La juventud empieza a bajarse de la motosierra

La juventud empieza a bajarse de la motosierra

La juventud empieza a bajarse de la motosierra
Por: José María Fernández


Durante la campaña presidencial de 2023 hubo una imagen que sintetizó el fenómeno Milei: miles de jóvenes, en su inmensa mayoría varones, llenando actos, viralizando videos en TikTok y transformando al economista libertario en un fenómeno cultural antes que político. Ese ejército digital fue el combustible que permitió romper el sistema bipartidista y construir una identidad política completamente nueva.

Dos años y medio después, ese mismo sector empieza a mostrar señales de cansancio.

El último Índice de Confianza en el Gobierno elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella encendió una luz amarilla en la Casa Rosada. El indicador cayó un 6,5% en julio, ubicándose en apenas 1,94 puntos sobre un máximo de cinco. Más preocupante aún para el oficialismo es dónde aparece el mayor deterioro: entre los menores de 30 años y entre los hombres, precisamente los grupos que constituyeron el corazón sociológico del mileísmo.

No se trata únicamente de un número estadístico. Es una señal política.

El voto joven que acompañó a Milei nunca fue un voto ideológico en el sentido tradicional. No surgió de una larga militancia liberal ni de una adhesión doctrinaria al anarcocapitalismo. Fue, sobre todo, un voto de frustración. Una generación golpeada por la inflación, la imposibilidad de acceder a una vivienda, la precarización laboral y la sensación de que el esfuerzo ya no garantizaba movilidad social decidió dinamitar el sistema apoyando a quien prometía destruir la vieja política.

Aquella promesa tenía dos componentes inseparables.

El primero era económico. La expectativa de que, luego del inevitable ajuste inicial, llegaría una etapa de crecimiento, salarios en recuperación y oportunidades.

El segundo era emocional. Milei representaba la rebeldía frente al statu quo. Era el candidato que insultaba a los políticos tradicionales, enfrentaba al establishment y hablaba el lenguaje de las redes sociales.

Hoy ambos pilares empiezan a mostrar grietas.

En materia económica, la inflación dejó de ocupar el centro de la escena, pero la microeconomía continúa golpeando con fuerza. Los jóvenes siguen encontrando enormes dificultades para conseguir empleo registrado, los salarios reales todavía no recuperan plenamente el poder adquisitivo perdido y el consumo permanece deprimido. La estabilidad macroeconómica, por sí sola, no alcanza cuando el bolsillo cotidiano sigue sin reflejar esa mejora.

Muchos de esos jóvenes votaron esperando un horizonte de ascenso social. Lo que encuentran, en cambio, es un presente donde el ajuste parece permanente.

Pero existe además un desgaste político.

El Milei antisistema empieza a confundirse con el Milei del sistema. El presidente que prometía combatir a "la casta" hoy negocia con gobernadores, incorpora dirigentes provenientes de los partidos tradicionales y administra las mismas tensiones propias de cualquier gobierno. La rebeldía que enamoró a una generación pierde fuerza cuando se transforma en gestión cotidiana.

Ese proceso impacta especialmente sobre los votantes más jóvenes, cuya fidelidad política suele ser mucho más volátil que la de otros sectores. Los jóvenes no construyen identidades partidarias permanentes; acompañan proyectos mientras estos representan cambio, novedad y expectativa. Cuando esas expectativas se frustran, migran con rapidez.

El caso de los varones jóvenes merece una atención especial.

Fueron quienes más intensamente consumieron el fenómeno Milei en plataformas digitales. Encontraron en su discurso una reivindicación del mérito individual, del esfuerzo y de la competencia frente a una cultura que sentían cada vez más restrictiva. Sin embargo, esa identificación cultural necesita resultados concretos para sostenerse en el tiempo.

Cuando el ascenso económico no aparece, la afinidad ideológica deja de ser suficiente.

La Universidad Di Tella no dice que esos jóvenes hayan abrazado automáticamente a la oposición. Dice algo quizás más preocupante para el oficialismo: que comenzaron a perder confianza.

Y la confianza, en política, suele ser el primer escalón antes de la pérdida del apoyo electoral.

La Casa Rosada todavía conserva fortalezas importantes. La inflación permanece muy por debajo de los niveles heredados y una parte significativa de la sociedad continúa valorando el orden macroeconómico alcanzado. Pero el informe deja una advertencia difícil de ignorar.

Milei ganó porque conquistó a una generación que quería romper todo.

Si esa generación empieza a sentir que el sacrificio no encuentra recompensa y que el cambio prometido tarda demasiado en llegar a su vida cotidiana, el Gobierno corre el riesgo de perder justamente el activo político que lo convirtió en un fenómeno histórico.

Publicado el: 2026-07-28