
El último sábado, Máximo Kirchner emitió un discurso muy duro contra Axel Kicillof, “Los que hablan de unidad ni siquiera son capaces de ir a verla”, disparó suelto de cuerpo. Después mandó a su “chirolita”, el presidente del bloque de diputados del kirchnerismoi en la provincia de Buenos Aires, Facundo Tignanelli: “Cualquier dirigente del peronismo que aspire a conducir los destinos de un municipio, la provincia o el país, tiene que hablar con CFK. Porque es la que sabe y es la que entiende que es lo que pasa. Y es la que no fallo en las caracterizaciones que ha hecho de las circunstancias”.
El exceso de obsecuencia de Tignanelli es la lógica de construcción que viene teniendo La Cámpora desde su nacimiento como agrupación al calor del Estado y los contratos públicos, lo que debería saber el legislador es que el dedo de Cristina es el que eligió como sus vice presidentes a Cobos, el radical del no positivo y luego a Amado Boudou, el que quiso quedarse con la máquina de hacer billetes, al que le cortó el dialogo y lo mandó al ostracismo de su mandato.
Su dedo también fue el que señaló a Scioli, a Alberto Fernández y por último a Massa, tras tratar de mandar al muere a Kicillof contra Milei, como contamos ayer, para que el multimillonario amigo del hijo, Martín Insaurralde y los camporistas se quedaran con la Provincia.
Ayer otros de sus laderos hicieron un papelón olímpico en la legislatura bonaerense. Finalizado el temario, el intendente en uso de licencia de José C. Paz pidió la palabra para cuestionar que sus dos proyectos de emergencia -una alimentaria y la otra sanitaria- no hayan contado con los dos tercios necesarios en Labor Parlamentaria para ser tratados sobre tablas.
"El gobernador no quiso que se trate sobre tablas", acusó directamente Ishii, que sostuvo que, con el giro a comisión de los expedientes, "esto se dilata" cuando "es un tema que no puede esperar".
"Yo invité al gobernador a que camine un poco por el Conurbano, dos o tres veces, para que vea cómo están desbordados los hospitales y la falta de insumos que hay. No lo ha hecho", acusó Ishii.
Ahí, intervino Magario para informarle que se habían cumplido los cinco minutos establecidos para las exposiciones por temas que no fueron acordados en Labor Parlamentaria. "Sí, pero necesitaría hablar, son temas que nos competen a todos", dijo Ishii. "Se terminó el tiempo", insistió la titular del Senado.
"Esto es más importante que todos los proyectos que se han presentado", retrucó el paceño que había empezado a elevar el tono cuando Magario le cortó el micrófono.
Pero las cosas lejos estuvieron de calmarse ya que quien siguió en el uso de la palabra fue Sergio Berni. "Me gustaría que nuestro compañero, su compañero -remarcó en dirección a Magario- pueda terminar de expresar lo que estaba diciendo. No me parece correcto que en este recinto se le corte el micrófono a alguien".
Después apuntó directamente contra Kicillof: “En momentos que el gobernador desde su mirada de izquierda escribía artículos que tenían que ver con una oposición a las políticas económicas de Néstor Kirchner, la presidenta le abrió la puerta, lo llevó como gerente de Aerolíneas, lo hizo viceministro de Economía, ministro de Economía, todos los compañeros trabajamos para que sea diputado nacional". Magario le volvió a cortar el micrófono.
La paradoja del kirchnerismo duro es que parece haber llegado a un punto donde la preservación de su identidad política vale más que la posibilidad de volver a gobernar. En esa lógica, Axel Kicillof dejó de ser un compañero de espacio para convertirse en una amenaza. No porque haya roto con el peronismo, sino porque representa la posibilidad de un liderazgo propio, autónomo y con capacidad de disputar la conducción de un movimiento que durante dos décadas giró alrededor del apellido Kirchner.
Por eso la consigna implícita parece ser una sola: si el futuro del peronismo no les pertenece, entonces que no exista futuro posible. La virulencia de los ataques, las operaciones permanentes y la búsqueda constante de erosionar la autoridad del gobernador bonaerense reflejan más una pelea por el poder interno que una discusión estratégica sobre cómo reconstruir una alternativa frente a Javier Milei.
Lo más llamativo es que quienes cuestionan a Kicillof con mayor dureza no muestran el mismo nivel de coherencia cuando se trata de administrar las cuotas de poder que todavía conservan. Nadie renuncia a los cargos, nadie abandona los ministerios, nadie devuelve los espacios conquistados dentro de la estructura provincial. Se combate al gobernador en los discursos mientras se sostienen los beneficios de su gestión en los hechos.
La pregunta que sobrevuela al peronismo es tan simple como incómoda: ¿están dispuestos algunos sectores a facilitar una nueva victoria de Milei con tal de impedir que Kicillof se convierta en el próximo conductor del movimiento? Cada gesto parece acercar la respuesta a una conclusión inquietante. Porque para ciertos dirigentes, perder una elección puede ser un costo aceptable. Lo verdaderamente imperdonable sería que otro peronista acumule el poder que ellos consideran propio.