
El peronismo venía golpeado, con la autoestima electoral en baja y demasiadas discusiones internas como para ofrecer una imagen de fortaleza. Las derrotas, la falta de un liderazgo indiscutido y las dificultades para construir una propuesta que vuelva a entusiasmar a una parte de la sociedad habían instalado un clima de preocupación. Pero la victoria de Lula da Silva en Brasil modificó, al menos por un rato, ese estado de ánimo.
El triunfo del líder del Partido de los Trabajadores (PT) sobre Flávio Bolsonaro, el candidato respaldado por Javier Milei, fue recibido como mucho más que una noticia internacional. Para el peronismo significó una señal de que las fuerzas políticas identificadas con la tradición popular todavía pueden disputar el poder, incluso cuando enfrentan adversarios que parecen contar con el viento regional a favor.
La celebración tuvo algo de desahogo. Cristina Kirchner, Axel Kicillof y Sergio Massa salieron a saludar el resultado, mientras distintos sectores del peronismo encontraron en la remontada brasileña un motivo para recuperar el entusiasmo. La victoria de Lula, que había quedado detrás de su adversario en la primera vuelta, terminó alimentando la esperanza de que ningún escenario electoral está definitivamente cerrado.
Pero hubo un dirigente que decidió jugar sus fichas antes de conocer el desenlace: Massa.
El líder del Frente Renovador fue quien más se comprometió anticipadamente con la posibilidad de una victoria de Lula. Según trascendió, contaba con encuestas que mostraban al presidente brasileño con posibilidades concretas de imponerse y decidió actuar en consecuencia.
El sábado, antes de que se conociera el resultado definitivo, Massa envió a Brasil una delegación de su espacio integrada por Cecilia Moreau y Sebastián Galmarini. La decisión no fue solamente una señal de respaldo político al mandatario brasileño. También implicó una apuesta a fortalecer los vínculos con el PT y a posicionarse en una relación regional que puede tener importancia en la discusión política argentina de los próximos años.
Massa se la jugó antes de la elección. Si Lula perdía, el gesto podía quedar asociado a una apuesta fallida. Con el resultado favorable, en cambio, el exministro de Economía quedó entre los dirigentes argentinos que habían decidido involucrarse cuando todavía existía incertidumbre.
Su mensaje del sábado, con la frase “Hoy, como ayer, del lado de Lula de la vida”, resumió esa toma de posición. Al día siguiente, con la victoria confirmada, Massa reivindicó la trayectoria del dirigente brasileño, su origen obrero y su defensa de la soberanía y los recursos nacionales.
En términos políticos, la decisión le permitió diferenciarse dentro de una oposición que todavía discute cómo reorganizarse, qué liderazgo necesita y qué estrategia debe adoptar frente al Gobierno. Pero el rédito de una apuesta internacional no equivale, por sí mismo, a una recuperación del capital político doméstico. Esa es una discusión que Massa y el resto del peronismo todavía tienen por delante.
El resultado brasileño ofrece una imagen tentadora para una oposición argentina que necesita recuperar expectativas. Lula consiguió revertir una primera vuelta adversa y ganó el balotaje con alrededor del 51,8% de los votos válidos, frente al 48,2% de Flávio Bolsonaro. La remontada demostró que una ventaja inicial no determina necesariamente el desenlace de una elección.
Sin embargo, trasladar esa experiencia a la Argentina exige cautela. Brasil tiene su propia historia política, sus particularidades sociales y económicas y una dinámica electoral que no puede reducirse a una réplica de la disputa entre Milei y el peronismo.
Hay, además, una diferencia central: el rechazo a un gobierno no significa automáticamente adhesión a su principal oposición. Un elector puede estar disconforme con Milei y, al mismo tiempo, no querer volver a votar al peronismo. Esa franja de la sociedad es uno de los principales interrogantes que deberá resolver cualquier proyecto opositor con aspiraciones de volver al poder.
El peronismo parece haber recuperado entusiasmo con Lula, pero todavía carga con el recuerdo de su última experiencia de gobierno. La inflación, la pérdida de poder adquisitivo, las dificultades económicas y las internas que marcaron aquel período siguen presentes en la memoria de una parte importante de la población. No alcanza con señalar los problemas de la gestión libertaria para borrar ese antecedente.
Ese es el fantasma que sobrevuela cualquier intento de reconstrucción: el recuerdo de un pasado reciente que todavía condiciona la posibilidad de ofrecer una alternativa creíble. La oposición puede capitalizar errores del oficialismo, pero también necesita explicar qué haría de manera diferente y por qué su regreso no significaría una repetición de los problemas que contribuyeron a su derrota.
La discusión de fondo pasa por comprender que la sociedad argentina no está necesariamente dividida entre quienes apoyan a Milei y quienes desean el regreso del peronismo. Hay sectores que acompañaron al Presidente por convicción, otros que lo hicieron como respuesta a la crisis anterior y muchos que mantienen una relación cambiante con ambas fuerzas.
El rechazo a Milei puede crecer por las consecuencias económicas de su programa, por sus conflictos políticos o por el desgaste propio de la gestión. Pero todavía está por verse si ese malestar alcanza para construir una mayoría dispuesta a acompañar al peronismo. Incluso es posible que, para determinados segmentos del electorado, el temor a una nueva experiencia peronista conserve una intensidad comparable o superior a la preocupación que genera el rumbo del Gobierno.
Esa tensión explica por qué la victoria de Lula puede entusiasmar a la dirigencia sin resolver sus problemas de fondo. Brasil demuestra que una fuerza política puede recuperarse, reorganizarse y revertir un escenario adverso. No demuestra que cualquier oposición pueda hacer lo mismo, ni que el electorado argentino vaya a reproducir el comportamiento del brasileño.
El desafío, entonces, no consiste solamente en encontrar un Lula argentino. Consiste en reconstruir una propuesta que combine identidad política, renovación dirigencial y respuestas concretas a las preocupaciones cotidianas. También exige resolver las disputas internas sin convertir cada diferencia en una nueva fractura.
Por ahora, el triunfo brasileño produjo un efecto inmediato: sacó al peronismo de la tristeza y le devolvió una dosis de esperanza cuando más la necesitaba. Massa se anticipó al resultado y asumió un riesgo político que terminó favoreciéndolo. Cristina y Kicillof también encontraron motivos para celebrar.
Pero la alegría tiene un límite. Las elecciones se ganan en cada país, con sus propios problemas, candidatos y memorias colectivas. Lula les mostró a los dirigentes peronistas que una derrota no siempre es definitiva. Lo que no puede hacer por ellos es resolver las razones por las que una parte de la sociedad argentina todavía desconfía de su regreso.
La victoria de Brasil puede funcionar como un estímulo, una referencia y una oportunidad para revisar estrategias. La reconstrucción del peronismo, en cambio, dependerá de su capacidad para ofrecer algo más que el rechazo a Milei. Porque una cosa es que la sociedad quiera ponerle límites al Gobierno y otra, muy distinta, es que esté dispuesta a devolverle el poder a quienes lo ejercieron antes.