
La tensión entre el PRO y el gobierno de Javier Milei dejó de ser un juego de declaraciones cruzadas y empezó a convertirse en una disputa estratégica de poder. En ese contexto, la gran pregunta que empieza a circular en la política argentina es si Mauricio Macri realmente evalúa volver a competir electoralmente o si simplemente está usando la amenaza de una candidatura para negociar mejores condiciones frente a La Libertad Avanza.
La respuesta, probablemente, esté en el medio de ambas cosas.
Macri sabe que el PRO atraviesa el momento más delicado desde su fundación. El partido perdió centralidad nacional, sufrió fugas hacia el mileísmo y quedó reducido, en gran parte, a su bastión histórico: la Ciudad de Buenos Aires. Pero también percibe algo que hace apenas un año parecía imposible: el desgaste acelerado del gobierno libertario, la caída de la confianza social y una creciente fatiga en sectores urbanos que acompañaron a Milei con expectativas muy altas.
En ese escenario, Macri parece haber tomado una decisión política: dejar de actuar como socio silencioso y volver a posicionarse como jefe opositor dentro de la derecha argentina.
El reciente endurecimiento discursivo del PRO, con documentos donde se cuestiona la “soberbia” y la “arrogancia” del oficialismo, no es casualidad. Es un mensaje interno y externo. Interno, para evitar la disolución definitiva del macrismo dentro del universo libertario. Externo, para recordarle a Milei que todavía existe un electorado liberal-conservador que no necesariamente se siente cómodo con el estilo confrontativo del Presidente.
Ahora bien, ¿Macri tiene chances reales?
Hoy parece difícil imaginarlo ganando una elección presidencial. Sus niveles de imagen siguen siendo altos en el núcleo duro antikirchnerista, pero también conserva un rechazo muy elevado en amplios sectores sociales. Algunos estudios recientes lo muestran todavía competitivo dentro del electorado liberal, aunque lejos de liderar la conversación nacional.
Sin embargo, el objetivo de Macri tal vez no sea ganar.
Su verdadera carta puede ser otra: convertirse en el dueño de un porcentaje decisivo del electorado de centroderecha. Un 8%, 10% o 12% nacional podría alcanzar para condicionar a Milei, forzar acuerdos y evitar que La Libertad Avanza absorba completamente al PRO. Ahí aparece la hipótesis que más preocupa en Casa Rosada: un Macri candidato no para llegar primero, sino para impedir que Milei gane cómodo.
La Ciudad de Buenos Aires también explica buena parte de esta estrategia. Para el macrismo, perder CABA sería mucho más que una derrota electoral: sería el final simbólico de un proyecto político que gobernó el distrito durante casi dos décadas. Por eso la presión sobre Milei aumenta cada vez que el oficialismo nacional intenta disputar territorio porteño con candidatos propios o cuestionando la gestión de Jorge Macri.
Macri entiende que, sin Ciudad, el PRO corre riesgo de convertirse en una fuerza testimonial. Y también entiende algo más profundo: si Milei logra quedarse con el voto anti kirchnerista y además conquista el aparato porteño, el macrismo deja de ser imprescindible.
Por eso el expresidente parece moverse en dos planos simultáneos. Por un lado, mantiene abierta la posibilidad de un acuerdo con Milei. Por el otro, reconstruye músculo político, reactiva vínculos en el interior y deja trascender encuestas, reuniones y gestos que lo muestran nuevamente en carrera.
En definitiva, Macri hoy juega a algo más complejo que una simple candidatura. Está intentando evitar la desaparición política del PRO y, al mismo tiempo, recordarle al Presidente que la derecha argentina todavía no tiene un dueño definitivo.
Y en política, cuando un dirigente vuelve a caminar el país, endurece el discurso y empieza a medir escenarios, rara vez lo hace solo para mirar desde afuera.