Los jóvenes libertarios no van a la UBA

Los jóvenes libertarios no van a la UBA

Los jóvenes libertarios no van a la UBA
Por: Pablo López


Los resultados de las elecciones en la Universidad de Buenos Aires vuelven a confirmar una hipótesis que incomoda a más de uno: el voto joven libertario no tiene su base en el universo universitario tradicional. Al menos, no en la UBA. Allí, como desde hace años, predominan espacios vinculados al progresismo, al reformismo clásico y a la izquierda. Es un ecosistema con reglas propias, donde la discusión política circula en códigos muchas veces ajenos a la realidad social más extendida.

La tentación de extrapolar ese resultado al conjunto de los jóvenes argentinos es, sin embargo, un error de diagnóstico. Porque si algo mostró el último ciclo electoral es que el núcleo duro del voto libertario juvenil no se formó en las aulas universitarias, sino en otro lado: en el conurbano bonaerense, en franjas de jóvenes que durante años se percibieron sin horizonte.

Ahí aparece una primera clave sociológica. El joven universitario de la UBA, incluso con dificultades, suele tener un capital cultural y expectativas de movilidad más claras. El joven del conurbano, en cambio, convive con otra experiencia: la precariedad, la informalidad, la cercanía cotidiana con problemas como el consumo de drogas, la inseguridad y la falta de oportunidades concretas. No es una discusión teórica. Es una vivencia.

Ese contraste también explica el rechazo hacia el kirchnerismo en amplios sectores juveniles fuera del circuito universitario. No necesariamente por una adhesión ideológica profunda a las ideas libertarias, sino por hartazgo. Hartazgo con lo que perciben como un sistema cerrado, donde las “castas municipales” se reproducen sin alternancia real. Apellidos que se repiten durante décadas, estructuras que no cambian.

Casos como el de la familia Descalzo en Ituzaingó o trayectorias políticas extendidas como la de Jorge Degli Innocenti en Avellaneda —con continuidad incluso en la siguiente generación— funcionan como símbolos de ese fenómeno. No son excepciones: son ejemplos que en muchos distritos se replican con distintas caras.

En paralelo, la construcción juvenil del kirchnerismo, con La Cámpora como emblema, también quedó encapsulada en un modelo que hoy muestra límites. Durante años, su estrategia combinó militancia territorial con inserción en el Estado. Para sus críticos, eso derivó en una lógica de ocupación de estructuras públicas más que en la generación de nuevas ideas o liderazgos.

Ahí aparece otra dimensión del problema: la distancia cultural. Muchas de las banderas que enarboló ese espacio —desde ciertas agendas de género hasta posicionamientos ideológicos más cercanos a la izquierda— encontraron eco en sectores específicos, sobre todo en la clase media universitaria. Pero no necesariamente en las grandes mayorías juveniles del conurbano.

Incluso, algunas de esas agendas generaron rechazo en segmentos de varones jóvenes que sintieron que esas discusiones no solo no los incluían, sino que los cuestionaban. No es un fenómeno exclusivo de la Argentina, pero aquí adquirió particular intensidad. Y fue capitalizado políticamente.

En ese marco, la dirigencia también juega su papel. Muchos referentes del kirchnerismo que supieron representar renovación hoy superan los 50 años, con patrimonios consolidados y trayectorias largas en el poder. Para una parte de los jóvenes, eso los ubica más cerca del sistema que dicen cuestionar que de una alternativa real.

Del otro lado, el fenómeno libertario se alimenta de una promesa distinta: la del progreso rápido, sin intermediarios, sin estructuras tradicionales. Hay, incluso, un componente aspiracional ligado a consumos culturales globales —desde la música urbana hasta las redes sociales— que refuerzan la idea de éxito individual inmediato. No es tanto un programa político coherente como una narrativa de salida personal frente a un sistema percibido como bloqueado.

Desde una mirada más filosófica, podría leerse como el pasaje de una lógica de derechos colectivos a una de expectativas individuales. Donde antes se pedía inclusión, ahora se demanda oportunidad. Y donde no aparece, se rompe con todo.

La incógnita es cuánto resiste esa construcción cuando se enfrenta con la realidad económica. El ajuste en curso pone a prueba ese vínculo. Por ahora, muchos de los jóvenes más politizados dentro del universo libertario mantienen su apoyo a Javier Milei, pero empiezan a mostrar matices respecto del armado político, especialmente en la Ciudad y la provincia de Buenos Aires.

Las críticas apuntan, sobre todo, al rol de Karina Milei en la selección de candidatos, con cuestionamientos por la incorporación de figuras provenientes del peronismo en detrimento de los llamados “puros”. En ese espacio, emergen también referencias informales, ligadas al mundo del streaming y la comunicación digital, que buscan disputar influencia interna.

Ahí se abre otra tensión: la del movimiento que llegó como outsider pero empieza a institucionalizarse. Y en ese proceso, reproduce algunas de las prácticas que antes cuestionaba.

La UBA, en ese contexto, sigue siendo un territorio con lógicas propias. Un laboratorio político, sí, pero no necesariamente representativo del conjunto. Leer sus elecciones como termómetro del voto joven general es, como mínimo, insuficiente.

El verdadero mapa se está dibujando en otro lado. Mucho más lejos de las aulas. Mucho más cerca de una realidad que no siempre entra en los debates universitarios. Y que, por ahora, sigue siendo el terreno donde se juegan las mayorías.

Publicado el: 2026-04-27