
El respaldo que la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, le brindó al programa económico de Javier Milei durante su visita a la Argentina dejó una imagen pública de sintonía entre el organismo y el Gobierno. Sin embargo, detrás de los elogios también aparecieron señales de preocupación que, puertas adentro, revelan cuáles son hoy las principales inquietudes del FMI respecto del futuro del plan libertario.
La mayor alarma no parece estar puesta en las variables macroeconómicas sino en la política. Según trascendió de las reuniones que mantuvo en Buenos Aires, Georgieva manifestó inquietud por la falta de consenso social y político que rodea al severo ajuste fiscal impulsado por la administración de Milei.
Para el Fondo, las cuentas públicas pueden mejorar, las reservas pueden fortalecerse y la inflación continuar descendiendo, pero ninguna de esas variables garantiza por sí sola la continuidad del programa si el respaldo político comienza a erosionarse.
El razonamiento no es nuevo dentro del organismo. El FMI ha comprobado durante décadas que los programas económicos más ambiciosos fracasan cuando pierden legitimidad social. Argentina, además, representa un caso especialmente sensible: es el mayor deudor del Fondo y cualquier crisis política que altere el rumbo económico tendría consecuencias directas sobre el repago de la deuda.
Las encuestas de los últimos meses muestran un deterioro de la imagen presidencial y un aumento del malestar por la situación económica cotidiana. La caída del consumo, el estancamiento de los ingresos y el crecimiento del endeudamiento de los hogares empiezan a configurar un escenario que el Fondo sigue con atención.
Paradójicamente, Georgieva continúa defendiendo el rumbo general del programa económico. Durante su visita destacó el equilibrio fiscal alcanzado, la reducción de la inflación y la acumulación de reservas, al tiempo que sostuvo que Argentina hoy está en mejores condiciones para cumplir con sus compromisos financieros y descartó la necesidad de un nuevo desembolso extraordinario.
Pero el respaldo vino acompañado de una advertencia implícita: el crecimiento económico debe comenzar a sentirse fuera de las planillas del Ministerio de Economía. Si la recuperación no alcanza a las pequeñas y medianas empresas, al empleo formal y al poder adquisitivo de los salarios, el capital político que sostiene las reformas podría comenzar a agotarse.
En el FMI saben que la economía no funciona aislada de la política. Un programa de ajuste puede resultar técnicamente consistente, pero necesita gobernabilidad para sobrevivir. Y esa gobernabilidad depende de la capacidad de un gobierno para conservar apoyo ciudadano aun cuando los costos sociales del ajuste se vuelven cada vez más visibles.
La preocupación de Georgieva, entonces, no parece ser un cambio de opinión sobre Milei, sino el temor de que el desgaste político termine comprometiendo aquello que el Fondo considera su principal éxito en la Argentina: la continuidad del programa económico.
Porque, en definitiva, el mayor riesgo para el FMI no es que las cuentas fiscales dejen de cerrar. Es que el consenso necesario para sostenerlas empiece a desaparecer antes de que lleguen los beneficios que el Gobierno promete.