

Hay momentos en que la realidad rompe cualquier relato político. Le pasó al actor Marcelo Mazzarello, uno de los artistas que públicamente respaldó a Javier Milei y defendió el ajuste libertario. Esta semana tuvo que salir desesperadamente a denunciar que su hermana, operada de un tumor, no podía acceder a estudios médicos porque prestadores del PAMI en Bariloche habían suspendido servicios por falta de pago.
El caso tomó estado público y apareció una solución. Pero justamente ahí está el drama argentino de este tiempo: cuando el problema le toca a alguien conocido, el sistema reacciona; cuando le toca a miles de jubilados anónimos, simplemente se naturaliza el abandono.
La tragedia no es solo lo que le pasó a la hermana de Mazzarello. La tragedia es que lo mismo ocurre todos los días en hospitales públicos colapsados, en clínicas que dejan de atender obras sociales, en pacientes oncológicos que esperan meses una autorización, en jubilados que recortan remedios porque no pueden pagarlos y en familias enteras destruidas por el costo de una enfermedad.
El ajuste libertario encontró en la salud uno de sus blancos principales. Y no se trata solamente del PAMI. El deterioro atraviesa a las obras sociales sindicales, a las prepagas, a la atención pública y a los sistemas de discapacidad. La lógica es siempre la misma: reducir gasto, licuar prestaciones y transformar derechos básicos en mercancías inaccesibles.
El caso del PAMI es especialmente brutal porque afecta a uno de los sectores más vulnerables de la sociedad. Jubilados que trabajaron toda su vida hoy tienen que mendigar turnos, soportar demoras interminables o enfrentar recortes en medicamentos. Incluso hubo cambios en las coberturas que generaron enorme preocupación entre afiliados y pensionados.
Pero probablemente el rostro más cruel de este modelo aparezca en el área de discapacidad. Durante meses se multiplicaron las denuncias de personas obligadas a realizar auditorías humillantes para demostrar enfermedades permanentes. Personas en silla de ruedas esperando durante horas para probar que siguen sin poder caminar. Familias trasladando chicos con discapacidades severas para atravesar revisiones degradantes. Todo bajo el discurso oficial de combatir “curros”.
La palabra “curro” se convirtió en una herramienta política para justificar cualquier recorte. Se habló de “curros” en los comedores, en las pensiones, en las organizaciones sociales, en discapacidad y hasta en la asistencia alimentaria. Pero mientras se demoniza a los sectores vulnerables, la realidad social empeora a una velocidad alarmante.
En el conurbano bonaerense crece la malnutrición infantil, aumentan las familias que saltean comidas y los comedores populares denuncian que ya no reciben alimentos suficientes tras los recortes del Ministerio de Capital Humano. El problema dejó de ser solamente el desempleo: ahora incluso trabajadores formales tienen dificultades para alimentarse correctamente.
La Argentina está entrando en una zona peligrosísima donde la pobreza ya no es solo económica sino también sanitaria y nutricional. Porque una sociedad que no puede alimentarse bien tampoco puede desarrollarse, estudiar ni curarse.
El mileísmo prometía eficiencia, pero lo que aparece cada vez con más claridad es otra cosa: insensibilidad. Una mirada donde el sufrimiento ajeno queda subordinado a la planilla de Excel del ajuste fiscal. Donde el Estado solamente interviene cuando el escándalo se vuelve público o viral.
Lo de Marcelo Mazzarello termina funcionando como una metáfora incómoda del país actual. Muchos de los que apoyaron este modelo empiezan a descubrir que el ajuste no era una abstracción televisiva. El recorte finalmente llega al hospital, al remedio, al estudio médico, a la silla de ruedas, al comedor del barrio y a la mesa familiar.
Y cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a la humillación de los más débiles, ya no está frente a un simple programa económico. Está frente a una degradación moral profunda.
Porque la crueldad, cuando se vuelve política de Estado, termina destruyendo mucho más que la economía: destruye el vínculo humano que mantiene unida a una comunidad.