
La grieta argentina ya no divide solamente proyectos políticos. Tampoco enfrenta únicamente a peronistas y antiperonistas, kirchneristas y libertarios, progresistas y conservadores. La grieta se volvió cultural. Se metió en los recitales, en las películas, en las canchas, en las sobremesas familiares y hasta en la forma en que la sociedad procesa sus alegrías colectivas.
Lo más preocupante es que una parte de la dirigencia política y mediática parece incapaz de permitir que exista algo que esté por encima de la disputa partidaria. Todo debe ser apropiado, etiquetado y juzgado según la pertenencia ideológica del momento.
Durante años ocurrió con el Indio Solari. Para sectores de la derecha, su identificación con el kirchnerismo fue motivo suficiente para intentar reducir una de las figuras culturales más importantes de la historia argentina a una simple posición política. Poco importaron décadas de canciones, recitales multitudinarios o el fenómeno social irrepetible que construyó junto a Los Redondos. Había que cancelar al artista porque no coincidía con determinada visión ideológica.
Durante su multitudinario velatorio, los fanáticos del gobierno y anti peronistas o kirchneristas en general, esperaban que pasara alguna tragedia, en el mientras tanto denigraban a quienes lo despedían y al artista. Solo por su manera de pensar. A pesar de ser un artista masivo, popular, un símbolo para generaciones de argentinos de todas las clases sociales, credos o pensamientos, con el delirio gubernamental de “la batalla cultural”, algunos eligieron hacer silencio y otros directamente atacarlo y agredir a quien ya no estaba para defenderse.
Ahora parece repetirse el mismo mecanismo, pero desde el otro lado.
La reciente foto de Lionel Messi junto a Donald Trump durante una actividad institucional del Inter Miami en la Casa Blanca desató una catarata de críticas y reproches. El encuentro ocurrió en el marco de una recepción oficial al club campeón de la MLS.
A partir de esa imagen aparecieron cuestionamientos que exceden largamente el hecho en sí. Se viralizaron remeras que lo llaman "capitán de los cipayos" y comenzaron las discusiones sobre si Messi representa o no determinados valores políticos.
En ese contexto, la periodista Julia Mengolini reconoció públicamente que le cuesta vivir este Mundial de la misma manera que el de Qatar porque siente que el país se volvió "demasiado oscuro" y admitió que se encuentra atravesada por una mirada excesivamente politizada.
La periodista Cynthia García calificó al torneo como un “Mundial de mierda”. Durante su análisis en el programa cristinista 1111, argumentó que, a pesar de la pasión que genera la Selección Argentina, el evento está atravesado por un complejo escenario global marcado por la escalada en Medio Oriente y polémicas políticas.
El problema no es que alguien tenga una opinión política. El problema es cuando la política se vuelve tan dominante que termina impidiendo disfrutar incluso de aquello que une a millones de personas.
Porque Messi nunca construyó su figura desde la militancia. Jamás desarrolló una carrera basada en consignas partidarias. Su legado está construido sobre goles, sacrificio, profesionalismo y una identificación emocional con generaciones enteras de argentinos. Su figura excede cualquier gobierno de turno. Lo admiran niños que ni siquiera habían nacido cuando comenzó su carrera profesional.
Y aun si algún día decidiera expresar una posición política concreta, eso tampoco invalidaría las alegrías que le dio al pueblo argentino.
¿Debo sentar a mi hijo más chico frente al televisor y explicarle que el Messi que admira desde que empezó a patear una pelota es una mala persona porque le dio la mano a Donald Trump en un acto institucional? ¿Debo decirle que los goles que gritó, las lágrimas que compartió con millones de argentinos y el ejemplo de esfuerzo, disciplina y perseverancia que representa ya no valen porque una fotografía no encaja con determinadas preferencias políticas? La sola pregunta expone el absurdo al que puede conducir la polarización. Los niños admiran a Messi por lo que ven en la cancha y por los valores deportivos que transmite, no por las disputas ideológicas de los adultos. Pretender que una alegría tan genuina sea filtrada por el prisma de la militancia política revela hasta qué punto algunos sectores han perdido la capacidad de separar la pasión popular de sus propias batallas culturales.
¿Acaso las contradicciones políticas de Diego Armando Maradona borraron el gol a los ingleses? ¿El apoyo de Maradona a Fidel Castro, Hugo Chávez o Nicolás Maduro anuló la emoción de México 86?
Curiosamente, muchos de los que hoy defienden la complejidad humana de Maradona pretenden reducir a Messi a una foto institucional. Y muchos de los que reivindican a Messi por esa misma foto suelen olvidar que durante años atacaron al propio Maradona por sus definiciones ideológicas.
La lógica es siempre la misma: el ídolo vale mientras confirme nuestras creencias.
La batalla cultural ha llegado a un punto donde algunos sectores parecen incapaces de aceptar que existen símbolos populares que pertenecen a todos.
El Mundial de Qatar fue una explosión de felicidad colectiva. No preguntó a quién votaba nadie. No pidió carnet partidario. No distinguió entre kirchneristas, libertarios, radicales, peronistas o independientes. Durante un mes, la Argentina fue simplemente Argentina.
Quizás por eso resulta tan llamativo observar cómo ciertos sectores intentan hoy contaminar esa memoria con disputas ideológicas. Como si la alegría popular necesitara autorización política para existir.
Hay una parte de la izquierda argentina que parece incapaz de disfrutar plenamente de la épica futbolera porque el país atraviesa un gobierno de Javier Milei. Del mismo modo que existe una parte de la derecha que no pudo disfrutar plenamente del fenómeno cultural del Indio Solari porque el músico expresó simpatías kirchneristas.
Ambos extremos terminan pareciéndose más de lo que imaginan.
Los dos creen que la política debe ocuparlo todo.
Los dos necesitan que cada hecho cultural confirme su visión del mundo.
Los dos sospechan de cualquier fenómeno popular que no puedan controlar.
Y los dos terminan chocando contra una realidad muy sencilla: el pueblo suele ser mucho más sabio que sus intérpretes autoproclamados.
Porque el pueblo argentino seguirá escuchando al Indio.
Seguirá emocionándose con Maradona.
Y seguirá abrazando a Messi.
No porque sean perfectos.
Sino porque forman parte de una historia colectiva infinitamente más grande que cualquier grieta.