
Si la economía se analizara únicamente con planillas de Excel, el gobierno de Javier Milei tendría motivos para celebrar. La inflación dejó atrás los niveles explosivos del comienzo de la gestión, el equilibrio fiscal se convirtió en la bandera oficial y algunos indicadores de actividad muestran una recuperación impulsada por sectores exportadores como el agro, la energía y la minería. Incluso el PBI volvió a crecer y el Gobierno exhibe esos números como la confirmación de que el rumbo elegido era el correcto.
El problema aparece cuando la planilla se transforma en changuito de supermercado. Allí la historia cambia. La economía que vive la mayoría de los argentinos no es la de los balances fiscales ni la de los mercados financieros. Es la del almacén del barrio, la de la pyme que vende menos, la del comerciante que abre todos los días sin saber si cubrirá los costos y la del trabajador cuyo salario ya no alcanza para sostener el mismo nivel de vida.
La gran discusión ya no pasa por la macroeconomía. El debate es por la micro. Porque una economía puede estabilizarse y, al mismo tiempo, dejar a millones de personas sintiendo que esa estabilidad todavía no llegó a sus hogares. El consumo sigue mostrando debilidad, especialmente en bienes esenciales, mientras la recuperación aparece concentrada en determinados sectores y segmentos de ingresos.
Ese fenómeno se observa con mayor crudeza en el conurbano bonaerense, donde viven millones de trabajadores vinculados al comercio, la industria, la construcción y los servicios. Allí no existen pozos petroleros de Vaca Muerta ni grandes emprendimientos mineros que derramen riqueza. Lo que mueve la economía es el mercado interno. Cuando el salario pierde capacidad de compra, el primer golpe lo recibe el almacén de la esquina; después el comercio del centro y finalmente la pequeña fábrica que abastece a ambos.
El Gobierno suele responder que primero debía ordenar la macro para que luego aparecieran los beneficios sobre la economía real. Es una lógica comprensible. Ningún país puede crecer de manera sostenida con inflación descontrolada y déficit permanente. Sin embargo, toda estrategia económica también tiene un límite político: el tiempo que la sociedad está dispuesta a esperar. Si la estabilidad tarda demasiado en transformarse en mejores ingresos, más empleo y mayor consumo, los buenos indicadores terminan pareciendo un éxito ajeno para quienes hacen cuentas todos los días para llegar a fin de mes.
La Argentina parece haberse partido en dos velocidades. Por un lado, sectores vinculados a las exportaciones, las finanzas o determinadas actividades de alta productividad muestran signos de expansión. Por el otro, las economías urbanas dependientes del consumo masivo continúan atravesando dificultades para recuperarse. Esa brecha explica por qué conviven estadísticas alentadoras con una sensación social de estancamiento.
La política económica no será juzgada únicamente por haber bajado la inflación o equilibrado las cuentas públicas. También será evaluada por su capacidad para reconstruir la economía cotidiana. Porque las elecciones no se ganan con el riesgo país ni con el superávit fiscal. Se ganan cuando el vecino vuelve a llenar el changuito sin sacar la calculadora, cuando el comerciante recupera las ventas y cuando el trabajador siente que el esfuerzo vuelve a rendir.
La macro puede ser condición necesaria para el crecimiento. Pero nunca será suficiente si la microeconomía continúa dejando afuera a las mayorías. Y en la Argentina profunda, especialmente en el conurbano, esa diferencia entre los números oficiales y la vida real sigue siendo demasiado grande como para ignorarla.