
“Si a los 16 años militaba en Montoneros y llevaba un fierro en la cintura, mirá si le va a tener miedo a los Milei”, dice un dirigente libertario de la Zona Sur del conurbano, con mucho rodaje en el peronismo, antes de recalar como muchos “compañeros” en las filas libertarias.
Obviamente habla de la actual senadora Patricia Bullrich, que tiene un pasado político en una enormidad de fuerzas y partidos políticos, así como el Loco Abreu en el fútbol.
“La piba” nunca fue una política de medias tintas. A lo largo de más de cinco décadas de militancia, gestión y construcción de poder, demostró una capacidad singular para adaptarse a los cambios de época sin perder de vista un objetivo central: llegar a la Presidencia de la Nación.
Por eso no dudó cuando Javier Milei ganó el balotaje en 2023. Mientras gran parte del PRO todavía procesaba la derrota, Bullrich decidió sellar un acuerdo personal con el presidente electo. Lo hizo por fuera de las estructuras partidarias y sin consultar demasiado a una fuerza que, paradójicamente, presidía. Entendió que el nuevo ciclo político pasaba por Milei y se subió al tren antes que muchos de sus propios dirigentes.
Con el paso de los meses, esa apuesta le permitió sobrevivir políticamente mientras otros referentes amarillos quedaron atrapados entre la oposición y la irrelevancia. Hoy, desde las filas libertarias, juega una partida propia. Ya no depende del PRO y tampoco teme a eventuales sanciones partidarias. Su capital político está puesto en otro lado: en una imagen positiva que, en algunos segmentos del electorado, incluso compite con la del propio presidente.
Según publicó el sitio La Política Online, Bullrich ya le habría comunicado a Jorge Macri que se corre de la pelea por la Ciudad de Buenos Aires. La frase atribuida a la actual senadora libertaria resulta reveladora: “No hice 50 años de política para terminar cambiando veredas”.
Detrás de esa definición aparece una certeza. Patricia no quiere ser jefa de Gobierno. No quiere administrar la Ciudad. Quiere algo mucho más grande. Quiere la Presidencia.
Su estrategia parece clara. Caminar junto a Milei mientras el experimento libertario conserve vigor político. Acompañar las reformas, compartir los éxitos y evitar quedar pegada a los costos de gestión más duros. Pero también prepararse para el día después.
Bullrich sabe que el liderazgo de Milei es personalista y que el espacio oficialista gira alrededor de una sola figura. También sabe que, tarde o temprano, cualquier gobierno enfrenta desgaste. Allí es donde imagina su oportunidad: construir una fuerza propia, absorber sectores del PRO, del antikirchnerismo y del establishment económico que la ven como una garantía de gobernabilidad y orden.
La ministra entiende además que tiene una sola bala en la recámara. La edad, los tiempos de la política y las oportunidades electorales no abundan. Si va a intentarlo, será ahora. No habrá una segunda oportunidad.
Por eso cuida cada movimiento. Evita confrontar con Milei de manera frontal, pero tampoco se resigna a ser una mera acompañante. Mantiene perfil propio, conserva vínculos con empresarios, dirigentes y actores de poder, y deja señales permanentes de autonomía.
Sin embargo, en su memoria política todavía persiste una herida. Durante la campaña presidencial de 2023, Javier Milei la acusó de ser una “montonera tira bombas”, una etiqueta que buscó asociarla con los años más violentos de la Argentina. Aquella agresión fue una de las más duras del debate público reciente y dejó una marca que difícilmente desaparezca.
La paradoja es que hoy ambos comparten espacio político. Pero en política las heridas no siempre cicatrizan; muchas veces simplemente quedan archivadas hasta que vuelven a ser útiles.
Bullrich apuesta a que ese momento llegue cuando Milei ya no pueda garantizar por sí solo la continuidad del proyecto. Allí imagina convertirse en la heredera natural del voto de derecha, del voto de orden y del respaldo de sectores económicos que buscan previsibilidad.
Mientras tanto, acompaña. Sonríe. Gestiona. Acumula.
Porque detrás de cada decisión, de cada movimiento y de cada alianza, sigue latiendo el mismo objetivo que persigue desde hace décadas.
La Presidencia.
El verdadero sueño húmedo de Patricia Bullrich.