Macri, el desastre que el mileísmo quiere olvidar

Macri, el desastre que el mileísmo quiere olvidar

Macri, el desastre que el mileísmo quiere olvidar
Por: Pablo López


Victoria Liendo aparece como una nueva voz femenina para un oficialismo acostumbrado a expresarse a través de varones. Su mirada sobre el macrismo, reducido a un gobierno de buenas intenciones que habría sido demasiado tibio frente al kirchnerismo, omite una pregunta incómoda: ¿qué pasó con la economía argentina durante los cuatro años de Mauricio Macri? El mileísmo parece perder el foco cuando pretende convertir los fracasos del pasado en una justificación permanente del presente.

Hay una operación política que empieza a tomar forma en el universo libertario: revisar la historia reciente para repartir responsabilidades, absolver a los propios y presentar cada fracaso como consecuencia de no haber ido lo suficientemente lejos. En esa reconstrucción, Mauricio Macri habría sido un presidente demasiado moderado, un dirigente que quiso cambiar la Argentina, pero no se animó a enfrentar con decisión al kirchnerismo. Una suerte de experiencia bienintencionada que quedó a mitad de camino.

Victoria Liendo parece encajar en ese nuevo dispositivo cultural. Escritora, editora y doctora en Letras, se convirtió en protagonista de la conversación pública después de sus declaraciones sobre el kirchnerismo y las protestas juveniles en Francia. El propio Javier Milei amplificó la polémica en sus redes sociales. Su aparición ofrece al oficialismo una voz femenina de perfil intelectual para reforzar una narrativa que suele tener como principales protagonistas a varones del mundo político, económico y mediático.

Pero el problema no es que Liendo critique al kirchnerismo. Tiene todo el derecho a hacerlo. El problema aparece cuando una mirada tan severa sobre una experiencia política se vuelve indulgente con otra que también dejó consecuencias económicas y sociales profundas.

¿De verdad el principal problema del gobierno de Macri fue haber sido tibio? ¿O esa explicación permite evitar el balance de una gestión que prometió normalizar la economía, recuperar la confianza, bajar la inflación y terminar con los problemas estructurales del país, pero terminó con una crisis cambiaria, una inflación superior al 50% y un endeudamiento extraordinario con el Fondo Monetario Internacional?

La Argentina que recibió Macri: una herencia difícil, pero distinta

Mauricio Macri asumió en diciembre de 2015 en una Argentina con problemas serios. Había controles cambiarios, escasez de reservas líquidas, estancamiento económico, inflación elevada y desequilibrios fiscales y externos. Negar esa realidad sería tan equivocado como presentar aquel escenario como si el país estuviera al borde de una catástrofe inevitable.

La economía venía de años de crecimiento irregular, con distorsiones de precios relativos, dificultades para acceder a los mercados internacionales de crédito y una discusión todavía abierta sobre la calidad de las estadísticas públicas. El déficit fiscal era considerable: las estimaciones del resultado primario para 2015 rondaban el 3,8% del PBI, mientras que el resultado financiero, incluidos los intereses, era aún más negativo.

Sin embargo, también existían activos que la gestión de Cambiemos recibió y que luego no logró transformar en un proceso de crecimiento sostenido. La deuda pública tenía un componente externo relativamente bajo en comparación con el que alcanzaría al finalizar el mandato, el mercado interno conservaba una dimensión importante y la inflación, aunque alta, se ubicaba en torno al 25-28% anual según las mediciones disponibles para aquel período.

No era una economía ordenada ni desendeudada en términos absolutos. Tampoco era una economía sin déficit. Pero el peso de la deuda externa, la dinámica de los vencimientos y el margen de financiamiento eran distintos de los que dejaría Macri cuatro años después.

La discusión histórica exige reconocer ambas caras de la herencia: las dificultades que había que corregir y las condiciones que la nueva administración tenía para hacerlo.

Las promesas de Cambiemos y el resultado de la gestión

Macri llegó al poder con una promesa de cambio. La normalización económica, la llegada de inversiones, la reducción gradual del déficit y el combate contra la inflación debían inaugurar una etapa de crecimiento. El oficialismo de entonces confiaba en que la recuperación de la confianza, la apertura económica y el regreso al crédito internacional permitirían superar los problemas heredados.

La realidad terminó siendo muy diferente.

La inflación anual pasó de aproximadamente el 27% en 2015 al 53,8% en 2019. La pobreza, medida por el INDEC, subió del 26,9% al 35,5% entre los segundos semestres de esos años. El salario real perdió poder adquisitivo y la actividad económica terminó por debajo del nivel de fines de 2015.

La deuda pública bruta también aumentó con fuerza en relación con el tamaño de la economía. Las series comparables sitúan el indicador en torno al 52,6% del PBI al cierre de 2015 y cerca del 89,8% al terminar 2019, aunque la evolución de este cociente depende del tipo de cambio, la metodología y la cobertura de la deuda considerada.

No se trató solamente de una mala coyuntura. El programa económico perdió credibilidad, la crisis cambiaria de 2018 obligó a modificar la estrategia y el país volvió a recurrir al FMI por un acuerdo extraordinario. En 2019, el propio Macri reconoció su frustración por no haber conseguido mejores resultados en inflación y salarios.

El macrismo puede reivindicar la normalización de determinadas variables, la reducción del déficit primario respecto de 2015 y algunos avances en materia energética y exportadora. Pero esos logros no borran el balance general: la Argentina terminó el mandato con más inflación, mayor pobreza, una economía en recesión y una dependencia mucho más intensa del financiamiento externo.

Reducir todo eso a la falta de firmeza frente al kirchnerismo es una manera conveniente de evitar el debate sobre las decisiones económicas que tomó el propio gobierno.

El FMI no fue una anécdota

El regreso al Fondo Monetario Internacional fue uno de los episodios más determinantes del gobierno de Macri. La administración había apostado a financiar gradualmente sus desequilibrios mediante el endeudamiento y la recuperación de la confianza de los mercados. Cuando ese esquema se quebró, el crédito del organismo se convirtió en una pieza central de la estrategia de supervivencia económica.

Macri explicó al finalizar su gestión que el 95% de los fondos del préstamo se había destinado a cubrir vencimientos de deuda en dólares y otros compromisos financieros. También reconoció que la deuda total había pasado de unos 240.000 millones de dólares en diciembre de 2015 a aproximadamente 310.000 millones al terminar su mandato.

La discusión no se resuelve diciendo que toda la deuda fue utilizada para financiar gastos corrientes, porque no fue eso lo que ocurrió. Pero tampoco alcanza con sostener que el dinero se usó para pagar obligaciones anteriores y que, por lo tanto, no hubo un problema de gestión.

La pregunta decisiva es por qué un gobierno que prometía recuperar el crédito, atraer inversiones y estabilizar la economía terminó dependiendo de un programa de asistencia extraordinaria, sin conseguir una recuperación duradera.

El endeudamiento puede ser una herramienta de desarrollo cuando financia inversiones productivas, amplía la capacidad exportadora o permite atravesar una crisis transitoria. Cuando no consigue estabilizar la economía y deja al país más expuesto a los movimientos del dólar y a las condiciones de los acreedores, se convierte en una restricción para el gobierno siguiente.

Ese es uno de los legados más difíciles de la experiencia macrista. Y es justamente el que una revisión indulgente de aquellos años corre el riesgo de dejar en segundo plano.

El mileísmo y la tentación de reescribir el pasado

El fenómeno Liendo permite observar un movimiento más amplio. El mileísmo no busca solamente discutir con el kirchnerismo: también necesita reconstruir el pasado reciente de una manera que legitime su propia identidad política.

Macri, en esa lectura, habría fracasado por gradualista. Los dirigentes que intentaron negociar, moderar los conflictos o administrar las contradicciones del sistema serían responsables de no haber llevado adelante una transformación más profunda. La lección que se desprende de esa interpretación es que la Argentina no necesita menos errores, sino una versión más decidida de la misma voluntad de ruptura.

Pero esa explicación tiene una falla: confunde la intensidad de las decisiones con la calidad de sus resultados.

Un gobierno puede actuar con dureza, reducir el gasto, confrontar con sus adversarios y sostener un discurso de ruptura, y aun así equivocarse en el diagnóstico, en la instrumentación o en las consecuencias sociales de sus políticas. La firmeza no reemplaza a la eficacia económica. La convicción ideológica tampoco garantiza que una medida funcione.

El macrismo ofrece un ejemplo concreto de esa diferencia. No fue un gobierno que evitara toda reforma: eliminó controles cambiarios, modificó impuestos, abrió la economía financiera y recurrió intensamente al crédito externo. Sin embargo, esas decisiones no produjeron la estabilidad ni el crecimiento prometidos.

Por eso, describirlo simplemente como una administración de buenas intenciones que no se animó a enfrentar al kirchnerismo es una interpretación incompleta. Y usarla para presentar al mileísmo como la versión que sí se atreve a hacer lo necesario supone dar por probado aquello que la realidad debe demostrar.

Del palacio a la vida cotidiana

Mientras las discusiones ideológicas se multiplican, hay una Argentina que no participa de las batallas culturales de las redes sociales. Es la de quienes deben hacer rendir el sueldo, sostener un comercio, pagar los servicios, comprar medicamentos o mantener a sus hijos.

La política corre el riesgo de encerrarse en una realidad palaciega: dirigentes, intelectuales y militantes que discuten quién representa mejor la tradición antikirchnerista, quién fue demasiado moderado y quién tiene la valentía suficiente para profundizar una transformación. Entretanto, el ciudadano evalúa algo mucho más concreto: si vive mejor, si puede planificar el futuro y si su esfuerzo alcanza para sostener a su familia.

El mileísmo prometió terminar con la inflación, ordenar las cuentas públicas y devolverle previsibilidad a la economía. Esos objetivos pueden ser legítimos, pero deben medirse por sus resultados y por el costo que soporta la sociedad para alcanzarlos. El equilibrio fiscal, por sí solo, no responde todas las preguntas sobre empleo, salarios, consumo, inversión y desarrollo.

La experiencia de Macri debería servir como advertencia para cualquier administración que crea que la confianza de los mercados y el respaldo de una parte de la sociedad alcanzan para sostener un programa económico. Sin resultados persistentes en la economía real, la estabilidad política y la credibilidad también se deterioran.

Y ahí aparece la contradicción que el oficialismo necesita resolver: si la experiencia macrista terminó mal pese a sus promesas de normalización, ¿por qué su fracaso debería ser interpretado únicamente como una falta de decisión y no también como una advertencia sobre los límites de determinadas recetas?

Una sociedad que no quiere repetir ninguno de los dos fracasos

La Argentina atraviesa una tensión que no puede resolverse con una nueva batalla cultural. Una parte de la sociedad está agotada por la experiencia kirchnerista y no quiere regresar a sus prácticas, sus conflictos ni sus problemas económicos. Otra parte observa con preocupación los costos del experimento libertario y tampoco encuentra en el pasado macrista una alternativa tranquilizadora.

Esa doble resistencia es el dato político que las dirigencias suelen subestimar. El rechazo a una experiencia no equivale automáticamente a la adhesión a su adversaria. La gente puede estar decepcionada del kirchnerismo y, al mismo tiempo, cuestionar a Milei. Puede haber votado por un cambio profundo sin aceptar que el sacrificio económico se convierta en una condición permanente de su vida cotidiana.

La grieta mantiene a la sociedad atrapada entre dos pasados que no terminan de cerrarse y un presente que todavía debe demostrar sus promesas. En ese escenario, la nostalgia por Macri no constituye una respuesta suficiente, del mismo modo que la reivindicación de la moderación no alcanza para rehabilitar al kirchnerismo.

Tampoco alcanza con afirmar que todo fracaso anterior se explica porque no se fue lo suficientemente lejos. Esa lógica transforma cualquier resultado adverso en una excusa para profundizar el mismo camino, en lugar de revisar los errores y corregir el rumbo.

Victoria Liendo puede convertirse en una voz relevante de la discusión cultural libertaria. Su crítica al kirchnerismo forma parte de un debate legítimo. Pero cuando la conversación pública se concentra en el resentimiento de los adversarios y deja en segundo plano las consecuencias de las políticas económicas propias, el análisis pierde profundidad.

El desafío de la Argentina no es decidir qué sector tiene más pureza ideológica ni cuál fue más valiente en su enfrentamiento con el pasado. Es construir una economía que pueda sostener el crecimiento, mejorar los ingresos y ofrecer un horizonte de previsibilidad.

Macri prometió una normalización que no logró consolidar. El kirchnerismo dejó problemas estructurales que tampoco resolvió. Y Milei deberá ser juzgado por lo que ocurra durante su propia gestión, no por la cantidad de veces que recuerde los errores de sus antecesores.

Porque la sociedad argentina puede rechazar el pasado sin resignarse a que el presente sea una promesa incumplida. Y puede exigir un cambio profundo sin aceptar que la única alternativa sea elegir entre dos fracasos.

Publicado el: 2026-10-27