
El gobierno de Alberto Fernández llegó a su punto de quiebre mucho antes de terminar su mandato. Venía a los tumbos, sin rumbo claro, atrapado en internas permanentes, y terminó de desmoronarse tras la derrota en las elecciones de medio término, con el escándalo de la foto de Olivos como símbolo de un poder desconectado de la realidad. Mientras tanto, en las sombras —y no tanto— operaba una organización que supo ser la vanguardia juvenil del kirchnerismo, pero que hoy carga con el peso de los años: La Cámpora.
Aquellos jóvenes dirigentes que irrumpieron con fuerza tras la muerte de Néstor Kirchner hoy son cincuentones con poder real. No solo manejaban la lapicera, sino también las cajas más importantes del Estado: YPF, ANSES, PAMI. Desde allí, lejos de consolidar al gobierno que integraban, se dedicaron a limarlo por dentro. Críticas constantes, operaciones políticas y desmarques discursivos marcaron la dinámica de una coalición que nunca terminó de funcionar. Sin embargo, ninguno amagó a renunciar. Nadie soltó el sillón. Porque, en su lógica, los votos —los propios o los heredados— les pertenecían.
O, mejor dicho, le pertenecían a Cristina Fernández de Kirchner. La verdadera jefa. La figura bajo cuya pollera política se refugiaron desde 2010 para copar el Estado y construir un relato que, con el tiempo, se volvió cada vez más cerrado y autorreferencial. En ese esquema, La Cámpora se arrogó la representación de una supuesta “verdad histórica” del peronismo, reinterpretando figuras como Eva y Perón a su conveniencia. La realidad es que el viejo general echó de la Plaza de Mayo a quienes ven como sus padres fundadores, la organización terrorista “Montoneros”.
A la par, impulsaron una agenda discursiva que muchas veces quedó desconectada de las preocupaciones reales de la sociedad. Lenguaje inclusivo, debates identitarios y una visión moralizante de la política donde el que no piensa igual es automáticamente un “gorila”. Una construcción que, lejos de ampliar, terminó encapsulando al espacio en una lógica de minorías intensas. Como un feminismo y aliados radicalizados que no dudarían en criticar a Kicillof por ser “hegemonico”, un rubio de ojos claros, de clase media educada, que encima tiene una familia tradicional con hijos.
Hoy, ese esquema muestra signos evidentes de agotamiento. La conducción ya no enamora, y el liderazgo de Máximo Kirchner genera más respeto interno que adhesión social. Su figura no logra trascender el núcleo duro, sostenido más por la lealtad a su madre que por mérito propio. Mientras tanto, las decisiones estratégicas parecen seguir orbitando en torno a lo que defina Cristina desde su reclusión política en San Telmo.
Los chicos para la liberación tendrán que ver si militar al ex gobernador de San Juan, Sergio Uñac y acordar lapicera con él o acorralar vía Cristina a todas las facciones para que haya listas legislativas conjuntas y caigan los laderos de Máximo, Wado con su traje impoluto y el matancero Facu Tignanelli con un conjunto Adidas originals o una campera de la misma marca con el logo de la AFA, con la lapicera siempre dispuesta para ubicar a su gente.
Pero no contaban con un actor que empezó a jugar su propio partido: Axel Kicillof. El gobernador bonaerense decidió emanciparse, construir volumen propio y correrse parcialmente de la tutela de Cristina. Y lo más relevante: demostró que puede ser votado sin ese aval. Incluso, en algunos sectores, la cercanía con la ex presidenta hoy resta más de lo que suma.
Kicillof ensaya un discurso más moderado, con guiños al centro, aunque eso implique perder votos por izquierda. Un movimiento pragmático que contrasta con la rigidez ideológica de La Cámpora, que sigue atrapada en una identidad más testimonial que de gestión. Porque ahí está la contradicción central: se sientan en el Estado, pero cuando las cosas salen mal, la culpa siempre es de otros.
En paralelo, el peronismo arrastra una tendencia preocupante. Desde 2009, viene perdiendo sistemáticamente las elecciones de medio término. Solo logró imponerse en las presidenciales de 2011 y 2019, ambas bajo contextos muy particulares. El desgaste es evidente, y la sociedad parece haber empezado a pasar factura.
Por primera vez en más de una década, aquellos “chicos de la lapicera” enfrentan una realidad incómoda: el poder ya no es eterno, la representación se erosiona y la tinta —esa que usaban para escribir candidaturas, discursos y destinos— empieza a escasear.
La pregunta ya no es si tienen la lapicera. La pregunta es si todavía tienen algo que escribir.