
Cuando Javier Milei llegó a la Casa Rosada lo hizo con una promesa tan simple como contundente: la motosierra iba a terminar con la casta, bajar la inflación y devolverle prosperidad a los argentinos. Dos años y medio después, la inflación dejó de ser el principal problema, pero la vida cotidiana sigue sin acompañar los buenos números que celebra el Ministerio de Economía.
La última encuesta de AtlasIntel y Bloomberg expone una realidad incómoda para el oficialismo. Más de seis de cada diez argentinos consideran que la situación económica es mala y una mayoría desaprueba la gestión presidencial. El dato más preocupante para la Casa Rosada no es sólo el presente, sino que una parte importante de la sociedad tampoco ve un horizonte de mejora en el corto plazo.
El Gobierno apostó toda su legitimidad a la economía. No construyó un relato alternativo. No fortaleció un esquema político amplio. No desarrolló una estructura territorial propia. Su principal activo era que el ajuste iba a ser doloroso pero breve. Sin embargo, la paciencia social comienza a mostrar límites.
Las variables macroeconómicas pueden exhibir orden fiscal, desaceleración inflacionaria y estabilidad cambiaria. Pero la política se gana en la microeconomía. En el comercio que vende menos, en la pyme que posterga inversiones, en el profesional que perdió clientes, en el jubilado que ya no llega a fin de mes y en la clase media que siente que hace un esfuerzo permanente sin recibir todavía una recompensa.
Durante mucho tiempo Milei logró sostener el apoyo social porque buena parte de la sociedad estaba convencida de que no existía otra alternativa después del fracaso del gobierno de Alberto Fernández. Ese crédito político comenzó a erosionarse cuando el ajuste dejó de ser percibido como un sacrificio transitorio para convertirse en una forma permanente de vivir.
A eso se suma otro problema que afecta el corazón del discurso libertario. La encuesta ubica a la corrupción entre las principales preocupaciones de los argentinos. No es un dato menor para un gobierno que construyó buena parte de su identidad denunciando a la casta política y prometiendo una administración diferente. Cada episodio que pone en duda esa bandera erosiona uno de los pilares simbólicos sobre los que Javier Milei edificó su liderazgo.
El oficialismo todavía conserva fortalezas importantes. La oposición continúa dividida, el peronismo sigue enfrascado en su interna y Javier Milei mantiene un núcleo duro de votantes que lo acompaña con firmeza. Pero gobernar no consiste únicamente en conservar un tercio del electorado. Para proyectar una reelección hace falta ampliar la base de apoyo, y eso sólo ocurre cuando los resultados llegan al bolsillo.
La gran paradoja del Gobierno es que mientras celebra indicadores que entusiasman a los mercados, una parte creciente de la sociedad siente que esos logros todavía no modifican su realidad. Esa distancia entre la economía de los informes y la economía del supermercado puede transformarse en el principal problema político del oficialismo.
La motosierra fue una herramienta eficaz para explicar el ajuste y conquistar el poder. Pero ninguna herramienta alcanza para gobernar indefinidamente. Llega un momento en que los ciudadanos dejan de preguntarse cuánto se recortó el gasto público y empiezan a preguntarse cuánto mejoró su propia vida.
Si esa respuesta continúa siendo negativa para una mayoría, la motosierra corre el riesgo de quedarse sin nafta mucho antes de que termine el camino hacia 2027.