
Hubo algo particularmente irritante en la semana que terminó. No fue un escándalo puntual ni una crisis institucional extraordinaria. Fue algo más profundo: la sensación de que la dirigencia política argentina, casi en su totalidad, sigue viviendo en una realidad paralela mientras millones de personas hacen cuentas para llegar a fin de mes.
Por un lado, el gobierno nacional quedó atrapado en un papelón difícil de explicar alrededor de la declaración jurada de Manuel Adorni. Lo que debería haber sido una aclaración simple terminó transformándose en una discusión incómoda, plagada de silencios, explicaciones tardías y una evidente intención oficial de dejar pasar el tema hasta que la atención pública se dirigiera hacia otro lado. La transparencia, bandera permanente del mileísmo cuando apunta contra sus adversarios, pareció convertirse de golpe en un asunto secundario cuando las preguntas tocaron a uno de los propios.
Y lo más llamativo no fue el episodio en sí mismo, sino la reacción del gobierno. O mejor dicho, la falta de reacción. Un oficialismo que suele responder con velocidad y agresividad a cualquier cuestionamiento eligió esta vez el silencio. Un silencio que para muchos terminó pareciendo complicidad. La vara moral que se utiliza para juzgar a los demás volvió a ser distinta cuando el problema apareció dentro de casa.
Mientras tanto, Patricia Bullrich siguió enviando señales que merecen atención. Aunque forma parte del gobierno y ocupa un cargo central, sus movimientos políticos muestran una autonomía cada vez más evidente. Lo hizo cuando tomó posiciones que incomodaron a sectores libertarios, lo hizo cuando construyó acuerdos propios y lo vuelve a hacer cada vez que deja en claro que su proyecto político no necesariamente termina donde termina el de Javier Milei. Bullrich parece estar jugando una partida paralela: acompañar mientras le conviene, pero sin renunciar jamás a la posibilidad de construir una alternativa propia para el futuro.
Del otro lado del mostrador, el peronismo tampoco ofrece demasiadas respuestas. Se cumplió un año de prisión de Cristina Fernández de Kirchner, una situación que sigue marcando la vida política argentina. Sin embargo, lejos de aprovechar el tiempo para discutir liderazgos, ideas o propuestas, gran parte de la energía de algunos sectores sigue concentrada en sostener una candidatura imposible o en reclamar una centralidad política que ya no depende de los deseos de la militancia.
La Cámpora aparece atrapada en una contradicción evidente. Continúa reclamando la candidatura de Cristina como si el tiempo se hubiera detenido, cuando en realidad lo que está en juego parece ser otra cosa: la preservación de espacios de poder, cargos y capacidad de influencia dentro del peronismo. La consigna ya no parece dirigida a convencer a la sociedad sino a ordenar la interna propia. Y cuando una organización política empieza a hablar más para sí misma que para la ciudadanía, suele ser una señal de decadencia.
Lo verdaderamente preocupante es que todas estas discusiones transcurren mientras la vida cotidiana de los argentinos sigue empeorando. El ciudadano común observa cómo oficialistas y opositores se acusan mutuamente de corrupción, acomodamientos, traiciones o dobles discursos. Ve dirigentes que hablan de épica mientras negocian poder. Escucha promesas de renovación hechas por personas que llevan décadas viviendo de la política. Y termina llegando a una conclusión tan simple como devastadora: lo están usando.
La sensación de sentirse utilizado se ha convertido en uno de los sentimientos políticos más extendidos de la Argentina contemporánea. Utilizado por gobiernos que prometieron terminar con los privilegios y terminan justificando los propios. Utilizado por opositores que dicen defender al pueblo mientras priorizan sus internas. Utilizado por dirigentes que hablan en nombre de la gente pero parecen incapaces de escucharla.
Quizás esa sea la verdadera noticia de la semana. No el escándalo de turno, no las peleas entre dirigentes ni las especulaciones electorales. La verdadera noticia es la distancia creciente entre la política y la sociedad. Una distancia que ya no se mide en votos ni en encuestas, sino en algo mucho más peligroso: el descreimiento.
Porque cuando la gente deja de confiar en los políticos, todavía queda la posibilidad de cambiarlos. Pero cuando empieza a sentirse estúpida por haber confiado en ellos, el problema es mucho más profundo. Y esa fractura, silenciosa pero persistente, parece ser la gran herencia que esta generación de dirigentes le está dejando a la Argentina.