
En un gobierno que llegó prometiendo dinamitar la “casta”, lo que hoy asoma no es una batalla contra el viejo sistema sino una disputa clásica, casi de manual: poder, influencia y control de recursos. La tensión entre Karina Milei, el tándem de los Menem —con Martín Menem como cara visible— y Santiago Caputo ya no se puede disimular. Y lo más llamativo no es que exista: es lo burda que se volvió.
Porque toda administración tiene internas. El problema acá es otro: la falta de una lógica comprensible hacia afuera. No hay diferencias ideológicas claras, no hay modelos de gestión en pugna, no hay siquiera relatos distintos. Lo que hay es superposición de roles, decisiones que se pisan y operaciones cruzadas que terminan filtrándose. Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿pelean por cajas o por poder?
La respuesta, probablemente, sea ambas cosas. En la política argentina —y este gobierno no es la excepción— el poder sin recursos es simbólico, y los recursos sin poder son efímeros. El armado de Karina Milei parece orientado a consolidar control territorial y político, ordenar la tropa y construir lealtades propias. Del otro lado, el esquema de Santiago Caputo se movió desde el inicio con lógica de laboratorio: narrativa, estrategia, diseño fino de comunicación y decisiones quirúrgicas. Dos formas de construir poder que, lejos de complementarse, chocan.
En ese contexto, los Menem aparecen como una tercera pata, más pragmática, más clásica, más vinculada a la rosca legislativa y al manejo de estructuras. No es ideología: es supervivencia política. Y cuando tres lógicas distintas conviven sin un árbitro claro —o con un árbitro que no ordena— el resultado es lo que estamos viendo.
Ahí es donde entra Manuel Adorni. Su rol, en teoría, debería ser el de un vocero disciplinado, encargado de bajar línea y unificar mensaje. Sin embargo, en varias ocasiones terminó blanqueando tensiones internas, contradicciones o decisiones que evidencian descoordinación.
¿Lo mandan a decir lo que dice o simplemente no logra dimensionar el impacto de sus palabras? La respuesta no es menor. Si lo mandan, entonces el gobierno utiliza la exposición del conflicto como herramienta —una especie de sinceramiento brutal que busca mostrar “autenticidad”. Si no lo mandan, el problema es más grave: implica falta de conducción comunicacional en un gobierno que hizo de la comunicación su principal activo.
Porque lo que se percibe desde afuera no es una interna sofisticada sino una pelea desprolija. Y en política, la forma importa tanto como el fondo. Las disputas de poder que no se ordenan hacia adentro terminan debilitando hacia afuera. No por el conflicto en sí, sino por la incapacidad de administrarlo.
En definitiva, lo inexplicable no es que haya internas. Lo verdaderamente difícil de entender es por qué nadie parece estar interesado en ocultarlas, encauzarlas o, al menos, darles un sentido político claro. Y en ese vacío, lo que crece no es la épica antisistema, sino la sospecha de que, detrás de todo, el poder se sigue disputando como siempre. Aunque hayan prometido exactamente lo contrario.Principio del formulario