porque la Argentina de hoy difícilmente se ordene en un esquema donde un solo espacio alcance el poder sin alianzas.
Si el cristinismo decide competir en soledad o con un armado cerrado, el riesgo es claro: fragmentar el voto opositor y facilitar un escenario donde el oficialismo —o cualquier otra fuerza competitiva— se imponga sin necesidad de ballotage.
Y entonces la pregunta vuelve, incómoda: ¿priorizan ganar o preservar el control del espacio propio?
Hay otra contradicción que atraviesa todo. Mientras se habla de “no atarse a estructuras sin sentido”, el control del Partido Justicialista por parte de Cristina es total. Sin competencia real, sin apertura, con listas únicas o impugnadas.
Máximo, por su parte, presidió el PJ bonaerense sin competir contra nadie, a puro dedo. Es un esquema de poder cerrado, que limita la emergencia de nuevos liderazgos y, sobre todo, evita la prueba más importante: la validación en las urnas.
Si el cristinismo está convencido de su vigencia, debería demostrarlo donde importa. Competir, por ejemplo, con Axel Kicillof, hoy una de las figuras con mayor proyección dentro del peronismo. Medirse, ordenar, definir liderazgo.
Pero esa pelea no aparece. Y cuando no hay competencia, suele haber miedo al resultado.
Otro eje del discurso cristinista es la centralidad de la situación judicial de Cristina. Se la presenta como una persecución, se construye una épica. Pero hay un dato ineludible: la justicia la condenó.
Eso no clausura el debate sobre las causas, ni impide cuestionamientos al sistema judicial. Pero tampoco habilita a negar de plano la existencia de corrupción durante su gobierno, una percepción extendida en buena parte de la sociedad.
La comparación con el exilio de Juan Domingo Perón no solo es una vergüenza, además, no resiste análisis. Son contextos históricos, políticos y judiciales completamente distintos. Forzar ese paralelismo no fortalece el argumento: lo debilita.
El cristinismo enfrenta una encrucijada. Puede optar por reconstruir una mayoría amplia, asumir errores, abrir el juego y disputar el poder con vocación real de gobierno. O puede refugiarse en su núcleo duro, sostener control interno y apostar a que el desgaste ajeno le devuelva protagonismo.
Lo primero implica riesgo, exposición y decisiones difíciles. Lo segundo garantiza control, pero reduce chances de ganar.
Por eso la pregunta del título no es provocación: es diagnóstico.
¿Máximo y el cristinismo quieren ganar en 2027?
Porque, hasta ahora, muchas de sus decisiones parecen orientadas más a no perder el control… que a volver al poder.