
Hay algo que el kirchnerismo parece no poder evitar: cuando tiene una oportunidad para discutir cómo volver a representar a una sociedad que le dio la espalda, vuelve a discutir quién tiene la culpa.
Hace apenas unas semanas, en el Hotel Emperador, Máximo Kirchner, Axel Kicillof y Sergio Massa se sentaron junto a gobernadores y jefes parlamentarios para intentar ordenar al peronismo. La imagen era casi simbólica: los principales sectores de un espacio golpeado por las derrotas intentando, al menos por unas horas, dejar las diferencias de lado y construir una posición común.
Pero duró poco.
Porque mientras Kicillof intenta consolidar su propio armado político, desde el kirchnerismo vuelven las operaciones, las chicanas y las señales destinadas a marcarle límites al gobernador bonaerense. Y ahí aparece nuevamente Máximo Kirchner, más preocupado por conservar el control de una estructura política que por construir una alternativa capaz de interpelar a una sociedad que hace tiempo dejó de mirar al kirchnerismo como una solución.
La pregunta entonces es inevitable: ¿para qué se reunieron en el Emperador?
¿Para sacar una foto? ¿Para ganar tiempo? ¿Para frenar la pelea hasta que pasara determinada coyuntura? ¿O realmente existía voluntad de construir una conducción colectiva?
Porque si después de cinco horas de reunión la respuesta vuelve a ser la interna, entonces el problema no es solamente la pelea entre Máximo y Axel. El problema es una cultura política que parece necesitar permanentemente de un enemigo interno.
El voto a Yadarola y la vieja lógica de obediencia
La reciente votación en el Senado alrededor de la designación de Ariel Yadarola volvió a poner en evidencia otra contradicción del peronismo kirchnerista: la distancia entre el discurso público y las decisiones concretas en el recinto.
El bloque peronista terminó acompañando la designación, en una votación que generó fuertes cuestionamientos y que volvió a dejar expuestas las diferencias internas.
Y ahí aparece otro problema: cuando los periodistas preguntan por las razones de un voto, algunos dirigentes parecen considerar que explicar es una concesión y no una obligación republicana.
Juliana Di Tullio eligió responder con chicanas a la prensa antes que explicar de manera convincente por qué votó como votó. Y eso es precisamente lo que el peronismo debería revisar si pretende reconstruir credibilidad.
No alcanza con decir que los periodistas son malos, que los medios operan, que hay una campaña en contra o que quienes preguntan lo hacen con malas intenciones.
Un senador no tiene que explicarle su voto a un periodista.
Tiene que explicárselo a la sociedad.
Y si no puede hacerlo, el problema no es el periodista.
Es el voto.
Resulta particularmente llamativo porque la propia Di Tullio había reconocido semanas atrás su hartazgo por la interna entre Kicillof y Máximo. “La discusión me tiene podrida”, había dicho, admitiendo incluso que a la sociedad esas peleas le importan poco y que los dirigentes deberían ocuparse de otros problemas.
Entonces la contradicción es evidente: mientras algunos dirigentes reconocen que la sociedad está cansada de la interna, el espacio vuelve a reproducirla.
El kirchnerismo está haciendo con la política lo mismo que critica de Milei
Hay una paradoja mucho más profunda.
El kirchnerismo acusa a Javier Milei de dividir a la sociedad entre buenos y malos. Denuncia que el Presidente construye enemigos, que estigmatiza al que piensa diferente, que reduce la política a una batalla moral entre “ellos” y “nosotros”.
Pero cuando se mira hacia adentro, muchas veces reproduce exactamente la misma lógica.
Ellos son los malos.
Nosotros somos los buenos.
Ellos son los responsables de todo.
Nosotros somos las víctimas.
Ellos son los traidores.
Nosotros somos los verdaderos peronistas.
Ellos son la derecha.
Nosotros somos el pueblo.
Es la misma estructura narrativa.
Cambia el enemigo, cambia el vocabulario, cambian las consignas, pero la lógica es idéntica.
Milei construyó buena parte de su identidad política sobre la idea de que existe una casta responsable de todos los males y que él representa a quienes vienen a terminar con ella.
El kirchnerismo, en cambio, construyó durante años una identidad política basada en que existe una derecha, un poder económico, medios concentrados, corporaciones y dirigentes “traidores” que explican buena parte de sus derrotas.
El problema es que esa lógica sirve para ganar una elección, movilizar a la militancia o cerrar filas.
Pero no sirve para reconstruir una mayoría.
Máximo y la tentación de confundir conducción con control
El desafío de Máximo Kirchner no debería ser impedir que Kicillof crezca.
Debería ser conseguir que el peronismo vuelva a crecer.
Y son dos cosas completamente diferentes.
Si el gobernador bonaerense tiene intención de construir una alternativa nacional, puede gustar o no gustar. Puede discutirse su gestión, su modelo económico, sus resultados y hasta su liderazgo.
Pero intentar bloquearlo exclusivamente porque representa una amenaza para el poder interno de La Cámpora es repetir uno de los errores históricos del kirchnerismo: confundir el control de la estructura con la conducción política.
Una conducción no se impone porque controla más lugares.
Se construye porque consigue que los demás quieran seguirla.
Y hoy el peronismo necesita exactamente eso.
Necesita discutir por qué perdió votos. Por qué perdió credibilidad. Por qué una parte de la sociedad eligió a Milei. Por qué sectores populares dejaron de sentirse representados. Por qué jóvenes que históricamente podían acercarse al peronismo eligieron otra cosa.
Necesita discutir propuestas.
Necesita discutir gestión.
Necesita discutir futuro.
En cambio, vuelve a discutir quién es el dueño del peronismo.
Y mientras ellos discuten quién tiene la lapicera, Milei sigue ocupando el centro de la escena.
El problema no es solamente Milei
Hay una enorme responsabilidad del Gobierno nacional en la situación actual de la Argentina. Pero una oposición que pretende reemplazarlo no puede construir su identidad exclusivamente alrededor del rechazo al Presidente.
Tiene que ofrecer algo más.
Porque si la única propuesta es “Milei es malo”, entonces la pregunta inevitable del ciudadano será: “¿Y ustedes qué proponen?”.
Y ahí es donde el kirchnerismo sigue teniendo dificultades para responder.
La política argentina está atrapada en una pelea de espejos.
Milei mira al kirchnerismo y encuentra al enemigo perfecto.
El kirchnerismo mira a Milei y encuentra al enemigo perfecto.
Ambos se necesitan.
Ambos se alimentan.
Ambos sobreviven políticamente en buena medida alrededor de la polarización.
Y mientras tanto, una sociedad agotada observa desde afuera.
El dato más incómodo para el peronismo no es que Máximo se pelee con Kicillof.
Es que la sociedad probablemente tenga cada vez menos interés en saber quién ganó esa pelea.
El Hotel Emperador fue una oportunidad para demostrar que podían sentarse juntos.
El problema es que una fotografía de unidad no alcanza si detrás de ella sigue funcionando la misma maquinaria de la interna.
Porque si Máximo Kirchner vuelve a elegir la pelea contra Kicillof antes que la construcción de una alternativa amplia, el kirchnerismo corre el riesgo de terminar haciendo exactamente aquello que denuncia de Milei: encerrarse en una lógica binaria donde los propios son siempre los buenos y los demás, siempre los malos.
Y esa lógica puede servir para conservar una identidad.
Lo que todavía está por demostrarse es si sirve para ganar el futuro.