La zamba de la esperanza que aún encarna Milei

La zamba de la esperanza que aún encarna Milei

La zamba de la esperanza que aún encarna Milei
Por: Pablo López


En la Argentina del ajuste, de la incertidumbre y de los bolsillos cada vez más flacos, hay un dato que incomoda a propios y ajenos: por lo menos 4 de cada 10 argentinos —un poco más, un poco menos, según la encuesta que se mire y ratificado en las elecciones de octubre de 2025— siguen confiando en Javier Milei.

No es un dato menor. Tampoco es fácil de explicar desde la lógica tradicional de la política.

Porque ese respaldo persiste incluso en un contexto adverso: caída del empleo, deterioro del poder adquisitivo y una economía que todavía no logra mostrar signos claros de recuperación para la mayoría. Sin embargo, una parte significativa de la sociedad —sobre todo en los sectores bajos, medios bajos y medios— mantiene viva una expectativa: que las ideas del presidente, tarde o temprano, traigan progreso.

Ahí es donde empieza a sonar esa “zamba de la esperanza”.

Milei no llegó al poder solo por el rechazo al kirchnerismo, aunque ese factor haya sido determinante en el ballotage. Su construcción original fue otra cosa: más transversal, más policlasista, más emocional. Supo interpelar a sectores que no se sentían representados ni por el peronismo ni por Juntos por el Cambio. Construyó una nueva derecha popular, con barro, con lenguaje llano, con una apelación constante al sentido común.

Una derecha que no hablaba desde el privilegio, sino desde el enojo.

Mientras el PRO cargaba con la etiqueta de los “chetos”, Milei se presentaba como alguien que decía lo que muchos pensaban pero nadie en el poder se animaba a decir. Que el dinero público es de todos. Que no se puede despilfarrar. Que había estructuras estatales sobredimensionadas, como el Ministerio de la Mujer, que no lograban cumplir los objetivos para los que habían sido creadas. Que había intermediación en la pobreza y privilegios enquistados.

Ese discurso, más allá de las discusiones ideológicas, conectó.

También lo hizo su promesa de orden. En muchos lugares del conurbano y del sur del Gran Buenos Aires, donde los cortes eran parte de la rutina, hay una percepción concreta: los piquetes disminuyeron. El Puente Pueyrredón dejó de ser un símbolo del caos cotidiano. Y eso, para quienes lo padecían todos los días, no es un detalle menor.

La política muchas veces subestima esas percepciones.

Claro que el gobierno también se ha encargado de erosionar su propia base. Decisiones contradictorias, internas, errores no forzados: tiros en los pies que van minando la confianza de quienes lo votaron. La expectativa no es infinita. La paciencia tampoco.

Pero aún así, hay algo que persiste.

Milei encarna, para muchos, una figura distinta. Genuina en su estilo, frontal en su discurso, ajena a los códigos tradicionales del poder. Esa autenticidad —real o percibida— genera una empatía difícil de construir desde los manuales de marketing político.

Y hay otro factor clave: el derecho a creer.

Una sociedad que se sintió defraudada una y otra vez no abandona tan rápido la esperanza cuando encuentra a alguien que promete romper con lo anterior. Sobre todo si, en algunos puntos centrales, cumplió: ajuste hubo, el Estado se achicó, la pauta oficial se redujo, la obra pública se frenó. Medidas discutibles, con costos altos, pero coherentes con lo que había prometido en campaña.

Esa coherencia, en un país acostumbrado a lo contrario, tiene valor.

Por eso, quienes intenten disputar ese 40% no alcanzarán con señalar errores o denunciar contradicciones. Tendrán que ofrecer algo más profundo: credibilidad. Y, sobre todo, coherencia entre lo que dicen y lo que hacen.

De lo contrario, esa zamba —mezcla de ajuste y esperanza— seguirá sonando.

Y no por imposición, ni por manipulación, sino por algo mucho más simple y más difícil de revertir: porque una parte importante del pueblo argentino todavía decide creer.

 

Publicado el: 2026-03-31