
Hay algo que empieza a tomar forma en la política argentina y todavía no tiene nombre definitivo: el segundo acto de Mauricio Macri. No es un regreso clásico, pero tampoco una retirada. Es otra cosa. Una revancha.
Macri volvió a hablar como alguien que cree que el tiempo le está dando la razón. “El populismo se está agotando”, dijo en los últimos días, en una frase que no es sólo diagnóstico: es posicionamiento. En política, el que define el clima define el juego. Y Macri quiere instalar que el ciclo histórico le pertenece otra vez.
Pero la gran pregunta no es qué dice, sino qué va a hacer.
¿Candidato o gran elector?
El primer dilema es personal. ¿Va a competir o va a ordenar?
Una candidatura presidencial de Macri no puede descartarse. Tiene volumen, estructura (el PRO sigue siendo una maquinaria nacional) y, sobre todo, algo que escasea: experiencia de poder. Pero también carga con su pasado. No es un outsider, es exactamente lo contrario.
Por eso, la hipótesis más probable hoy no es Macri candidato, sino Macri armador. Un “gran elector” que impulse un candidato propio —quizás más competitivo en términos de imagen— con una lógica clara: entrar al ballotage o, en su defecto, condicionar el resultado.
Ahí aparece la segunda jugada: si ese candidato no entra en segunda vuelta, ¿termina apoyando a Javier Milei?
Todo indica que sí. Pero ese “sí” no es gratis.
La tensión con Milei: ni socios ni enemigos
El vínculo entre Macri y Milei atraviesa su peor momento desde 2023. Ya no es sólo una diferencia táctica: es desconfianza política.
Hace días, en la cena de la Fundación Libertad, ni siquiera se saludaron. Un gesto mínimo, pero brutal en su significado. No hay foto, no hay coordinación, no hay vínculo personal. Y en política, cuando eso se rompe, todo se vuelve más difícil.
Desde el PRO reconocen que hace tiempo no hay diálogo fluido. Y desde el Gobierno directamente descartan una recomposición rápida del vínculo.
Esto abre un escenario incómodo: dos liderazgos compitiendo por el mismo electorado.
El riesgo: dividir para que gane el peronismo
El problema no es ideológico, es matemático.
Si Macri impulsa un candidato propio y Milei juega con La Libertad Avanza, el voto anti-peronista se fragmenta. Y ahí aparece el fantasma que ordena toda la política argentina desde hace dos décadas: que el peronismo gane en primera vuelta.
No es una hipótesis descabellada. Ya hay antecedentes donde la división del espacio no peronista terminó beneficiando al adversario. Y hoy, con un oficialismo desgastado pero todavía competitivo, ese riesgo es real.
Incluso a nivel internacional se advierte que la fractura entre Milei y el PRO podría favorecer al peronismo en distritos clave.
Macri lo sabe. Milei también. Pero ninguno parece dispuesto, por ahora, a ceder.
Provincia y Ciudad: el laboratorio del acuerdo
Antes de 2027, hay una escala previa que va a definir todo: la provincia de Buenos Aires y la Ciudad.
Ahí se va a testear si hay acuerdo o ruptura.
En la provincia, la presión por la unidad es mayor: el peronismo sigue siendo fuerte y la fragmentación sería suicida. En la Ciudad, en cambio, el PRO todavía cree que puede sostener su hegemonía, aunque ya enfrenta fisuras internas (con espacios propios como el de Rodríguez Larreta).
El Gobierno, por su parte, mira esos distritos con lógica de expansión, no de alianza. Y eso tensiona cualquier negociación.
El resultado de esas elecciones intermedias va a ser clave: si hay acuerdos, habrá posibilidad de coalición nacional; si hay ruptura, el escenario 2027 será de competencia abierta.
La revancha
Macri no está de salida. Está esperando.
Su jugada no es inmediata, es estratégica. Cree que Milei puede desgastarse —la economía, los conflictos internos, la gestión— y que en ese desgaste el PRO puede volver a ser “el siguiente paso”.
Ahí aparece la idea de revancha.
No contra el peronismo —eso es estructural—, sino contra la historia reciente: contra su propia derrota, contra la irrupción libertaria que lo desplazó, contra la narrativa de que su tiempo ya pasó.
La pregunta no es si Macri vuelve.
La pregunta es en qué rol vuelve: si como candidato, como jefe político… o como el hombre que decide quién gobierna después de Milei.
Y en esa ambigüedad —calculada, incómoda, llena de tensiones— está hoy el verdadero centro de la política argentina.