La pollera de Cristina, el refugio de un peronismo que no encuentra sucesor

La pollera de Cristina, el refugio de un peronismo que no encuentra sucesor

La pollera de Cristina, el refugio de un peronismo que no encuentra sucesor
Por: Pablo López


La Cámpora, los partidos satélites que viven de la obsecuencia a Máximo y a Cristina, como Nuevo Encuentro de Sabbatella, el Partido Solidario de Carlos Heller, el Frente Grande o los dirigentes de Patria Grande de Juan Grabois, vuelven a ilusionarse, nuevamente cobijados en la pollera de la expresidenta.

Cristina Fernández de Kirchner salió hoy a coquetear con una eventual candidatura. Sin confirmarla, dejó abierta la posibilidad y volvió a apelar a la mística de la "voluntad popular" como argumento para instalar su nombre en el centro de la escena política.

La secuencia, sin embargo, no parece casual.

Apenas dos días antes, Máximo Kirchner había sorprendido con un tono mucho más conciliador hacia Axel Kicillof durante una entrevista televisiva. Después de meses de enfrentamientos, críticas cruzadas y una interna que llegó a poner en duda la unidad del peronismo, el líder de La Cámpora bajó el tono y dejó entrever una disposición al entendimiento.

¿Por qué ese cambio?

Porque la política rara vez se mueve por cuestiones sentimentales. Se mueve por el poder.

Y hoy las encuestas empiezan a mostrar un dato incómodo para el kirchnerismo duro: Axel Kicillof aparece mejor posicionado que Cristina Kirchner como principal referencia opositora frente a Javier Milei. Algunos estudios incluso muestran al gobernador bonaerense con una ventaja significativa sobre la expresidenta cuando se consulta quién debería liderar la oposición.

Eso cambia completamente la lógica de la interna.

Durante años, La Cámpora construyó un modelo político basado en la idea de que Cristina era insustituible y que cualquier liderazgo debía surgir exclusivamente de su bendición. La organización nunca promovió una renovación genuina. Prefirió administrar la herencia antes que construir un sucesor con autonomía.

El resultado está a la vista.

Cada vez que el peronismo entra en crisis, la respuesta vuelve a ser la misma: recurrir a Cristina.

No importa si perdió elecciones, si su imagen genera altos niveles de rechazo o si el escenario político cambió radicalmente desde 2019. La receta siempre consiste en volver a la figura de la ex presidenta como si el tiempo no hubiera pasado.

Paradójicamente, esa estrategia termina debilitando al propio espacio.

Porque mientras el kirchnerismo insiste en mirar hacia atrás, una parte importante del peronismo empieza a discutir quién puede conducir la etapa que viene. Allí aparece Kicillof, no necesariamente porque haya construido una hegemonía propia, sino porque el vacío de liderazgo lo empuja naturalmente hacia ese lugar.

Máximo Kirchner entiende ese proceso. Sabe que disputar frontalmente con Kicillof puede terminar fortaleciendo al gobernador. Por eso alterna los cuestionamientos con los gestos de acercamiento, intentando no romper del todo el puente con quien hoy aparece como el dirigente con mayores posibilidades dentro del universo peronista.

Cristina también parece haber leído ese escenario.

Su insinuación de candidatura puede interpretarse como un mensaje hacia adentro antes que hacia afuera. No necesariamente significa que quiera competir, sino recordar que la lapicera sigue estando en sus manos y que ninguna discusión sobre el futuro del peronismo puede desarrollarse sin su intervención.

Es una demostración de autoridad.

Pero también una confesión de debilidad.

Si veinte años después el kirchnerismo sigue dependiendo de la misma figura para ordenar su propia interna, significa que nunca logró construir un recambio político sólido. La organización que se presentaba como la "juventud maravillosa" terminó convirtiéndose en una estructura incapaz de producir nuevos liderazgos nacionales.

Mientras tanto, la sociedad parece estar discutiendo otros problemas.

La inseguridad, el empleo, la pérdida del poder adquisitivo, el acceso al crédito, el costo de los servicios o la presión impositiva aparecen mucho más arriba en las preocupaciones cotidianas que la eterna disputa por el liderazgo dentro del peronismo.

La interna, sin embargo, continúa girando alrededor de los mismos nombres.

Cristina intenta demostrar que sigue siendo imprescindible.

Máximo procura conservar el control del aparato político que heredó.

Kicillof busca consolidarse sin romper definitivamente con quien todavía conserva una enorme capacidad de influencia.

Y los partidos aliados vuelven a ocupar el lugar que mejor conocen: el de acompañar disciplinadamente a quien conserve la lapicera.

La paradoja es evidente.

Mientras Javier Milei enfrenta un desgaste político y económico que comienza a reflejarse en distintos indicadores, el peronismo todavía parece más preocupado por resolver quién manda dentro del espacio que por convencer a los argentinos de que tiene un proyecto distinto para gobernar.

Quizás ese sea hoy su principal problema.

No la falta de candidatos.

Sino la ausencia de una idea de futuro que vaya más allá del apellido Kirchner.

Publicado el: 2026-07-29