
No lo hizo abandonando La Libertad Avanza, ni anunciando una candidatura alternativa, ni rompiendo con Javier Milei. Hizo algo bastante más incómodo para el oficialismo: recordó que, aun dentro del proyecto libertario, ella conserva nombre propio, votos propios y una agenda política propia.
Su último mensaje —acompañado por una canción de Lali Espósito y con la desafiante frase “del Senado me ocupo yo”— fue otra señal de autonomía. El episodio se produjo después de los cortocircuitos por el Presupuesto 2027 y de sus cuestionamientos a la falta de coordinación con Economía.
La pregunta que queda flotando no es si Bullrich se va.
La pregunta es cuánto puede tensar la cuerda sin romperla y cuánto puede tensarla Milei sin quedarse sin una de las alianzas que resultaron decisivas para llegar al poder.
Hay una explicación política detrás de la rebeldía de Bullrich.
La exministra de Seguridad llegó al universo libertario con una particularidad: no llegó como una dirigente menor que necesitaba ser absorbida por Milei. Llegó después de haber obtenido un caudal electoral propio y de haber sido protagonista de la política nacional durante décadas.
Por eso su relación con el Presidente siempre tuvo una naturaleza diferente.
Bullrich puede acompañar a Milei, defender buena parte de su programa y formar parte de su gobierno, pero eso no significa necesariamente aceptar una subordinación política completa.
En los últimos días esa tensión volvió a quedar expuesta. Desde su entorno insisten en que no existe un plan inmediato para romper con el oficialismo y que su objetivo es preservar un electorado propio de cara a 2027.
Eso explica también por qué Milei suele responder de una manera distinta cuando la crítica viene de Bullrich.
Puede discutir con gobernadores. Puede confrontar con dirigentes del PRO. Puede tensar con sectores de la oposición dialoguista.
Pero con Bullrich existe un límite.
Porque detrás de ella está una parte del electorado que en 2023 terminó confluyendo con Milei.
Milei tiene una ventaja institucional enorme: es el Presidente en ejercicio.
Pero la reelección no se construye únicamente desde la Casa Rosada.
Necesita conservar el núcleo libertario, sostener el rumbo económico, ampliar su representación territorial y, sobre todo, construir una coalición electoral capaz de competir en un escenario mucho más complejo que el de 2023.
El desafío es que el Presidente llegó al poder a través de una coalición electoral informal que fue mucho más amplia que La Libertad Avanza.
En el balotaje de 2023 confluyeron libertarios, sectores del PRO, votantes de Bullrich, antikirchneristas y ciudadanos que decidieron terminar con el gobierno de Alberto Fernández y Sergio Massa.
Ahora ese electorado debe transformarse en una coalición de gobierno y, eventualmente, en una coalición electoral.
Y ahí aparece la dificultad.
Una cosa es ganar una elección extraordinaria en la que el principal objetivo de una parte del electorado es impedir la continuidad de una alternativa.
Otra es construir una mayoría para gobernar cuatro años más.
Aquí aparece una de las decisiones estratégicas más delicadas del oficialismo.
Eliminar las PASO permitiría a La Libertad Avanza evitar una competencia interna y preservar una candidatura presidencial unificada.
Pero las PASO también pueden funcionar como una herramienta para ordenar una coalición amplia.
El PRO, particularmente el sector de Mauricio Macri, viene sosteniendo que las primarias son una herramienta relevante para definir candidaturas dentro de una eventual alianza con el oficialismo.
El dilema de Milei es evidente.
Si La Libertad Avanza está en condiciones de imponer naturalmente su candidatura y ordenar a sus aliados alrededor de ella, una primaria puede resultar innecesaria.
Pero si el objetivo es construir una alianza electoral más amplia con el PRO, radicales y otros sectores, las PASO podrían convertirse en el mecanismo para evitar que las diferencias se transformen en rupturas.
La discusión, entonces, no es solamente jurídica ni electoral.
Es una discusión sobre el poder.
¿Milei quiere una coalición subordinada a La Libertad Avanza o una coalición en la que tenga que negociar con socios que conservan identidad propia?
La respuesta determinará buena parte del escenario de 2027.
El acercamiento entre La Libertad Avanza y el PRO ya dejó de ser una hipótesis.
En agosto comenzaron conversaciones formales entre sectores de ambos espacios con vistas a 2027, con Diego Santilli apareciendo como uno de los puentes entre las dos estructuras.
Pero una alianza electoral no necesariamente significa la desaparición del PRO.
Ese es precisamente el punto que Mauricio Macri intenta preservar.
El PRO necesita decidir cuánto puede acercarse al Gobierno sin perder identidad. Milei necesita decidir cuánto puede incorporar al PRO sin diluir la identidad libertaria.
Y ambos tienen un problema adicional: Patricia Bullrich.
Porque Bullrich es, simultáneamente, parte del oficialismo, una dirigente proveniente del PRO y una dirigente con autonomía suficiente como para incomodar a ambos.
La paradoja es notable.
Macri necesita conservar un PRO con identidad propia.
Milei necesita ampliar su base electoral.
Y Bullrich intenta demostrar que puede estar dentro del proyecto presidencial sin dejar de ser Bullrich.
Por eso las PASO pueden adquirir un significado que va mucho más allá de una interna.
Podrían ser una válvula de escape para una coalición heterogénea.
En lugar de resolver en despachos quién ocupa cada lugar, una primaria permitiría que distintos sectores concurran bajo un mismo paraguas y que el electorado determine quién encabeza.
Claro que también existe el riesgo contrario: que una PASO exponga demasiado las diferencias y termine debilitando al espacio que pretende ordenar.
La decisión, por lo tanto, dependerá de algo que todavía no está definido: el nivel de fortaleza política y económica con el que llegue el Gobierno a la elección.
Si Milei llega con una administración consolidada y una economía que le permita exhibir resultados, tendrá mayores incentivos para reclamar centralidad.
Si llega necesitando ampliar significativamente su base electoral, la discusión sobre una coalición más amplia cobrará otra dimensión.
No es una cuestión ideológica.
Es matemática electoral.
Por eso conviene mirar la rebeldía de Bullrich más allá de la anécdota de una canción.
Ella está diciendo que existe un electorado que no pertenece exclusivamente a Milei.
Y eso constituye un dato político que el Presidente no puede ignorar.
Pero Bullrich también tiene su propio dilema.
Romper con Milei significaría abandonar el espacio político en el que actualmente tiene una posición de enorme relevancia. Permanecer implica aceptar que el liderazgo presidencial seguirá estando en manos de Milei.
Su estrategia parece consistir, por ahora, en una tercera vía: acompañar sin subordinarse, apoyar sin callarse y conservar una identidad propia dentro del oficialismo. Las recientes tensiones parlamentarias son compatibles con esa lectura, aunque no permiten saber todavía cuál será su decisión electoral definitiva.
Hay algo que el Presidente debería tener presente.
En 2023 no ganó solamente Javier Milei.
Ganó una coalición social mucho más amplia que La Libertad Avanza.
El desafío de 2027 será transformar aquella confluencia en una estructura política capaz de sostener un segundo mandato.
Y allí Patricia Bullrich ocupa un lugar particular.
No necesariamente porque vaya a disputar la candidatura presidencial —eso hoy no está definido— sino porque representa una parte del electorado que Milei necesita conservar y, eventualmente, ampliar.
La política argentina vuelve así a una vieja discusión: ¿alcanza con tener un líder fuerte o hace falta construir una coalición fuerte alrededor de ese líder?
Milei todavía tiene tiempo para responderla.
Pero la rebeldía de Bullrich le está dejando una advertencia: los aliados pueden acompañar un proyecto sin dejar de tener proyecto propio.
Y quizás el mayor desafío del Presidente de cara a su reelección no sea derrotar a sus adversarios.
Sea aprender a convivir con sus aliados.