
Durante demasiado tiempo, buena parte del empresariado argentino eligió mirar para otro lado.
Acompañó el discurso de Javier Milei, celebró el orden fiscal, bancó la desregulación, aceptó el ajuste y prefirió esperar. Había una explicación para cada costo y una expectativa detrás de cada sacrificio: primero había que estabilizar la macroeconomía y después, finalmente, llegaría la hora de producir.
Pero esa hora no llega.
Y ahora los industriales parecen haber llegado a una conclusión incómoda: seguir siendo políticamente correctos con el Gobierno puede terminar siendo mucho más peligroso que enfrentarlo.
El Día de la Industria encontró a la relación entre Milei y la Unión Industrial Argentina en un punto de quiebre. El vicepresidente de la UIA, Guillermo Moretti, lanzó una crítica frontal contra el Presidente y sus ministros, a quienes acusó de no conocer el país ni entender lo que significa tener una industria. La respuesta del Gobierno fue igualmente contundente, pero en otro lenguaje: Milei decidió no participar del acto y tampoco estuvieron Luis Caputo ni Diego Santilli.
Ya no hay diplomacia.
Ya no alcanza con una reunión, una foto o una promesa de que el futuro será mejor.
El dato político más importante no es una frase de Moretti.
Es que la UIA parece haber perdido el miedo a decir lo que durante meses muchos empresarios decían solamente en privado.
Porque una cosa es criticar alguna medida puntual del Gobierno y otra muy diferente es cuestionar el modelo.
Y eso es lo que está empezando a suceder.
Los industriales están viendo cómo sus empresas tienen cada vez más dificultades para competir, cómo las importaciones presionan sobre la producción nacional, cómo los costos internos siguen siendo elevados y cómo el mercado interno no termina de recuperarse al ritmo necesario.
Mientras tanto, desde el Gobierno se insiste en que el problema es la falta de productividad, que las empresas deben adaptarse, competir y bajar costos.
El problema es que una fábrica no es una cuenta de Excel.
Tiene trabajadores, proveedores, impuestos, energía, logística, financiamiento, capital de trabajo y un mercado al cual venderle.
Cerrar una fábrica puede ser muy sencillo en un modelo teórico.
Volver a abrirla después puede llevar años.
Y los industriales lo saben.
El Gobierno construyó buena parte de su legitimidad económica sobre una premisa: el sacrificio de hoy es la prosperidad de mañana.
Pero hay empresarios que empiezan a preguntarse cuánto dura el “hoy”.
Porque mientras el Gobierno celebra determinados indicadores macroeconómicos, en las plantas industriales las preguntas son mucho más concretas:
¿Hay demanda?
¿Hay crédito?
¿Se puede competir?
¿Conviene producir o importar?
¿Se puede sostener el empleo?
¿Tiene sentido invertir?
La macroeconomía puede estabilizarse y, al mismo tiempo, una parte de la estructura productiva puede estar debilitándose.
Y ese es precisamente el temor que empieza a aparecer en el discurso empresario.
No se trata de defender un Estado elefantiásico ni de reivindicar todas las regulaciones del pasado.
Se trata de algo mucho más elemental: sin industria no hay desarrollo productivo.
Y sin producción, la estabilidad macroeconómica puede convertirse en una estabilidad estadística mientras la economía real se achica.
Hay otra cuestión política que Milei parece no haber entendido.
Los empresarios que inicialmente lo acompañaron no necesariamente lo hicieron porque compartieran cada una de sus ideas.
Lo acompañaron porque estaban hartos de la Argentina anterior.
Querían estabilidad.
Querían terminar con la inflación.
Querían reglas previsibles.
Querían menos burocracia.
Querían un Estado más eficiente.
Querían poder producir sin que cada decisión empresaria dependiera de un funcionario.
Pero acompañar un programa de reformas no significa entregar un cheque en blanco.
Y mucho menos significa aceptar que toda crítica sea interpretada como una defensa del viejo régimen.
Ese es uno de los grandes errores políticos del Gobierno: creer que quien cuestiona una parte del modelo necesariamente quiere volver al pasado.
No.
Puede existir un empresario que quiera equilibrio fiscal y, al mismo tiempo, una política industrial.
Puede defender la libertad de mercado y pedir condiciones para competir.
Puede rechazar el populismo y, al mismo tiempo, cuestionar determinadas decisiones de Caputo.
Puede haber votado a Milei y estar preocupado por el rumbo económico.
El mundo real es bastante más complejo que las categorías binarias de Twitter.
Por eso adquiere especial importancia que el vicepresidente de la UIA haya puesto el foco también sobre Luis Caputo.
La acusación de que el ministro entiende mejor la lógica financiera que la productiva expresa una fractura que va mucho más allá de una pelea personal.
Es la vieja discusión argentina entre la economía financiera y la economía productiva.
El Gobierno cree que si consigue ordenar las variables macroeconómicas, el resto llegará.
Los industriales responden que el orden macroeconómico es necesario, pero no suficiente.
Porque una economía puede tener equilibrio fiscal y no tener fábricas.
Puede tener inflación descendente y perder empresas.
Puede tener reservas y no tener inversión productiva.
Puede tener un mercado financiero e industrias cerrando.
Y si eso sucede durante demasiado tiempo, la factura aparece después.
Este es el punto que el Gobierno debería escuchar.
La UIA no necesariamente está pidiendo volver al modelo industrial protegido durante décadas.
No está reclamando que el Estado tape todas las ineficiencias.
No está pidiendo que se prohíba importar.
Está reclamando, en definitiva, que producir en Argentina vuelva a ser una actividad posible.
Y si para lograrlo los industriales tienen que enfrentarse públicamente con el Gobierno, parece que están dispuestos a hacerlo.
Porque hay un momento en toda relación política y económica en el que la tolerancia deja de ser prudencia y empieza a convertirse en complicidad.
Ese momento parece haber llegado.
Los empresarios que durante meses eligieron la cautela empiezan a entender que callarse no garantiza que el modelo cambie.
Y que si la industria llega al abismo, nadie va a recordar que durante un año y medio fueron educados, diplomáticos y respetuosos con el poder.
La reacción del Gobierno frente a la UIA tampoco parece casual.
Que Milei decida no concurrir al acto del Día de la Industria después de las críticas de la entidad muestra que la Casa Rosada prefiere confrontar antes que negociar.
Es una estrategia conocida.
Milei convirtió la política en una batalla cultural permanente: quien critica es sospechoso; quien reclama es parte de la casta; quien advierte sobre un problema es acusado de querer que todo fracase.
Pero la industria no funciona con likes.
Una fábrica no se salva con un tuit.
Un trabajador no conserva su empleo con una consigna.
Y una pyme no paga sus costos con una narrativa.
El Gobierno puede ganar la discusión en las redes sociales.
Puede conseguir que sus seguidores insulten a los dirigentes de la UIA.
Puede acusarlos de defender privilegios.
Pero si dentro de seis meses hay menos fábricas, menos empleo industrial y menos producción nacional, el problema ya no será comunicacional.
Será económico.
Y ahí no habrá relato que alcance.
La pelea entre Milei y la UIA es, en el fondo, una discusión sobre qué país quiere construir el Gobierno.
Si la Argentina va a ser solamente un territorio donde entran capitales, se compran activos, se importan bienes y se aprovechan determinadas ventajas financieras y energéticas, o si pretende conservar una estructura industrial capaz de generar empleo, conocimiento, proveedores y valor agregado.
Los industriales parecen haber decidido que ya no quieren mirar esa discusión desde la platea.
Se cansaron de ser caretas.
Se cansaron de decir que todo está bien cuando en sus empresas saben que no todo está bien.
Se cansaron de explicarles a sus trabajadores que hay que esperar un poco más.
Y, sobre todo, se cansaron de tener miedo de decirle al Gobierno que una cosa es ordenar la macroeconomía y otra muy distinta es destruir la economía real.
Porque quizás el mensaje más fuerte que está llegando desde la UIA no sea “estamos en contra de Milei”.
Sea otro:
“Así, no llegamos.”
Y cuando quienes producen empiezan a decir que el modelo los lleva al abismo, sería bueno que el Gobierno deje por un momento de mirar X y empiece a mirar las fábricas.
Porque el abismo no empieza cuando una fábrica cierra.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando quienes todavía la mantienen abierta dejan de creer que vale la pena seguir haciéndolo.