La larga noche del peronismo

La larga noche del peronismo

La larga noche del peronismo
Por: Pablo López


La triste realidad del peronismo no es casualidad. La principal dirigente de los últimos 20 años está presa, seguramente de forma injusta, porque su juicio y las pruebas no resisten demasiado análisis desde el punto de vista jurídico. Eso no la transforma en inocente de otras causas ni borra que durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner existieron graves hechos de corrupción. Del mismo modo que también los hubo antes y después, durante las administraciones de Mauricio Macri o Javier Milei.

La agenda del peronismo, sobre todo desde 2010 en adelante, fue desplazándose hacia el progresismo cultural. El feminismo, las políticas de identidad, los derechos de las minorías y buena parte de las banderas de la nueva izquierda comenzaron a ocupar el centro de la escena, mientras el sujeto histórico del movimiento, el trabajador, fue perdiendo protagonismo. No porque esas discusiones carezcan de importancia, sino porque dejaron de estar subordinadas a la prioridad que siempre distinguió al peronismo: el empleo, el salario, la movilidad social ascendente y la producción nacional.

Hoy esa crisis ideológica se refleja en una crisis mucho más profunda: la ausencia de conducción. El peronismo no tiene una jefatura reconocida por todos, tampoco un programa económico consensuado ni un candidato que ordene al conjunto. Y cuando un movimiento político pierde esos tres elementos, cada dirigente empieza a hablar por cuenta propia, construyendo una identidad individual antes que colectiva.

El resultado es un mosaico de posiciones muchas veces incompatibles entre sí. Un día Ricardo Quintela plantea avanzar con expropiaciones masivas; otro, Raúl Jalil reclama un RIGI todavía más amplio para atraer inversiones privadas; Sergio Berni justifica el accionar letal de las fuerzas de seguridad en determinados casos; Juan Grabois propone políticas migratorias mucho más abiertas y la regularización de extranjeros; Guillermo Moreno reivindica posiciones geopolíticas que generan controversia dentro del propio espacio; mientras Carlos Bianco sostiene una mirada completamente distinta sobre los conflictos internacionales. No existe una síntesis política capaz de contener esas diferencias.

Toda fuerza democrática tiene matices internos. El problema aparece cuando esos matices dejan de ser excepciones y pasan a convertirse en el funcionamiento cotidiano del espacio. Entonces el electorado deja de saber qué representa realmente ese partido. ¿Es desarrollista o estatista? ¿Es productivista o ambientalista? ¿Es conservador en materia de seguridad o garantista? ¿Es nacionalista o cosmopolita? Hoy el peronismo parece querer ser todo al mismo tiempo, y cuando un partido pretende representar todas las posiciones termina perdiendo una identidad reconocible.

A esa dispersión se suma otro interrogante decisivo: el futuro del liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner. Durante dos décadas su conducción fue aceptada —con entusiasmo o con resignación— por la enorme mayoría del universo peronista. Sin embargo, la realidad política cambió. Su situación judicial, las derrotas electorales y la aparición de nuevos actores plantean una discusión que hasta hace pocos años era impensada: ¿está dispuesta Cristina a compartir la conducción del movimiento o seguirá ejerciendo un liderazgo excluyente?

La relación con Axel Kicillof será probablemente la respuesta a esa pregunta. El gobernador bonaerense aparece como el dirigente con mayor volumen político dentro del peronismo, pero todavía no logra construir una autoridad nacional capaz de ordenar gobernadores, intendentes, sindicatos y movimientos sociales. Al mismo tiempo, buena parte del kirchnerismo duro parece resistirse a aceptar que una nueva etapa implique necesariamente compartir el poder o incluso ceder protagonismo.

No puede descartarse, incluso, que esas diferencias terminen expresándose electoralmente. La posibilidad de listas separadas entre el kirchnerismo más identificado con Cristina y un sector referenciado en Kicillof dejaría al descubierto una fractura que hasta ahora se intentó administrar puertas adentro. Paradójicamente, el espacio que durante años hizo de la unidad una bandera podría terminar compitiendo contra sí mismo.

Mientras tanto, Javier Milei atraviesa un desgaste evidente. Las encuestas muestran una caída en su imagen y un crecimiento del malestar social producto del ajuste económico. Sin embargo, ese deterioro no se traduce automáticamente en una recuperación del peronismo. La razón parece sencilla: la sociedad identifica con claridad los problemas del Gobierno, pero todavía no encuentra una oposición que ofrezca una propuesta consistente para reemplazarlo.

La historia del peronismo demuestra que siempre logró reconstruirse cuando encontró una conducción clara, un programa económico y una narrativa que conectara con las demandas de la mayoría social. Hoy carece de las tres cosas. Sin una renovación doctrinaria que vuelva a poner en el centro el trabajo, la producción y la movilidad social, y sin liderazgos capaces de sintetizar las distintas expresiones del movimiento, corre el riesgo de permanecer atrapado en una discusión sobre nombres mientras la sociedad reclama respuestas concretas para los problemas de todos los días.

Hay una frase de Juan Domingo Perón que conserva una vigencia extraordinaria: "La conducción es unidad de concepción y unidad de acción". No alcanza con tener dirigentes conocidos, gobernadores poderosos, intendentes con territorio o una líder con enorme peso simbólico. Sin una idea compartida de hacia dónde ir y sin una estrategia común para llegar, no hay conducción; apenas una suma de individualidades administrando sus propias parcelas de poder.

Ese parece ser hoy el drama del peronismo. Mientras Javier Milei enfrenta el desgaste lógico de cualquier gobierno sometido a un ajuste de semejante magnitud, la principal fuerza opositora no logra capitalizar ese descontento porque todavía no resolvió sus propias contradicciones. Discute nombres antes que ideas, candidaturas antes que programas y liderazgos antes que proyectos.

La pregunta ya no es si Cristina seguirá conduciendo, si Axel Kicillof logrará construir una alternativa o si aparecerá una nueva generación de dirigentes. La verdadera discusión es mucho más profunda: ¿qué peronismo pretende ofrecerle a la Argentina del siglo XXI? ¿El del Estado empresario, el del desarrollo productivo, el del progresismo cultural, el del nacionalismo económico o una síntesis superadora? Porque el problema no es solamente quién conduce, sino hacia dónde se conduce.

El peronismo nació para representar al trabajo, a la producción y a la movilidad social ascendente. Cuando dejó de discutir cómo generar empleo de calidad para concentrarse en debates que gran parte de la sociedad percibía como ajenos a sus preocupaciones cotidianas, comenzó a perder identidad. Y cuando perdió identidad, también empezó a perder capacidad de enamorar a quienes históricamente le daban sustento electoral.

Quizá por eso el verdadero adversario del peronismo ya no sea Javier Milei. Su principal enemigo es su propia indefinición. Es la incapacidad para construir una conducción aceptada por todos, elaborar un programa económico creíble y ofrecer una visión de país que vuelva a entusiasmar a trabajadores, empresarios nacionales, jóvenes y sectores medios.

 

Publicado el: 2026-08-04