Máximo Kirchner, el capitán del Titanic peronista

Máximo Kirchner, el capitán del Titanic peronista

Máximo Kirchner, el capitán del Titanic peronista
Por: Pablo López


El peronismo volvió a movilizarse este fin de semana bajo la consigna de respaldar a Cristina Fernández de Kirchner. Las imágenes mostraron banderas, cánticos y dirigentes que intentaron transmitir la idea de una fuerza política viva y organizada. Sin embargo, detrás de la épica cuidadosamente construida, apareció una realidad mucho más incómoda: el acto pareció menos una reivindicación de Cristina que una demostración de dependencia absoluta hacia ella.

Porque la pregunta incómoda sigue siendo la misma. ¿Cuántos de los dirigentes que ayer se mostraron fervorosamente leales conservarían algún peso político propio si Cristina desapareciera de la escena? La respuesta es inquietante para el propio kirchnerismo. Muy pocos.

Los votos, muchos o pocos, siguen siendo de Cristina. La capacidad de movilización, la centralidad mediática y el núcleo duro de apoyo continúan ligados a su figura. Lo que ayer se observó fue una larga fila de dirigentes que necesitan desesperadamente que la ex presidenta siga siendo relevante para justificar su propia existencia política.

Y en el centro de ese dispositivo aparece Máximo Kirchner. Heredero natural de un capital político construido por sus padres, presidente del Partido Justicialista bonaerense y principal administrador de la estructura kirchnerista. Sin embargo, después de años de acumulación de poder interno, su principal legado parece ser el progresivo achicamiento del espacio que conduce.

La historia reciente ofrece ejemplos contundentes. El caso de Martín Insaurralde resulta paradigmático. Fue el kirchnerismo quien lo transformó en una figura nacional en 2013. Fue el kirchnerismo quien lo ubicó como jefe de Gabinete bonaerense en 2021 porque entendía que ese lugar le correspondía en función de la supuesta "conducción estratégica" del espacio. Fue el kirchnerismo quien intentó instalarlo como candidato a gobernador y más tarde como candidato a vicegobernador en 2023.

Cuando llegó el escándalo de Marbella, la reacción fue todavía más reveladora. Los mismos dirigentes que durante años lo promovieron desaparecieron detrás de un silencio sepulcral. Nadie explicó nada. Nadie asumió responsabilidades. Nadie se preguntó cómo un dirigente sin brillo político particular, sin grandes convicciones conocidas y con vínculos de larga data con el negocio del juego había llegado tan lejos dentro de la estructura de poder.

La regla fue simple: la infalibilidad del liderazgo debía preservarse. Cuando los experimentos salen bien, son producto de la genialidad estratégica. Cuando fracasan, simplemente dejan de existir en el relato oficial.

Pero el problema para Máximo Kirchner es más profundo que el caso Insaurralde. Tiene que ver con una concepción patrimonial del poder que terminó chocando contra la realidad. En 2023, una parte importante del kirchnerismo duro parecía convencida de que Axel Kicillof debía resignarse a jugar una candidatura presidencial testimonial mientras el dispositivo central seguía orbitando alrededor de Cristina y La Cámpora. En los hechos, muchos dirigentes estaban dispuestos a que el gobernador fuera enviado a una derrota casi segura contra Javier Milei para preservar equilibrios internos.

Kicillof entendió el riesgo. Y decidió construir autonomía.

Aquella fue probablemente la primera gran fractura política entre el gobernador y el núcleo duro kirchnerista. Una fractura que algunos describen como una traición personalista, pero que también puede interpretarse como un simple instinto de supervivencia. Kicillof comprendió que aceptar sin discusión el plan diseñado desde el Instituto Patria equivalía a sacrificar su futuro político.

Desde entonces, el vínculo nunca volvió a ser el mismo.

Mientras tanto, el peronismo acumula derrotas electorales, pierde influencia territorial y observa cómo la sociedad se aleja cada vez más de sus viejas liturgias. Sin embargo, la discusión interna sigue girando alrededor de los mismos nombres, las mismas lealtades y los mismos mecanismos de poder de hace dos décadas.

Por eso el acto de ayer dejó una sensación paradójica. Se habló de Cristina, pero en realidad se habló del vacío que existe detrás de ella. Se cantó por la unidad, pero quedó expuesta la ausencia de liderazgos alternativos. Se intentó demostrar fortaleza, pero se exhibió dependencia.

Máximo Kirchner parece haberse convertido en el capitán de un barco que todavía conserva pasajeros fieles, símbolos poderosos y capacidad de hacer ruido. El problema es que el iceberg está a la vista desde hace años y nadie parece dispuesto a cambiar el rumbo.

El Titanic peronista sigue navegando. Y su capitán continúa convencido de que la historia terminará obedeciendo a la voluntad de los herederos. La realidad, sin embargo, suele ser mucho menos generosa que la memoria.

Publicado el: 2026-06-21