
El gobierno de Javier Milei empieza a mostrar señales de desgaste. Lo que hace apenas meses era un liderazgo con altos niveles de aprobación y una narrativa de cambio disruptivo, hoy enfrenta una caída sostenida en su imagen pública y un crecimiento del descontento social que ya no puede ser ignorado.
Los números son elocuentes. Distintas encuestas coinciden en la misma tendencia: más de la mitad de los argentinos desaprueba la gestión. Un relevamiento reciente marca que el 53,7% evalúa negativamente al Gobierno, contra menos del 40% que lo respalda . Otros estudios, como los de D’Alessio IROL, ubican la imagen negativa en torno al 56%, con un deterioro sostenido desde fines de 2025 . Incluso consultoras que históricamente no le eran adversas, como Giacobbe, detectan una tendencia desfavorable en la valoración del presidente .
En ese contexto, la consultora OK Media —que también viene midiendo opinión pública— se inscribe en la misma línea: caída de la imagen, aumento del rechazo y una creciente dificultad del oficialismo para sostener el vínculo emocional con la sociedad. No se trata de un dato aislado, sino de una convergencia de diagnósticos.
El desgaste de un modelo
¿Por qué cae la imagen de Milei? La explicación no es única, pero sí acumulativa.
Primero, el impacto económico del ajuste. El programa libertario logró ordenar algunas variables macro —como la inflación en determinados períodos—, pero a costa de una fuerte contracción del consumo, pérdida de poder adquisitivo y caída de la actividad. La propia percepción social refleja ese malestar: un 61% considera que la economía está peor que el año pasado .
Segundo, el desgaste político y comunicacional. El estilo confrontativo, que en campaña funcionaba como motor de diferenciación, en el ejercicio del poder empieza a generar fatiga. La narrativa de la “casta” pierde eficacia cuando el Gobierno debe negociar, retroceder o convivir con sectores tradicionales.
Tercero, los escándalos y controversias, como el caso $Libra, que impactaron directamente en la credibilidad presidencial y erosionaron uno de los activos centrales de Milei: su imagen de outsider incorruptible.
Y cuarto, un fenómeno más profundo: la brecha entre expectativas y realidad. Milei llegó prometiendo un cambio rápido y contundente. Pero la política —y sobre todo la economía— rara vez responde a esa lógica de shock sin costos prolongados. Cuando los resultados no llegan con la velocidad prometida, el crédito social comienza a agotarse.
Una caída con piso alto
Sin embargo, el dato más interesante no es solo la caída, sino su límite. A diferencia de otros gobiernos en crisis, Milei conserva todavía un núcleo duro significativo. Su identidad antisistema y su narrativa contra el pasado siguen teniendo anclaje en una parte importante de la sociedad.
De hecho, incluso en contextos de deterioro, muchos estudios muestran que su imagen “flota” cerca de niveles relativamente competitivos en comparación con otros dirigentes . Es decir: cae, pero no se desploma del todo.
El gran problema de la oposición
Ahí aparece la gran paradoja del momento político argentino. El descontento crece, pero no está claro quién puede capitalizarlo.
El kirchnerismo arrastra un nivel de rechazo estructural que sigue siendo alto. Para una porción importante de la sociedad, el fracaso económico del pasado reciente sigue siendo un límite infranqueable. La consigna implícita es clara: “esto no funciona, pero aquello tampoco”.
Por otro lado, sectores como el PRO intentan posicionarse como una alternativa “superadora”, sin romper del todo con el oficialismo. La reaparición de Mauricio Macri apunta en esa dirección: acompañar sin quedar pegado, diferenciarse sin confrontar abiertamente .
Pero hasta ahora, ninguna fuerza logra sintetizar una nueva mayoría social. La oposición está fragmentada, desorientada o condicionada por su propio pasado.
¿Fin de ciclo o etapa de transición?
La pregunta que sobrevuela es si esta caída marca el inicio de un fin de ciclo o simplemente una fase de desgaste dentro de un proceso más largo.
La historia argentina muestra que los gobiernos pueden atravesar momentos de fuerte impopularidad y, sin embargo, sostenerse si no aparece una alternativa clara. Milei parece moverse, por ahora, en ese terreno: pierde apoyo, pero no enfrenta aún un reemplazo evidente.
La motosierra, símbolo del ajuste y del cambio radical, quizás no se haya detenido. Pero empieza a mostrar algo más peligroso: signos de agotamiento político.
Y en política, cuando la energía se pierde antes que el poder, el problema no es solo gobernar. Es, sobre todo, seguir siendo creíble.